UN HUNDIMIENTO SANGRIENTO

El galeón San José: el horror de otra acción trapera de los ingleses

Con aproximadamente 45 metros de eslora y unas mil cincuenta toneladas de desplazamiento, el San José era una nave potente, pero estaba cargada hasta los topes

Foto: Explosión del galeón San José. Ilustración de Samuel Scott.
Explosión del galeón San José. Ilustración de Samuel Scott.

La verdad sea dicha –si es que existe–: la matemática y fría mentalidad inglesa, a la hora de cuadrar números, no usa como algoritmo ni la ética ni la estética. No hay pacto que no pueda ser subvertido, ni traición que no pueda ser contemplada.

Calculando un día de navegación desde Panamá, partiendo anticipadamente por prevención y haciéndose a la mar recién instalada la noche, el galeón San José, nave capitana de una flota de seis potentes embarcaciones, tomaría rumbo hacia aguas abiertas en dirección a Cádiz.

El momento era muy delicado para una travesía que garantizara unos mínimos razonables de seguridad. La Guerra de Sucesión española estaba en plena efervescencia y la Gran Alianza (Inglaterra, Holanda, Portugal, Dinamarca, etc.) con una superioridad de medios navales apabullante dominaba los mares como Pedro por su casa.

Golpes y contragolpes se sucedían de manera interminable en una guerra sin fin en la que ambos contendientes no veían el momento de atisbar una mínima señal razonable del adversario para comenzar a negociar la paz; paz que desembocaría en el Tratado de Utrecht con escandalosas pérdidas para una España que, sumida en una bancarrota monumental, solo buscaba aliviar el fin de la tortura, impuesta esta por los azares del destino y contra su voluntad.

Grandes galeones de enorme potencia de fuego, pero lenta maniobra, debían afrontar una larga travesía

Carlos II, llamado El Hechizado, hombre quebradizo, raquítico e injustamente difamado por la peculiar configuración de sus partes, y último Austria peninsular, tenía golpes de estrategia brillantes, pero su mala salud lo había postrado un día sí y otro también en el lecho regio, una especie de baldaquino con oropel florentino y sedas venecianas. Pero la vida del rey se deshacía poco a poco por la ausencia del necesario aliento vital .

Hacia el oeste, en el otro lado del Atlantico, la flota salida de Panamá, un convoy con toda la recaudación anual de tributos, oro en soberbios lingotes, monedas acuñadas en la Ceca de Perú, piedras preciosas en abundancia inusual, alpaca, cacao, etc., y fuente de financiación para una desgarrada España, navegaba con luces apagadas y alerta máxima ante un Caribe infestado de piratería y corso. Grandes galeones de enorme potencia de fuego, pero lenta maniobra, muy vulnerables ante el ataque combinado de un grupo de fragatas decididas, debían afrontar una larga travesía donde la incertidumbre estaba en apostar por las cartas de navegación trilladas (y por lo tanto conocidas por el adversario), o salirse de las rutas marítimas convencionales para evitar sobresaltos.Tras unas nueve horas de navegación a una lenta media de diez nudos con rachas de viento intermitente y en ceñida, el alba se presentaba limpia en el horizonte.

Pero los esclavos cimarrones que espiaban para los ingleses ya habían advertido a estos días antes que las naves españolas estaban estibadas al completo y listas para partir y por las inmediaciones andaban merodeando como una jauría.

Fernandez de Santillán, a la sazón al mando de la flota del sur, y experimentado marino curtido en la Carrera de Indias, ardía en deseos de salir de Portobelo cuanto antes, para reunirse en La Habana con el almirante frances Ducasse, y solapado entre los galos, aprovechar la potencia artillera de estos en su viaje a la península.

El galeón San José: el horror de otra acción trapera de los ingleses

Un conflicto mundial

Mientras todo esto sucedía en aquellas latitudes, Europa se desangraba por enésima vez. El monumental lio dinástico entre los que apoyaban al archiduque Carlos de Austria y los partidarios del nieto de Luis XIV de Francia, Felipe V de Borbón, se recrudecía a marchas forzadas, convirtiéndose en una feroz guerra internacional. Por si fuera poco, España debía combatir junto a Francia en contra de una amplia coalición adversaria, y además lidiar con la lacra de una nueva guerra civil que caería sobre nuestros lares. El conflicto sucesorio enfrentaría a Castilla contra Aragón dirimiendo intereses foráneos en tierra propia, intereses que finalmente se saldarían con la perdida de los fueros aragoneses y catalanes.

El 8 de junio de 1708 y a pesar de las advertencias en contra por la proximidad de los predadores ingleses, Fernández de Santillán en una acción temeraria –quizás condicionado en parte por la acuciante necesidad de fondos para la Corona–, haciendo caso omiso, ya se había hecho a la mar.

De los seiscientos tripulantes, la escalofriante cifra de quinientos noventa mueren en la deflagración quedando el mar teñido de un mosaico de horror

Con aproximadamente 45 metros de eslora y unas mil cincuenta toneladas de desplazamiento, el San José era una nave muy marinera para la época, pero que excesivamente cargada de marinería y pasaje, más allá de lo que albergaba en sus suculentas bodegas, estaba muy penalizada para una maniobra de evasión o combate directo por sobrecarga.

Pero el momento fatídico al final asoma por el horizonte. El gemelo del San José, el San Joaquín, en descubierta para generar una maniobra de desviación, recibe las primeras andanadas de una jauría proveniente de Jamaica intentando atraer a las naves inglesas, pero la precisa información de que disponían estas, hace que se embarquen en una persecución a muerte de la nave capitana. Hacia las siete de la tarde y con la noche avanzando inexorable, la fragata inglesa Expedition, que había perforado el velamen del San José privándole de maniobra, consigue encajarle una andanada severa en la misma línea de flotación creando una abertura entre obra viva y obra muerta imposible de achicar; otra andanada a quemarropa en medio de un fuego intenso por ambas partes estalla el galeón español desintegrándolo, probablemente por impacto directo en la santa bárbara.

De los seiscientos tripulantes, la escalofriante cifra de quinientos noventa mueren en la deflagración quedando el mar teñido de un mosaico de horror. La nave se va a pique en menos de diez minutos.

Un embrollo diplomático

Como colofón a este tremendo episodio, el San Joaquín consigue huir de los ingleses y sustraerá a su acción depredadora más de once millones de monedas de ocho escudos en oro y plata. La Santa Cruz rinde el pabellón tras caer la mitad de la tripulación en combate, y el capitán de la urca Nuestra Señora de la Concepcion, decide incendiarla antes que entregarla. Dos de los fragatas francesas que acompañaban al malhadado convoy se refugian en la bahía de Cartagena al amparo de las baterías de Bocachica.

Sería deseable que acciones conjuntas entre ambos gobiernos arrojaran luz sobre quienes duermen en la paz de aquellos fondos marinos

Un pecio con tres siglos de antigüedad, un tesoro de imprecisa evaluación (algunos especialistas lo elevan a 15.000.000 de euros), un secretismo que puede generar algunos malentendidos por la contradictoria y ambigua postura del presidente de Colombia, que viene a España a recabar diferentes ayudas, mientras se muestra cicatero con la propiedad de un buque de Estado hundido en tiempo de guerra, el amparo de unas leyes respetables pero que la UNESCO tacha de oportunistas por parte del gobierno colombiano, el respeto debido al enorme patrimonio subacuático español, y a la memoria de aquellos marinos fallecidos en aras de una muerte anunciada y del valor que le echaron a pesar de todo, hacen deseable una solución diplomática consensuada que no genere posiciones de enroque en esta finta entre naciones hermanas.

Más de un millar de naves españolas hundidas por huracanes, o en actos de guerra, o sencillamente por la piratería auspiciada y consentida por Inglaterra como fuente de ingresos paralela, yacen en los lechos marinos de las aguas caribeñas aledañas a la actual nación colombiana. Sería deseable que acciones conjuntas entre ambos gobiernos arrojaran luz sobre quienes duermen en la paz de aquellos fondos marinos

Es de esperar que el sentido común y la fraternidad de nuestros dos pueblos se impongan por encima de los conflictos de parvulario. Según la abogada Maite de Miranda Arandia, conocida especialista en Derecho Marítimo Internacional, se prevé una larga batalla legal para establecer la propiedad del pecio y su carga. Por el momento, el Estado Colombiano mantiene que España no puede reclamar el galeón San José porque hay leyes que determinan que el patrimonio sumergido en aguas colombianas pertenece a ese país. En paralelo, España, mientras espera tener más datos sobre dónde y cómo se ha encontrado el San José, es de prever que esté preparando su estrategia dirigida a recuperar si no en su totalidad, al menos parte del buque de guerra, sus pertrechos y carga, manteniendo que el citado galeón era un buque de Estado Español, un “pecio de Pabellón de la corona Española”, un buque de guerra perteneciente a la Armada española, y por tanto, protegido por la inmunidad de jurisdicción que el Derecho internacional reconoce a los buques de Estado.

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