Lo que los americanos deberían aprender de los españoles, según 'The New York Times'
  1. Alma, Corazón, Vida
UNA CUESTIÓN DE HIGIENE

Lo que los americanos deberían aprender de los españoles, según 'The New York Times'

¿De verdad somos 'pigs'? Una de las columnistas del rotativo compara a EEUU con nuestro país en un tema delicado y, por una vez, no salimos perdiendo

placeholder Foto: Cerveza, sol y tortilla: el paraíso de las bacterias. ¿O no? (iStock)
Cerveza, sol y tortilla: el paraíso de las bacterias. ¿O no? (iStock)

De un tiempo a esta parte, la imagen de los españoles en los medios extranjeros ha empeorado a pasos agigantados. La denominación 'pigs' que se utilizó para referirse a los países del sur de Europa que sufrían problemas de déficit implicaba, además, cierta referencia a la higiene. Los cerdos ('pigs') del sur eran los países mediterráneos, conocidos por su actitud relajada, su tiempo caluroso y, supuestamente, cierta aversión al esfuerzo físico, así como a la limpieza.

Cada crítica puede llevar implícito un elogio si la interpretamos desde un prisma completamente opuesto, y es lo que ocurre con la supuesta actitud laxa ante la higiene de España. Es lo que sugiere en su columna de opinión del pasado domingo Tal Abbady, la periodista de 'The New York Times' que vivió en Madrid durante siete años, donde se ganó la vida como 'freelancer'. Curiosamente, su descripción de la higiene española no sirve, como estamos acostumbrados, para trazar una condescendiente distancia, sino para criticar las costumbres higiénicas modernas en general y estadounidenses en particular.

Los españoles pueden fregar una casa mejor que nadie, pero han preferido centrar sus miedos en los altos niveles de desempleo o la corrupción

Abbady utiliza España como contraste de la obsesión por la limpieza en EEUU que, asegura, afortunadamente aún no ha llegado a Europa. La columna arranca con un programa de radio en el que tres oyentes explicaban el miedo que sentían a viajar en avión. Uno de ellos aseguraba que no se montaba en ningún aparato sin haberse pertrechado previamente de toallitas higiénicas que le permitiesen limpiar el asiento, la mesa y el reposabrazos antes de despegar. Otro añadía que extendía dichos hábitos a los hoteles, es decir, hacía lo propio con el teléfono, la cadena del wáter y cualquier otra área potencialmente contaminada. El último sugería que deberían dar trajes de aislamiento a los viajeros antes de montarse en el avión.

Aquí es donde irrumpimos los españoles que, ¡sorpresa!, nos convertimos en un ejemplo positivo en la exposición de la periodista. Abbady asegura que, frente a la rampante obsesión higiénica americana, los españoles tenemos hábitos mucho más sencillos… y aún no nos hemos muerto ahogados en nuestra propia mierda. “Los españoles (o, mejor dicho, sus limpiadoras) pueden fregar una casa mejor que nadie, pero la lejía es un producto opcional y, en recientes años, la gente ha preferido centrar sus miedos en los altos niveles de desempleo, los desahucios o la corrupción gubernamental”, explica la autora. “Las encimeras de las cocinas se consideran generalmente inocuas”.

¿Qué pensaría Howard Hughes de esto?

La exposición de la periodista resulta reveladora en cuanto que sugiere que el miedo a la suciedad surge cuando uno no tiene preocupaciones más tangibles. Al fin y al cabo, añadimos nosotros, ¿no le ocurría lo mismo a Howard Hughes, uno de los hombres más poderosos del mundo, y que terminó sus días conviviendo con el pavor a los gérmenes? La autora señala que en el mundo existen gran cantidad de cosas por las que preocuparse (“resultados de una mamografía, ataques terroristas, una presidencia de Donald Trump y bacterias resistentes a los antibióticos”), pero que los gérmenes no son uno de ellos. En su lugar, anima a sus compatriotas a dar una vuelta por el parque o a visitar uno de esos países “donde tu bebida viene con tapa, que a menudo tiene pan fresco y aceite de oliva, y donde los perfectos desconocidos te recuerdan a diario que las cosas no están tan mal”.

Ese es uno de los puntos en los que incide la autora: si no estamos obsesionados por la limpieza es, sobre todo, porque nuestro marco mental es muy diferente y puede resumirse en las palabras “no pasa nada”. De acuerdo, es probable que sea la misma imagen que los españoles tenemos, por ejemplo, de los países caribeños, pero la autora la describe como “unos valores ganados con dificultad en un país que ha sobrevivido, durante las últimas décadas, a una sangrienta guerra civil, seguida por una dictadura, una transición a la democracia, un crecimiento económico meteórico, una inmigración disparada y el actual desplome económico”.

Después de pasar varios años bebiendo vinos españoles y tomando tapas, la obsesión desapareció

Lo más llamativo es que un país como Venezuela se parece más a EEUU que a España. Según la autora, que creció allí, las alarmas sobre los problemas de higiene eran constantes. Y aunque en nuestro país es también común que los profesores enseñen a los niños hábitos higiénicos, puede ser que estos no sean tan importantes como al otro lado del charco. “¡Gérmenes, gérmenes, gérmenes!”, gritaba la profesora venezolana de Abbady cuando cogía comida de un amigo mientras jugaban. Aún más fuerte es la presión por la limpieza en EEUU, donde “descubrí que podía añadir mi miedo a la contaminación bacteriana a un amplio repertorio cultural de posibles causas de muerte temprana”.

Esta obsesión desapareció, no obstante, después de pasar “años bebiendo vinos españoles y escuchando 'no pasa nada' varias veces al día, dicho por gente que conocía bien el valor del trabajo y el sacrificio”. Además, se trata de una obsesión paradójica, puesto que como asegurábamos en un reciente artículo sobre la limpieza de los cuartos de baño, en los hospitales, de los lugares más esterilizados que podemos imaginar, es donde habitan las bacterias más peligrosas.

En un conmovedor momento, Abbady explica cómo su madre fue confinada a una habitación completamente esterilizada antes de morir, puesto que su sistema inmunitario estaba tan debilitado que debían entrar a verla con una mascarilla. El exnovio de la autora le aconsejó no tocar su mano para evitar contagiarse de su enfermedad, y así lo hizo durante un tiempo. Sin embargo, poco antes de morir, su madre estrechó su mano. Y, en ese instante, su “frío miedo se hizo añicos”. Un bello recordatorio de que los hombres nos hemos tocado durante milenios y ello, en la mayoría de casos, no ha ocasionado ninguna tragedia.

Salud Bienestar Higiene The New York Times
El redactor recomienda