la épica del fracaso

La atrevida carta de dimisión que revela hacia dónde nos lleva la disrupción

La historia de Sam Hinkie como gestor de un equipo de baloncesto profesional ofrece unas cuantas claves de hacia dónde nos conducen las ideas del 'management' contemporáneo

Foto: Sam Hinkie, a la derecha de la imagen. (Reuters)
Sam Hinkie, a la derecha de la imagen. (Reuters)

Sam Hinkie, mánager general del equipo de baloncesto Philadelphia 76ers, renunció a su puesto hace pocos días. Estuvo en ese cargo 34 meses, y en ese periodo, asegura en una extensa y reveladora carta de despedida, una de sus lecturas favoritas fueron los escritos de Atul Gawande, un cirujano de un hospital de Boston, quien se partía de risa diciendo que la revisión de la literatura científica de su sector era uno de sus placeres culpables. Hinkie se sentía muy identificado con él, porque leer las cartas de sus inversores había sido el suyo durante el tiempo que estuvo al frente del equipo.

No es mal comienzo para una misiva dirigida a quienes te han empleado, y a los que menosprecias después de haber ganado sólo 37 partidos en tres años, y de haber configurado una plantilla inestable por la que han pasado hasta 75 jugadores, muchos de los cuales no han jugado siquiera un solo minuto con el equipo.

Perder para ganar

La estrategia de Hinkie consistía en formar un equipo de futuro y, para ello, aprovechar las ventajas que la liga estadounidense ofrece a las formaciones perdedoras, que pueden elegir a los mejores jugadores que se incorporarán a la competición el año siguiente. Su idea era trabajar a largo plazo, recogiendo jóvenes talentos y dándoles tiempo para crecer. Pero tanta insistencia en la derrota agotó a los inversores, que limitaron sus funciones, lo cual provocó la dimisión del mánager general.

En la primera reunión de la junta insistió en que debían buscar algo diferente, lo que definió con una sola palabra, “disrupción”

En la carta, divertida por los argumentos que utiliza y por las referencias que esgrime, Hinkie advierte a los próximos mánagers que harían mal si se decidieran a profesionalizar la gestión, porque es justo lo que no funcionará, lo cual es llamativo viniendo de alguien que lleva tres años con estos resultados. Pero tiene una justificación para defender su postura: en la primera reunión de la junta, les insistió en que debían buscar algo diferente, lo que definió en una sola palabra, “disrupción”. Debían concentrar sus esfuerzos en esas áreas clave a las que los demás no estaban prestando atención. Su baza era romper con lo establecido, una idea absolutamente de moda en el mundo de la inversión, y que acabó granjeándole el puesto de trabajo.

La habitación correcta

En realidad, su apuesta consistía en trasladar todos esos nuevos métodos de gestión típicos del capital riesgo y de las nuevas tecnologías que se han convertido en el discurso dominante y llevarlos a la práctica. Hinkie cita a Jeff Bezos señalando que la innovación disruptiva no sólo va a producir desencuentros con lo establecido, sino que los precisa. “Para inventar tienes que estar dispuesto a fracasar, a pensar a largo plazo y a ser malinterpretado durante mucho tiempo”. Las primeras innovaciones no van a ser útiles pero sí proporcionarán el camino para ir despejando los errores hasta encontrar la visión adecuada: abrirán las puertas que llevarán a la habitación correcta.

Dame seis horas para cortar un árbol y me pasaré las cuatro primeras afilando el hacha

Por supuesto, aparece también Elon Musk, de quien recoge que “debes partir de la idea de que estás equivocado, y de que tu objetivo es equivocarte menos”, pero también el físico James Clerk Maxwell (“Ser conscientes de nuestra ignorancia es la antesala de cualquier avance en la ciencia”) o el estadístico y consejero del equipo de béisbol Red Sox de Boston, Bill James (“Sólo hemos recogido un cubo de conocimiento de un mar de ignorancia”).

Los nuevos intelectuales

Como buen licenciado en Stanford y como buen gestor de la empresa contemporánea, no podía dejar de mencionar a Warren Buffett, con quien se compara, y a su mano derecha, Charlie Munger (“un gigante”), en una perfecta definición de la ortodoxia en la que nos movemos. Y alguna referencia patria nunca sobra: incluye una supuesta frase de Abraham Lincoln, a la que se acoge para justificar sensatamente su falta de resultados: "Dame seis horas para cortar un árbol y me pasaré las cuatro primeras afilando el hacha"

Hinkie debía pasar la prueba de la realidad: creía que la acumulación de derrotas era el camino para llegar a una gran y permanente victoria

En la misiva, de 7.000 palabras, llaman la atención poderosamente dos aspectos. Dada su extensión, y la cantidad de referencias que maneja, no aparecen filósofos, figuras de la historia, grandes políticos (salvo Lincoln) o pensadores, sino que, como cualquier persona conocedora del mundo de la gestión y del financiero, escoge la ortodoxia que reina en el pensamiento contemporáneo, y que demuestra quiénes se han convertido en los nuevos intelectuales de nuestro tiempo.

¿A medio plazo?

En segundo lugar, está lo más relevante, ya que ofrece un ejemplo de cómo ese tipo de pensamiento funciona en la realidad. Su visión de lo que debe ser una empresa, que es la dominante, fue puesta a prueba en un terreno no financiero ni tecnológico, es decir, en uno que no se alimenta de grandes visiones ni de grandes ideas que teóricamente funcionarán en el futuro, sino que debía sobrevivir en un escenario concreto en el que los resultados se producen partido a partido y temporada tras temporada. Hinkie había de pasar la prueba del algodón en un entorno que soportara las ansias de grandeza de un gestor que creía que por la mera acumulación de derrotas se llegaría a una gran y permanente victoria que llevaría muchos años. Fracasar y fracasar hasta triunfar.

Por desgracia, muchas de las ideas de Hinkie no son suyas, sino que forman parte de un acerbo ideológico que está triunfando en la gestión empresarial

Trabajar a medio plazo, relegar temporalmente los resultados es a menudo una buena opción para que las empresas sean rentables y sostenibles. Pero la visión de Hinkie pervertía las dos cosas, el presente y el futuro, porque no quería un equipo que diera buenos resultados, sino uno que triunfase a lo grande. Eso le llevaba a equivocarse en muchos aspectos, y a insistir en ellos, pensando que ese era el camino.

Por desgracia, muchas de las ideas de Hinkie no son suyas, sino que forman parte de un acerbo ideológico que está triunfando en la gestión empresarial. La gente prefiere invertir en apuestas grandiosas que sólo en un 0,001% llegarán a triunfar que hacerlo en compañías de ingresos razonables y que perduren en el tiempo. Y eso forma parte de los problemas en que nuestras sociedades están sufriendo.  

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