LA VANGUARDIA FRANCESA DEL ADULTERIO

"No puedes exigir a tu pareja que no mire a otras. Yo le dejo y hago lo mismo si puedo"

Cada vez más personas muestran una absoluta tolerancia hacia los deslices amorosos de su pareja, y esto se puede convertir en norma: ¿llegará el día en que dejemos de dar importancia a los cuernos?

Foto: Cuando la libertad es el valor más importante, la importancia de la fidelidad se relativiza. (iStock)
Cuando la libertad es el valor más importante, la importancia de la fidelidad se relativiza. (iStock)

“En Francia se besan en la Calle Principal / es amor, no una exhibición barata”. En «In France They Kiss on Main Street», Joni Mitchell sintetizaba en un par de versos la visión que del amor en Francia se tiene en Estados Unidos en particular y en el resto del mundo en general. Se trata del país del amor, del lujo, de la educación sentimental; en definitiva, de la vanguardia romántica que señala al resto de naciones, más pacatas, cuál es el camino a seguir. Ser el país que vio nacer al Marqués de Sade, Charles Baudelaire y Georges Bataille no es moco de pavo.

Por eso no resulta raro leer en las páginas de Business Insider un artículo titulado “En Francia, muchos engañan a sus esposas, pero eso no es necesariamente un problema”. Según explica el texto, haciendo referencia a a una encuesta del Instituto Francés de Opinión Pública, el 55% de los hombres de dicho país y el 32% de las mujeres han sido infieles a sus medias naranjas, pero sólo el 47% lo ve “moralmente reprobable”, según otra investigación de Pew Research.

La lectura, a simple vista, parece obvia: los franceses nos sacan años de ventaja, como demuestra esta tendencia consentida al adulterio que recoge el cómico y escritor Aziz Ansari en su último libro, Modern Romance (Penguin Press). Un testimonio recoge bien esta creencia que del amor galo se mantiene en el resto del mundo: “en el subsconsciente de los franceses está la idea de que todo el mundo engaña”. La cuestión, asegura el artículo, no es que las infidelidades sean excusables, sino que tienen menos importancia que en otros rincones del planeta. “A causa de su actitud cultural, los franceses suelen perdonar a un infiel”, asegura el artículo. Aunque, como cabe esperar, la realidad es más compleja… y aún más reveladora.

Hay infidelidades e infidelidades… e infidelidades

Este artículo se ha publicado a la vez que otro publicado en Le Figaro y que explora las razones por las que una persona (o, mejor dicho, un francés) puede admitir una infidelidad de la pareja. En dicho reportaje, Charlotte Le Van, la autora del libro Las cuatro caras de infidelidad en Francia. Una encuesta sociológica (Payot) describe los diversos perfiles de adúlteros sin remordimientos y cornudos satisfechos que se ha encontrado a lo largo de su estudio.

Por un lado, se encuentran la infidelidad relacional y la personal. La relacional está causada por el desencanto en la relación de pareja, que provoca que se busquen nuevas vías de escape, en ocasiones como una forma de desahogo, en otras con el objetivo de encontrar algo mejor. En cambio, la personal no tiene relación con la situación romántica de la pareja, sino con las características individuales de quien lo comete o con sus problemas personales. En otras palabras, el tradicional “no eres tú, soy yo”.

Prefiero a un hombre infiel que me satisfaga que a un fiel que no lo haga

No es la única distinción que realiza la socióloga. También identifica una importante diferencia entre las infidelidades “de experiencia” y las “crónicas”. Los jóvenes suelen incurrir con mayor frecuencia en las primeras, cuando buscan ampliar sus horizontes. Estas infidelidades, por lo general, no tienen tanto que ver con la salud de la relación como con las ansias por probar cosas nuevas (lo que también la vincularía con la infidelidad personal). Es lo que señala una de las entrevistadas en el artículo, que recuerda que pasar años con alguien no te da derecho sobre su vida. “No puedes exigir a tu cónyuge que no cometa ningún desliz, que no beba un poco más o que no mire a otra”. O aquella estudiante que reconoce que “mientras que esté disponible para mí, le dejo hacer porque creo que tiene derecho a tener su libertad y yo haría lo mismo si la ocasión se presentarse”.

Frente a estas infidelidades de experiencia, transitorias y perdonables, se encuentran las crónicas, que sugieren un mensaje más preocupante en el trasfondo, o las infidelidades “por principio”, las propias de alguien que considera que ser desleal es parte de sus derechos en una relación. Gran parte de los testimonios de aquellas que consienten el adulterio coinciden en su pragmatismo: como explica la periodista Marie, “prefiero a un hombre infiel que me sepa satisfacer a distintos niveles que a alguien fiel y que no me deje satisfecha”. Lo que nos lleva a hacernos una pregunta pertinente: ¿por qué damos tanta importancia a la fidelidad frente a otros valores que quizá fueron más importantes?

¿Para qué sirve que no te engañen?

La historia humana ha basculado entre épocas en las que la infidelidad era vista como algo común (las más) y algo indeseable (las menos). Ahora seguramente nos encontremos en este lado de la balanza, como recuerda en el reportaje Robert Neuburger, autor de La pareja: lo deseable y lo peligroso (Payot). El psicoanalista y terapeuta explica que la fidelidad es en el siglo XXI un valor cargado de un fuerte simbolismo y que, como tal, puede resultar problemático. “Con la fidelidad erigida como un mito, al más mínimo desliz, la pareja se descompone”.

Las parejas para las cuales la fidelidad no es un valor fundamental tienen otros en su lugar, como la solidaridad o la confianza

De ahí que resulte más saludable mantener una actitud menos rígida frente a la infidelidad. Por una parte, relativizando su importancia en favor de otros problemas mucho más dañinos (maltrato físico o psicológico, por ejemplo): es el caso de una cita que reproduce el artículo y en la que una mujer de 30 años señala, de manera irónica, que “si descubriese que mi marido ha votado a la extrema derecha, lo dejaría, pero no si me engaña”. En otras palabras, el adulterio no es lo suficientemente importante en la escala de valores de la relación como para poner en peligro esta, pero sí puede serlo votar a un partido extremista.

“Las parejas para las cuales la fidelidad no es un valor fundamental tienen otros, como la solidaridad o la confianza”, concluye Neuburger. Si en la Francia de los años setenta lo más importante era la libertad, y de ahí que proliferasen las relaciones abiertas, la tendencia ha cambiado y vivimos de nuevo en la era de la fidelidad. Y quizá la solución al adulterio no se encuentre tanto en acabar con todos los deslices (¿es tal cosa posible?) como en acabar con uno de los grandes mitos modernos.

Alma, Corazón, Vida

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