El mercado del Parián: el más atroz caso de especulación inmobiliaria de la historia
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El mercado del Parián: el más atroz caso de especulación inmobiliaria de la historia

El Parián, el mercado más bullicioso e importante de America en el siglo XVIII, fue demolido en el siglo XIX en una operación corrupta y mezquina

placeholder Foto: Litografía que refleja el aspecto exterior del Mercado del Parián.
Litografía que refleja el aspecto exterior del Mercado del Parián.

En el momento en que los de la Mafia empezaron a matar periodistas, entendí que ya habían pasado a la alfabetización.

–Andrea Camilleri

El canto monótono de las chicharras acompañaba a la larga fila de porteadores y la recua de mulas que iban desde Acapulco hacia la ciudad de México con su preciada carga de especias y objetos de lujo. Con una cadencia tranquila, la larga hilera de enjutos campesinos iba por el camino entre secarrales hoy y humedales mañana. Una brisa ligera a la caída del atardecer aliviaba su servidumbre ante una realidad de semiesclavitud, donde el pago por las largas caminatas para eludir a las partidas de bandidos que infestaban la zona era una miserable ración de frijoles, que en caso de llegar a destino se complementaban con un saco adicional de diez kilos. Era lo que había.

El Parián, el mercado más bullicioso e importante de America en el siglo XVIII, segregaba a los compradores del montón de aquellos con alto poder adquisitivo. Tenía la configuración de un edificio cerrado, exclusivo y excluyente con sus calles internas llenas de locales con objetos de alta valía. Inserto en la época colonial y vinculada a la enorme concentración de riqueza del momento, era originalmente –el de Manila, de menor entidad, y más tarde el de la Plaza del Zócalo en México– el que más ha durado en la memoria colectiva, el reflejo de la ostentación sin ambages.

Los “parianistas” eran la flor y nata de la sociedad mercantil de México

Construido este último en 1700 durante el virreinato y hoy, inexistente, estaba situado en lo que actualmente es el zócalo de la Ciudad de México. El Parián era el enorme y selectivo mercado donde se comerciaba con las mercancías filipinas traídas por la Nao de la China. En el interior había callejuelas y tenderetes insertos con alacenas de calzados, avíos de sastre, peletería, etc. Los “parianistas” eran la flor y nata de la sociedad mercantil de México, y tanto amos como dependientes daban una clara medida de la riqueza y de las finas maneras de la gente culta y de buen ver.

El edificio se volcaba hacia su interior llenando de vida aquel exótico lugar y pariendo un mercado dinámico e incomparable. En los llamados cajones, estructuras de mampostería para un público “de menor entidad”, se vendían llaves, rejas de arado, parrillas, tubos, balas, municiones de todos calibres, y campanas de todos tamaños. Había grandes relojerías, sederías, encajes de Flandes, rasos de china, terciopelos, y lo más primoroso que podía traer la Nao de China. Era un lugar vital que expresaba la grandeza de España en aquel tiempo.

Una espiral de especulación brutal

Se le bautizó con el nombre de Parián porque así se nombraban ese tipo de mercados que tan profusamente poblaban las Filipinas. En un decenio se concluiría su ardua construcción de corte barroco y el final de sus días le llegaría en 1844 con la remodelación de la Ciudad de México y sus exigencias de un urbanismo más ordenado, alejado del México decimonónico.

Las diferencias entre el ejecutivo y sus gobernados al imponer el decreto de demolición sin garantizar el pago de la indemnización correspondiente, crearon un malestar sin precedentes en la población afectada ya que con el argumento de que se iba a “hermosear” la zona en cuestión, se entró en una espiral de especulación brutal en la que los afectados (expropiados de malas maneras) no recibirían nunca su parte imdemnizatoria mientras que los expropiadores se forraban de manera galopante. Nada nuevo bajo el sol.

La desaparición del edificio, cuya estructura empañaba la “belleza civilizatoria”, se hacía urgente en base a la falta de higiene del lugar

En cualquier país civilizado las constituciones otorgan a los gobiernos la facultad de ocupar la propiedad particular por causa pública de fuerza mayor, pero siempre indemnizando previamente al propietario. No sólo se paga lo que vale el objeto susceptible de expropiación, sino que además se justiprecia por su valor la propiedad que se ocupa, calculando los daños y perjuicios e indemnizando de la manera más satisfactoria al individuo o individuos cuya propiedad es ocupada. Esto, que legalmente sonaba a música celestial, se convirtió en la pesadilla de los afectados, entre los cuales había un gran número de españoles. Hay que recordar en este punto que la Independencia de nuestros hermanos mejicanos ya se había producido en 1810 coincidiendo con la invasión francesa de la península.

Además del flagrante atropello de los intereses de los comerciantes, estaba el tema de la privación del ingreso que representaba el arrendamiento de este mercado en torno al cual se cree que se movía el 20% del circulante capitalino en una ciudad que en aquel entonces tenía la nada desdeñable cifra de población de casi dos millones de almas.

Dinerito de dudosa procedencia

Todo esto ocurría cuando el General Santa Ana había dado un golpe de estado “blando”, y sus ad lateres espadones argumentaban que, acorde con estas ideas del nuevo urbanismo, la desaparición del edificio, cuya estructura empañaba la “belleza civilizatoria” requerida por un “gobierno ilustrado”, se hacía urgente en base a la falta de higiene del lugar. Para mear y no echar gota.

Antes del final de la demolición, los dos generales golpistas que habían acompañado a Santa Ana se habían hecho con un numero obsceno de licencias para la construcción en las zonas aledañas al destruido Parian además de con unas cuantas haciendas y un dinerito de dudosa procedencia e insultante para con la secular pobreza de México.

A la postre, lo más verosímil es que en aquella ocasión como en tantas otras se entretuviera a los interesados con vanas esperanzas halagüeñas hasta que el tiempo consiguiera acallar por agotamiento sus clamores y reivindicaciones, táctica muy usual en el país.

Muchos grabados y pinturas han mostrado el exterior del famoso Parián, pero siempre había que imaginar el interior. Ahora lo podemos conocer gracias a una pintura del siglo XVIII que exhibe en el llamado Palacio de Iturbide, situado en la avenida Madero 17, dentro de la exposición titulada Identidad y reafirmación, integrada por las adquisiciones recientes del Banco Nacional de México que han venido a enriquecer su extraordinaria colección pictórica.

El Parián, un reducto de historia, un retazo de la España que fue.

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