25 formas de perder de vista a un cateto o un pringao
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CÓMO USAR LOS INSULTOS DIGNAMENTE

25 formas de perder de vista a un cateto o un pringao

En 'Eso lo será tu madre' la periodista María Irazusta realiza un recorrido por las palabras que usamos para insultar y nos enseña a mandar a la gente al carajo con clase

placeholder Foto: Los insultos también pueden expresarse mediante el lenguaje visual. (iStock)
Los insultos también pueden expresarse mediante el lenguaje visual. (iStock)

Eso lo será tu madre (Espasa) es una biblia alternativa del insulto escrita sin pelos en la lengua. En ella, la periodista y empresaria María Irazusta recoge con rigor, mediante ironía y deliberada incorreción política, las diversas estrategias verbales y hasta gestuales que emplean los hablantes para lacerar o humillar al otro.

En el siguiente extracto del libro, Irazusta comenta el origen de las expresiones “cateto” y “pringao” y explica cómo podemos usar el lenguaje para librarnos de estos sujetos.

Hay dos figuras que merecen figurar juntas: el simple y falto de refinamiento, el cateto de toda la vida, y su probable hipotenusa, la que siéndolo por los cuatro costados trata de disimularlo sin éxito.

Para este personaje habitual de la sociedad y sus representaciones, el ingenio popular tiene dedicada una vieja expresión, «la señorita del pan pringao», que suele aplicarse como calificativo despectivo a quienes, alardeando de cultura y refinamiento, en cuanto se presenta la ocasión dejan al descubierto su incultura y sus bastos modales. De ahí que antiguamente se dijera: «la señorita del pan pringao, que acabó metiendo la mano en el guisao». Podemos imaginarnos la escena del señorito o la dama remilgada que acude a una reunión social donde logra dar el pego hasta que llega la hora de comer y acaba delatando su zafiedad y falta de modales al poner manos y lengua a la obra. Parafraseando el refrán, «en la mesa, antes y ahora, se conoce a la señora»; o «en la mesa, antes del flan, se retrata el muy patán».

En el siglo XIX la señorita fatua y gazmoña se encontraba al cabo de la calle y en las obras que la retrataban. Galdós la recoge en uno de sus Episodios nacionales: «Quiero que por mi manera de escribir comprendas que me estoy golviendo ordinaria. Es lo que deseo: jacerme palurda y olvidarme de que fui señorita del pan pringao y señora de poco acá».

Aquí descubrimos otra antigua expresión para la patética finolis. Un viejo tratado de educación de las niñas nos ayuda a recuperar el sentido de esta expresión: «Solo una señora de poco acá incurrirá en la ridiculez que dices, pero hay pocas que aspiran a pasar por elegantas que no caigan en el extremo contrario».

Los primos del paleto son el palurdo, el papamoscas o el papanatas, que deambulan asombrados por las novedades de la metrópoli

El que no trata de disimular y se muestra en toda su auténtica ruralidad es el paleto, y sus sinónimos cateto, pueblerino o aldeano, patán, todos ellos calificativos descriptivos que se aplican a las personas de pueblo que responden a un estereotipo de simplicidad y falta de sofisticación. El gañán –en puridad un peón de labranza–, el cazurro, aquel recién llegado a la ciudad que aún no se ha quitado el pelo de la dehesa, son el hazmerreír de todas las comedias de costumbres. Sus primos hermanos son el palurdo, el papamoscas o el papanatas, que deambulan asombrados –ojipláticos y boquiabiertos–por las novedades de la metrópoli y son presa fácil de los avispados urbanitas de mala fe.

Cada país tiene sus propios paletos. En Colombia se emplean los términos montañero o calentano; en Costa Rica, polos; en Argentina se los conoce como chuncanos o pajueranos, en Perú, como cholos o chunchos; en Venezuela se los llama capochos o montunos; en México, nacos o chundos; y en Ecuador son los montubios.

Se diría que el cateto y la cursi son figuras contrapuestas, si no fuera porque ahora sabemos que comparten raíces comunes y que ambos, como diría Baroja, tienen cura: leer y viajar.

Cómo perder de vista a alguien

Hay casi tantos modos de manifestar el hartazgo como de sentirlo. Nuestra lengua es rica en expresiones para mostrar a nuestro interlocutor que estamos hasta el moño de su presencia o para dejarle claro que no estamos dispuestos a seguir escuchando sus sandeces.

Las formas de rechazar o despedir a alguien varían según el nivel de educación del hablante y de su estado de cabreo. Si el emisor es delicado, suele limitarse a mandar a paseo al incordio en cuestión o a invitarlo a tomar viento fresco.

La RAE recoge otra acepción para hacer puñetas: masturbarse, un pasatiempo que también requiere de cierta dedicación

Pero si la cosa pasa a mayores y decide hacerlo sin miramientos, puede optar por enviar a su interlocutor a freír espárragos, monas o morcillas; o a hacer puñetas. Todos esos quehaceres llevan su tiempo, con lo que el hablante está dejando claro que quiere dejar de ser molestado durante un lapso prolongado. Las puñetas son los encajes que portaban algunas prendas en las mangas cuya confección era laboriosa. Pero la RAE, además, recoge otra acepción para hacer puñetas: masturbarse, un pasatiempo que también requiere de cierta dedicación.

Mandar a escaparrar es una expresión originaria de Aragón, donde escaparrar significa quitar las garrapatas al ganado; sin duda, una engorrosa tarea. Otra variante es mandar a hacer gárgaras, con lo que el aludido no solo debe alejarse sino realizar una actividad que le impedirá decir palabra durante un rato.

Mandar al carajo tiene hoy en día un halo mítico y el gancho de lo malsonante e inverosímil –¿se puede ir uno a un miembro viril?–, pero la expresión adquiere su sentido definitivo al conocer que en los antiguos barcos de vela el carajo era una canasta que pendía del pato mayor (verga) en el que se colocaba el vigía, normalmente un marinero castigado.

Otro tanto ocurre con mandar a la porra, que los malpensados relacionarán erróneamente con el carajo. Esta expresión tiene su origen en un castigo militar. La porra era el bastón que llevaba el tambor mayor de los antiguos regimientos y que era clavado en una esquina del campamento militar, marcando el punto al que debían dirigirse los soldados arrestados por haber cometido una falta. El oficial, en el momento de imponer el castigo, gritaba al soldado: «¡Vaya usted a la porra!».

No podemos olvidarnos del simple expediente de enviar literalmente a la mierda o al guano (en su versión más refinada, excremento de las gaviotas); o mandar a tomar por culo o a tomar por saco, en donde saco sería una manera eufemística de referirse al trasero, tomada del habla coloquial gitana y que proviene de saccus, el vestido corto que usaban los antiguos romanos en tiempos de guerra. Puestos a enviar al pedo, al cuerno, al orto, a la verga, al quinto pino, al quinto coño, al infierno o incluso a cagar a la vía, nos parece mucho más sofisticado y ecológico decir «busca (también compra o pinta, según variantes) un bosque y piérdete», y dejar que el aludido decida a qué dedica su tiempo en la floresta.

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