La historia de Kempton Bunton

El conductor de autobús enfadado que llevó a cabo el robo del siglo

Saltarse la seguridad de un museo y llevarse una obra de arte no parece sencillo. En 1961 un humilde hombre de 60 años robó el retrato del Duque de Wellington y el motivo no eran hacerse rico

Foto: Kempton Bunton tras darse a conocer en 1965. (nickelinthemachine.com)
Kempton Bunton tras darse a conocer en 1965. (nickelinthemachine.com)

Una noche de agosto de 1961 tuvo lugar uno de los crímenes más notorios de la década de los sesenta en Inglaterra: apenas 19 días después de haberse expuesto al público, alguien robó de la londinense National Gallery el famoso retrato del Duque de Wellington que dibujó Francisco de Goya en el año 1812.

El cuadro parecía haberse desvanecido en el aire. La policía no tenía sospechoso alguno y nadie pudo ofrecer ninguna pista a cambio de la recompensa de 5.000 libras que se estableció para su rescate. ¿Qué es lo que quería si no era dinero? ¿Quizás un fanático del pintor español? En 1965 el propio ladrón entregó el cuadro a las autoridades y desveló el misterio.

50 años después de que el retrato volviese a su lugar, el considerado uno de los robos más locos de la historia sigue dando que hablar entre los ingleses por lo controvertido de las causas que llevaron al conductor de autobuses de 61 años Kempton Bunton a llevarse tan preciada obra de arte. Brian Viner recoge en el Daily Mail la historia del humilde ladrón que acabó convirtiéndose en un héroe para la ciudadanía británica.

Un tesoro nacional

En 1962, las salas de cine británicas se llenaron de gente que acudía a ver la primera película de James Bond, Dr. No. Los espectadores rieron cuando 007 (Sean Connery) descubría en la guarida submarina de su enemigo el Goya desaparecido apoyado un caballete: “Así que aquí estaba”, decía el personaje con cierto tono irónico.

“Después de todo, la historia parecía apuntar a que un crimen sin precedentes como aquel tenía que haber sido podría haber sido planeado por un supervillano”, comenta Viner. Pero la realidad no podía ser más diferente. Bunton era un hombre de mediana edad, de 1,82 metros de altura y 114 kilos de peso, algo torpe y medio miope cuyas pretensiones eran muy diferentes a las del Dr. Julius. Y no, no escondió el cuadro en un refugio bajo el agua, sino detrás del armario para que su mujer no pudiese encontrarlo.

El retrato de Goya había disfrutado de una explosión de publicidad de unos meses antes, cuando el magnate petrolero estadounidense Charles Wrightsman lo compró en una subasta de Sotheby por la extravagante suma de 140.000 libras (algo más de 200.000 euros, y hablamos de la década de los 60's) con la idea de llevárselo al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Pero la noticia de que un tesoro nacional se iba del país causó tal revuelo que, avergonzado, el nuevo propietario decidió venderlo por la misma suma que había pagado. El Gobierno financió parte de la compra y la pintura fue exhibida en la escalera principal de la National Gallery y todos contentos. Excepto Bunton.

El retrato robado del Duque de Wellington pintado por Francisco de Goya. (Wikipedia)
El retrato robado del Duque de Wellington pintado por Francisco de Goya. (Wikipedia)

El caco indignado

De carácter rudo y cabezón, Bunton era un hombre de convicciones tan firmes que apenas era capaz de mantener un trabajo durante mucho tiempo porque siempre terminaba peleándose con sus jefes por cuestiones de principios. “Su indignación moral también le llevó a no pagar la tasa de licencia de 4 libras (no llega a los 6 euros) que había que pagar por tener la BBC incluida en el pack de canales televisivos, porque lo consideraba un impuesto injusto”, explica el autor. Indignado, le parecía un abuso tener que pagar esta cantidad teniendo en cuenta que el Tesoro acababa de pagar una parte significativa de las 140.000 libras requeridas para comprar el Goya a la nación.

Cuando los magistrados Newcastle le pusieron otras 2 libras de multa por no pagar la cuota de licencia, Bunton se negó a abonarla y le mandaron 13 días a la cárcel. Su cabreo con el Estado iba a mayores.

El rescate ignorado

El robo del retrato fue mucho más sencillo de lo que nadie podría imaginarse. Sin saber si quiera las consecuencias de una simple charla con un señor que pasaba por allí, un vigilante del museo le comentó que la alarma se apagaba a primera hora de la mañana para que las señoras de la limpieza pudiesen trabajar: el momento perfecto para llevar a cabo el atraco.

En su declaración Bunton explicó a la policía que simplemente dejó una ventana del baño abierta y aprovechó ese momento sin seguridad para colarse en el interior. Teniendo en cuenta su peso y envergadura, le debió costar lo suyo descolgar y sacar el Goya –de 50 por 50 centímetros– por el mismo pequeño hueco por el que entró. Pero nadie le descubrió.

Si no hubiese devuelto el cuadro no lo habrían encontrado ni en 800 años

“La desaparición de la pintura, 19 días después de inaugurar la exhibición, causó sensación”, explica Viner: “Buques y aviones hicieron frustrantes búsquedas por tierra, mar y aire por si se lo habían llevado al extranjero y la Interpol alertó de que ya no estaba en el país. Se hizo pública una recompensa de 5.000 libras y, angustiado, el director de la National Gallery renunció a su puesto”.

Entonces llegaron las primeras cartas del considerado un Robin Hood. En ellas ofrecía devolver la obra a cambio de un rescate de 140.000 libras que debía repartirse entre los más necesitados y se explicaba que el robo era “un intento de recaudar dinero de los bolsillos de aquellos que aman el arte más que la caridad”.

No le hicieron ni caso e insistió con otra nota en la que mencionaba explícitamente su indiganación con la tasa de la BBC: “Mi único objetivo con todo esto es creación de una organización de caridad para comprar las licencias de televisión a los ancianos y a los pobres que están siendo descuidados por una sociedad opulenta”. El mensaje contenía una condición adicional: “amnistía para el ladrón”. Pero sus mensajes fueron ignorados.

Desenlace y ovación cerrada

“En mayo de 1965, cansado de jugar al gato y al ratón y consciente de que nadie estaba dispuesto a dar 140.000 libras para la caridad”, relata Viner, Bunton enrolló al duque de Wellington y lo dejó en una taquilla de la consigna de la estación de Birmingham New Street. Seguidamente, de forma anónima, alertó al Daily Mirror.

Tras haber pasado cuatro años detrás del armario de Bunton, la pintura volvió a exhibirse en la National Gallery y a día de hoy continúa en el mismo sitio. Pero aún nadie sabía dónde había estado todo este tiempo.

Dos meses después de entregar el Goya, tras mantener una conversación un tanto ebrio en un bar, Bunton empezó a preocuparse por si se había ido mucho de la lengua y decidió entregarse en una comisaría del centro de Londres antes de que nadie pudiera acusarle y llevarse la recompensa. Su singular confesión en julio de 1965 –en la que incluso bromeó con los agentes con la idea de que si él no hubiese devuelto el cuadro “no lo habrían encontrado ni en 800 años”– se filtró y pronto la historia del conductor de autobuses ladrón estaba en boca de todos.

Al poco tiempo le llevaron a juicio. Defendido gratuitamente por un famoso magistrado de la época Jeremy Hutchinson y con el apoyo de gran parte de la ciudadanía, el ya llamado “aspirante a Robin Hood” Bunton fue absuelto de todos los cargos excepto uno: el robo del cuadro, por el que se le condenó a tres meses de cárcel. 

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