andrew jackson vs. john quincy adams

“Tu madre era una p...”: Las elecciones más sucias jamás celebradas

Cada campaña presidencial asistimos a un artístico rondó en el cual las patadas en la espinilla son el detonante de otras patadas localizadas más arriba. Pero antes fue incluso peor

Foto: Andrew Jackson y John Quincy Adams.
Andrew Jackson y John Quincy Adams.

Al parecer, en EE.UU, ser política y que te favorezcan los pantalones, puede dar lugar a furibundos ataques por parte de sujetos con la sesera diezmada por años de hibernación intelectual, hígados con exceso de facturación etílica y capacidades olfativas disminuidas por agentes erosivos de dudosa reputación. Un caso palmario podría ser el que sufre Hillary Clinton en este asalto al poder que representan las elecciones de 2016.

En el país de las libertades, esto es, donde se regula el grado de libertad que deben de disfrutar otros países, las descalificaciones personales entre candidatos, unas veces provenientes por parte de los propios adversarios, otras por los escuderos de los primeros, otras por grupos mediáticos debidamente adiestrados son el pan nuestro de cada día .

Legiones de investigadores privados, y en ocasiones funcionarios públicos con intereses en el sector privado de la investigación (horas extras obligan), agencias estatales de inteligencia cuyos prebostes no se sabe a qué oscuros poderes se deben pero que intoxican a diestro y siniestro inasequibles al desaliento, constelaciones de think tank lobbys de todos los colores cual si de Lacasitos se tratara, cárteles de información diseñados ad hoc para crear bulos con cargas de profundidad envueltas en celofán, medias verdades, severas y descaradas manipulaciones vía medios de intoxicación, funcionan en el país más poderoso en su primer siglo oficial de mandato sobre la Tierra, tras estrenarse como hegemon en la victoria obtenida en la I Guerra Mundial.

Una ignominia difícil de superar

Una de las campañas más repugnantes de la historia política de EE.UU, se dio allá por el año 1828 en la que Andrew Jackson y John Quincy Adams competían por la presidencia de aquella emergente nación. A diferencia de los anteriores presidentes que eran de clase alta, bien educados, ricos y de manicura semanal, Jackson procedía de un entorno muy humilde. Pobre, del profundo Sur, huérfano y con aspiraciones que no encajaban en la puritana jet society de entonces, no era un candidato que pudiera ser aprobado por el perfumado e hipócrita establishment virginiano.

Por el contrario, su oponente, John Quincy Adams, era la antítesis de Jackson. El hijo del expresidente y Padre fundador de la enorme nación transatlántica, John Adams, tuvo el privilegio de recorrer mundo y era un erudito en el sentido más amplio de la palabra además de poliglota consumado. A la edad de 15 años era traductor en la corte real de la zarina Catalina la Grande de Rusia. Un fenómeno, pero muy estirado: parecía una jirafa haciendo estiramientos.

Jackson, militar de carrera, tenía un balance contable que tarde o temprano saldría a la luz con inusitada ferocidad devorándole las entrañas y un temperamento más que arisco. Su vida había sido y era francamente violenta. Duelista consumado, en un lance en 1806 acabaría colocándole a un oponente un tarugo de piedra entre pecho y espalda a la altura del esternón. Pero su peor credencial fue la ocurrida durante la guerra de 1812 ante los trapaceros ingleses que querían levantarles la ex Florida española, en la que ordenó la ejecución de seis hombres de su milicia que fueron acusados de deserción. El juicio fue sumarísimo y de nada sirvió el alegato del defensor sobre la necesidad de los juerguistas de encontrar un paréntesis de dicha en medio de aquel sinsentido; eran seis chavales jóvenes y analfabetos. Este incidente le perseguía como un rumor malhadado durante la peleada elección, cuando un seguidor de Adams, dueño de una imprenta, llamado John Binns, difundió un cartel con seis ataúdes negros, promoviendo en el imaginario publico la idea de un Jackson inhumano, asesino de aquellos desgraciados milicianos.

Jackson fue acusado de adulterio y de vivir en pecado. Rachel, su bella y cándida mujer, fue acusada de bigamia

El matrimonio de Jackson era otra de las herramientas que Adams utilizó en la elección para menoscabar la reputación de su oponente. Rachel Jackson había estado casada antes de liarse con el troglodita de su marido. Esta frágil mujer, blanco del contumaz Quincy, se divorció de su primer marido, pero el equipo de ventiladores de trapos sucios, el staff que dirigía la campaña del candidato Adams, insinuó que su divorcio no había cumplido el tiempo prudencial como para justificar un enamoramiento auténtico por parte de la vilipendiada mujer. Jackson fue acusado de adulterio y de vivir en pecado. Rachel, su bella y cándida mujer, fue acusada de bigamia, pues el zascandil del pretendiente ya le había echado los trastos y se cree que también el guante durante el periodo de cortejo. En 1828 no era un tema baladí. The Washington Daily Journal, vocero oficial de la campaña de Adams, publicaría un panfleto afirmando que Jackson había luchado contra el marido de Rachel persiguiendo a ambos hasta robarle su esposa. La historia podría ser muy romántica, si no fuera por la mala leche que presidía los actos de este alocado general.

John Quincy Adams.
John Quincy Adams.

Una campaña salida de madre

John Quincy Adams tenía sus propios problemas. El apoyo a los programas federales para mejorar la infraestructura nacional de transporte y los aranceles proteccionistas para salvaguardar la industria, curiosamente favorecían a los estados del norte. El Sur sentía que la fiscalidad le penalizaba en la carrera por coexistir con el Norte. Además, para más abundamiento, los colegas de Jackson habían extendido el rumor de que Adams había proporcionado el zar de Rusia los servicios sexuales de una mujer americana, y esto eran palabras mayores, la cosa comenzaba a oler a chamusquina. Según los “valores” de la oposición, no era más que un proxeneta y sus éxitos en Rusia serian el resultado de su destreza en el proxenetismo. A Adams se le llegaría a acusar de la práctica de juegos de azar y de tener una mesa de billar en la Casa Blanca pagada con el dinero del gobierno.

Un periódico afín llegaría a escribir que la madre del general Jackson era una prostituta, traída a este país por los soldados británicos

Adams no pudiendo aguantar el hedor que atufaba la campaña, decidió retirarse de la misma, no sin antes soltarle una andanada del treinta y tres a su oponente. Un periódico afín llegaría a escribir (sic), “la madre del general Jackson era una prostituta común, traída a este país por los soldados británicos. Ella después se casó con un hombre mulato, con quien tuvo varios hijos, de los cuales el general Jackson es uno de ellos”. El caso es que la cosa se había salido de madre. Finalmente, Jackson ganaría fácilmente en las elecciones de 1828, con un 56 por ciento de los votos y 178 votos electorales frente a los 83 de Adams.

La mujer de Jackson, Rachel, moriría probablemente de angustia y tristeza ante las invectivas del oponente de su marido; no llegaría viva al Capitolio a la ceremonia de entronización pues le había asaltado una profunda depresión.

Pero periclitados en el tiempo, en el caso de Hillary Clinton, la falta de clase de los voceros del Partido Republicano, raya con la obscenidad más grosera. Todavía le siguen recordando el desliz de su marido y las protuberancias que tuvo que llevar durante un tiempo a causa de la ligereza de cascos del expresidente de una nación donde la conspiración adquiere la categoría de arte.

Nada nuevo bajo el sol.

Alma, Corazón, Vida

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