LA ESTUPIDEZ DEL PENSAMIENTO DE GRUPO

'Groupthink', la causa principal del radicalismo en nuestras sociedades

Fenómenos como el terrorismo global nos ayudan a entender qué manera nos comportamos los hombres cuando formamos parte de grupos y por qué nos polarizamos mucho más

Foto: Un policía espera atrincherado durante una manifestación de granjeros en Bruselas. (Harry Proudlove/Demotix/Corbis)
Un policía espera atrincherado durante una manifestación de granjeros en Bruselas. (Harry Proudlove/Demotix/Corbis)

Cada vez que ocurre un terrible atentado, como el que tuvo lugar en París, nos preguntamos qué puede conducir a un grupo de hombres –en este caso, jóvenes presumiblemente inteligentes no particularmente pobres– a acabar con sus vidas y las de decenas de personas. Muchas veces, la incomprensión es tal que preferimos pensar que se trata de monstruos inhumanos. En otras, solemos referirnos a determinantes geopolíticos y sociales (guerras, pobreza) para entender aquello que nos resulta completamente ajeno desde nuestro punto de vista.

Lo que solemos olvidar en la mayor parte de casos es que para que un grupo terrorista llegue a constituirse deben darse unos condicionantes y unas dinámicas sociales muy concretas que provoquen que la frustración y la radicalización individual se canalice en forma de acciones violentas. Estos últimos días ha vuelto a circular por la red un artículo que Cass Sunstein, profesor de Harvard y autor de libros como 'Leyes del miedo' (Katz) o 'Rumorología' (2010), escribió después del 11 de septiembre y en el que intentabar explica cómo se fabrica un terrorista a partir de teorías como la del pensamiento del grupo: “No hay ninguna predisposición natural hacia el terrorismo, incluso entre las personas más desgraciadas de los países más pobres”, recuerda. Son las dinámicas sociales las que provocan que algunos terminen dando el paso final.

Vivimos en una sociedad en la que cada vez más veremos posturas extremas justificadas por la pertenencia a grupos muy polarizados

Si tan vigente resulta hoy en día no es sólo porque nos encontramos en un momento muy similar al del post-11S, sino porque define unas dinámicas de pensamiento y pertenencia a grupos cada vez más vigentes en nuestro día a día. Sólo hace falta echar un vistazo a la polarización del debate político (o futbolístico, o nacionalista) para comprobar cómo vivimos en una sociedad en la que cada vez más veremos posturas extremas (en algunos casos, violentas) justificadas por la pertenencia al grupo, ya sea en forma de grupúsculos políticos radicales o aficionados fanáticos al deporte.

La creciente polarización de la sociedad

Sustain recuerda que el terrorismo no es intrínseco a la religión. Más bien sugiere que esta es la excusa que permite arrancar el verdadero motor que mueve la violencia terrorista: la polarización de grupos apoyada en la conformación de redes sociales. “Cuando esta polarización se pone en marcha, las personas que piensan igual y que dialogan mutuamente terminan desplazándose hacia posiciones extremas”, explica el profesor de Harvard. Ello provoca que individuos ligeramente extremistas terminen afianzándose en sus creencias y radicalizándose aún más.

Para ello es de vital importancia “un sentimiento común de humillación, que dé lugar a la furia y a la solidaridad del grupo”. Es una táctica similar a la empleada por Hitler, que convirtió la desesperación y rabia de la Alemania posterior a Versalles en una movilización solidaria del cohesionado pueblo alemán contra el enemigo externo. Sunstein utiliza el elocuente concepto de “conspiración autoconsciente” para resumir cómo los líderes terroristas se convierten en promotores de la polarización que “crean enclaves de gente que piensa parecido, acaban con las visiones discordantes, aseguran un alto grado de solidaridad interna, restringen la cantidad de argumentos relevantes y se aprovechan de la fuerza de la reputación, especialmente utilizando el incentivo de la aprobación grupal”.

Pero, como hemos dicho, estas dinámicas están presentes en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Fue el psicólogo Irving Janis quien empezó a utilizar el concepto “pensamiento de grupo” ('groupthink') para describir ese proceso que lleva a un grupo de personas competentes a tomar decisiones malas o irracionales. Basta con echar un vistazo a los síntomas que anuncian cuándo se está produciendo esta clase de pensamiento comunal para entender cómo este proceso se produce en multitud de ambientes, del entorno laboral (“mi departamento es el mejor”) al político pasando por las comunidades de vecinos o el debate nacionalista: ilusión de invulnerabilidad, creencia incuestionable en la moralidad inherente al grupo, estereotipo compartido de miembros de fuera del grupo (de “los españoles nos roban” a “los catalanes son unos agarrados”), ilusión de unanimidad o presión directa a quienes se opongan a conformarse.

Cuando nos juntamos con otras personas parecidas a nosotros, tendemos a reafirmarnos en nuestras creencias y a extremar nuestras opiniones

Unos procesos agravados aún más por el creciente proceso de atomización social y descomposición de las estructuras tradicionales de la sociedad que facilitan la aparición de nuevas identidades. Hay dos mecanismos que facilitan la creación y mantenimiento de estos grupos, explica Sunstain: los argumentos persuasivos, que hacne que aquellos que se relacionan más a menudo terminen escuchando las mismas razones una y otra vez, lo que provoca que, como decía Goebbels, una mentira termine por convertirse en una realidad; y la influencia social, que lleva a la gente a hacer encajar sus opiniones con lo que piensa el resto del grupo, algo que suele dar lugar a la radicalización de personas que, en otras circunstancias, no se atreverían a expresar opiniones muy extremistas.

El experimento que descubre la mente colmena

Para hablar de los problemas del pensamiento de grupo suele citarse una investigación realizada por J.A.F. Stoner en 1962 con el objetivo de entender de qué manera se relacionan los juicios individuales con los grupales. Lo que averiguó, después de preguntar a un grupo de individuos acerca de determinadas decisiones vitales (como una inversión económica o la matriculación en una u otra carrera) es que en la mayor parte de casos, la decisión que se tomaba en grupo solía ser mucho más arriesgada que la que se adoptaba de manera individual. En otras palabras, cuando nos juntamos con otras personas parecidas a nosotros, tendemos no sólo a reafirmarnos en nuestras creencias, sino también a extremar nuestras opiniones. El célebre experimento de Ash, por otra parte, explicó en los años 50 cómo el pensamiento grupal da lugar a más respuestas incorrectas que el individual por la influencia que las opiniones de los demás tienen en nosotros.

En realidad, explica Sunstain, no se trata tanto de que la toma de decisiones en grupo nos haga adictos al riesgo como que esta provoca que el consenso al que lleguemos sea mucho más radical que si no contásemos con el apoyo de un grupo: “Si personas que piensan parecido hablan unos con otros, es probable que terminen adoptando un pensamiento un poco más extremo del que tenían antes de comenzar a hablar”. Un buen ejemplo para ilustrarlo es pensar qué ocurre cuando salimos del cine y una película no nos ha gustado. Si a nuestros amigos tampoco les ha parecido buena, lo más probable es que, a medida que intercambiamos opiniones, nos parezca cada vez peor (“¿Y esa escena tan ridícula? ¿No están fatal los actores?”). Terminaremos la conversación pensando, probablemente, que la película es incluso peor de lo que nos había parecido.

Esto se traduce fácilmente a otras circunstancias de nuestra vida diaria, que nos conducen indefectiblemente a la radicalización de nuestras posturas. Algo más grave en un país como España, históricamente muy polarizado. Es el pensamiento de la masa enfurecida armada con antorchas y palos que nunca duda acerca de la moralidad de sus actos, persigue el pensamiento disidente y no atiende a razones. Un grupo en apariencia homogéneo (aunque en realidad, mucho más heterogéneo de lo que parece) formado por personas que, por separado, probablemente nunca se habrían atrevido ya no a llevar a cabo un acto violento, sino simplemente, a expresar su opinión. Otro ejemplo: muy pocas personas serían capaces de expresar un pensamiento racista o sexista de manera espontánea. Sin embargo, en determinadas circunstancias, cuando se encuentran con personas que parecen pensar de manera igual, es probable que terminen expresando opiniones que de otra manera se habrían ahorrado e, incluso, se sorprendan al pronunciar cosas como “son todas unas putas” o “los inmigrantes vienen a robarnos”.

Intentan inculcar un sentido compartido de humillación, que da lugar a la rabia y a la solidaridad de grupo, que prepara el camino para el extremismo

La diferencia, en el caso del terrorismo, es que suele ser fomentado de manera voluntaria por sus propios líderes, esos creadores de polarización de los que Sunstain no tiene ninguna duda que conocen bien las teorías sociales: “Intentan inculcar un sentido compartido de humillación, que da lugar a la rabia y a la solidaridad de grupo, que prepara el camino para el movimiento a los extremos y, por lo tanto, a los actos violentos. Intentan asegurarse de que los reclutas se dirijan sobre todo a la gente que ya está predispuesta en esa dirección. Producen una atmósfera de secta”. No dejemos, por lo tanto, que nuestras decisiones diarias estén determinadas por la misma lógica de pertenencia y sumisión que caracterizan a los sectarios y los terroristas.

Alma, Corazón, Vida

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