LA HISTORIA DE HISASHI SONEHARA

Japón vuelve a mirar al campo: revivir la agricultura para recuperar la felicidad

En el país del Sol naciente hay en torno a 400.000 hectáreas de tierra cultivable completamente desatendidas: el doble de la superficie de Tokio

Foto: Vista del monte Fuji desde el pueblo de Arakura Sengen. (Reginald Pentinio/CC)
Vista del monte Fuji desde el pueblo de Arakura Sengen. (Reginald Pentinio/CC)

Cuando pensamos en Japón nos viene a la mente el tren bala, los videojuegos, las ciudades gigantescas… Y no es para menos. Desde 1952, cuando finalizó la ocupación aliada, el país se entregó en cuerpo y alma al crecimiento económico, basado en un mano de obra barata y una industrialización acelerada liderada por gigantescas empresas de propiedad mixta público-privada.

Esta política permitió el conocido como “milagro japonés”, que se caracterizó por un crecimiento sostenido superior al 5% durante toda la década de los 60 y 70. Pero éste fue sólo posible gracias a los trabajadores del campo, que tuvieron que abandonar a la fuerza su modo de vida tradicional para trabajar en las fábricas. Hoy en día se calcula que hay en torno 400.000 hectáreas de tierra cultivable completamente desatendidas: el doble de la superficie de Tokio.

Hisashi Sonehara. (Facebook)
Hisashi Sonehara. (Facebook)

Hisashi Sonehara, emprendedor social de Ashoka desde 2014, conoce bien esta historia. Se crió en una pequeña villa rural donde todavía se vivía de lo que se cultivaba en el campo. En los años 70, justo cuando entró en la escuela secundaria, se abrió una nueva fábrica en el pueblo –parte del plan del primer ministro Kakuei Tanaka para “remodelar” el archipiélago–, donde empezó a trabajar su madre. Ella, como todos sus compañeros, dejó de trabajar la tierra y abrazó el consumo de masas.

Sonehara acabó emigrando a Tokio, como la mayoría de los jóvenes de su edad, y allí se hizo un hueco en la industria musical, primero, y la consultoría, después. Pero en 1995, harto de la vida en la ciudad y de una sociedad que sólo pensaba en trabajar y comprar, regresó al campo. Allí decidió transformarse en granjero, cultivando dos hectáreas abandonadas. Fue entonces cuando se le ocurrió que, quizás, él no era la única persona que necesitaba huir de un ambiente laboral caracterizado por unos altos niveles de estrés y una bajísima motivación.

“Echaba de menos la vida tradicional del pueblo, que conforma una comunidad social donde la gente se ayuda mútuamente”, explica Sonehara. Además, el trabajo en áreas rurales podía ser una buena oportunidad económica para aquellos que quisieran aprovecharla. “Japón está repleto de recursos rurales que no se utilizan”, asegura el emprendedor. “Si utilizáramos todas las tierras que están abandonadas, podríamos establecer una industria con una dimensión de 10 billones de yenes [más de 73.000 millones de euros]”.

El girasol es uno de los cultivos tradicionales de la prefectura de Yamanashi. (Mrhayata/CC)
El girasol es uno de los cultivos tradicionales de la prefectura de Yamanashi. (Mrhayata/CC)

Cómo vivir en el campo

Sonehara tenía claro que mucha gente estaría encantada de volver a los pueblos pero ¿cómo lograr que esta opción resultara apetecible? “La media de edad de la gente que se dedica a la agricultura en Japón es de más de 60 años”, explica el emprendedor. “No es una ocupación atractiva para los jóvenes”.

Para atraer al campo a gente que jamás lo había conocido, el granjero contactó con algunos de sus antiguos compañeros del mundo de la empresa y le propuso lo siguiente: un programa de Recursos Humanos para que los trabajadores de la compañía visitaran de vez en cuando el campo y aprendieran a cultivar las tierras abandonadas. Los residentes de la ciudad visitan los pueblos, participan en sus procesos agrícolas y se implican en la comunidad local, rejuveneciendo la economía de la zona.

En la actualidad, 13 grandes compañías están inscritas al programa y se encargan de mantener seis hectáreas de terreno que antes estaba desierto

Sonehara eligió una zona estratégica para lanzar el proyecto, la prefectura de Yamanashi, que está sólo a dos horas en coche de Tokio, pero tiene el segundo ratio de tierras agrícolas abandonadas de todo Japón, es rica en recursos forestales e hídricos y cuenta con el mayor número de horas de sol de todo el país.

Sus programas con las empresas han sido todo un éxito. Las compañías tienen la oportunidad de ofrecer a sus empleados una estupenda actividad de 'team building' y los trabajadores tienen la oportunidad de conocer de primera mano la vida en el campo, que había sido tan olvidada en Japón.

Las compañías cultivan tierras que han sido alquiladas a productores agrícolas locales y la empresa sin ánimo de lucro de Sonehara –Egao Wo Tsunagete– administra el día a día de las plantaciones. Aproximadamente, 20 empleados de cada empresa participante visitan las tierras cuatro veces al año y ayudan en las tareas de sembrado y recolección. Los empleados de Sonehara se dedican a mantener los cultivos el resto del tiempo, garantizado la sostenibilidad del sistema.

En la actualidad, 13 grandes compañías están inscritas al programa y se encargan de mantener seis hectáreas de terreno que antes estaba desierto. Sonehara está tratando ahora de importar su método a otras prefecturas como Miyagi, Fukhusima o Mie, en colaboración con emprendedores locales. Su plan es llevar el programa a 1000 pueblos en 2018.

Prado del pueblo de Hokuto, en Yamanashi. (Bong Grit/CC)
Prado del pueblo de Hokuto, en Yamanashi. (Bong Grit/CC)

Una nueva vida para el rural

El impacto del programa ha sido tan grande que algunos de los participantes han llegado a abandonar la vida en la ciudad para establecerse definitivamente en el campo. “Por ejemplo, el jefe de ventas de una compañía de ropa de Tokyo emigró a la zona en la que vivo y ha empezado a dedicarse a la agricultura a gran escala”, explica Sonehara.

El emprendedor ha invitado también a los jóvenes desempleados de las ciudades a que se unan a su proyecto. Por sus granjas han pasado más de 9.700 jóvenes que han aprendido los rudimentos del trabajo agrícola, y muchos de ellos han podido construir sus propios negocios.

Hasta la fecha, Sonehara ha creado cinco modelos de desarrollo rural:

1. Cultivar las tierras abandonadas, producir alimentos y procesarlos para su venta.

2. Elaborar programas de turismo rural para que la gente de la ciudad experimente cómo es la vida en los pueblos.

3. Construir viviendas e infraestructuras utilizando recursos forestales.

4. Generar energía hidroeléctica a pequeña escala utilizando los ríos y canales locales.

5. Producir energía a través de biomasa.

6. Fomentar la terapia horticultural.

En opinión del emprendedor, la recuperación de las actividades agrícolas no sólo garantiza la supervivencia de grandes áreas del país que estaban completamente abandonadas, también permite a los japoneses apostar por una vida mejor y más saludable.

El Japón rural es bien conocido por la longevidad de sus habitantes, que está íntimamente relacionada con una de las mejores dietas del mundo, compuesta de mucho pescado, cereales integrales, verduras, soja, tofu y algas. Una dieta que se ha ido perdiendo en los años del milagro económico. “Con el declive de la agricultura creció la importación de productos y disminuyó la presencia de alimentos frescos y seguros”, explica Sonehara. “Es por ello que la comida basura, que nunca había existido en Japón, empezó a encontrarse en todas partes”.

El emprendedor espera que su proyecto ayude a valorar las bondades del tipo de vida que quisimos dejar atrás, pero que, en su opinión, nunca podremos abandonar: “La relación cercana entre los productores agrícolas y los consumidores va a ser cada vez más importante. Cuando pienso en la sobrepoblación, los problemas medioambientales y el desempleo no me cabe duda de que necesitamos los recursos de las zonas rurales. Sin ellos nunca seremos felices”. 

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