UN IDÍLICO MORTUORIO EN HAWÁI

“Íbamos allí a morir”: los últimos pacientes de Kalaupapa, la isla de los leprosos

Durante más de un siglo cerca de 8.000 pacientes de lepra fueron separados de sus familias y encerrados en el asentamiento de Kalaupapa, el lugar más remoto de las islas de Hawái

Foto: La colonia de Kalaupapa antes del abandono de la cuarentena. (Historic Hawaii Foundation)
La colonia de Kalaupapa antes del abandono de la cuarentena. (Historic Hawaii Foundation)

“Como al resto de pacientes, me atraparon en la escuela. Estaba en la Isla Grande.Tenía 12 años. Lloré como una magdalena por mi madre y por mi familia. Pero en esos días el Consejo de Salud no malgastaba el tiempo. Me mandaron a Honolulu, a la estación de Kalihi, muy rápido. Después me llevaron a Kalaupapa. Allí es donde nos mandaban a la mayoría. Muchos íbamos para morir”.

Es el testimonio de uno de los miles de enfermos de lepra que fueron encerrados en la península de Kalapaupa, uno de los lugares más remotos del archipiélago de Hawái. En 1866 el rey Kamehameha V promulgó una ley que obligaba a llevar al asentamiento a todos los enfermos de lepra y el decreto se mantuvo hasta 1969, justo una década después de que el archipiélago pasara a formar parte de Estados Unidos.

Los registros atestiguan que, durante el siglo que se aplicó la cuarentena, más de 8.000 pacientes, en su práctica totalidad nativos hawaianosm fueron separados de sus familias y encerrados en el asentamiento. En su momento de mayor ocupación la colonia llegó a albergar a más de 1.200 enfermos. Hoy sólo quedan 16 pacientes, de entre 73 y 92 años, los últimos supervivientes de una comunidad que vivía a espaldas del mundo.

“Nada más llegar me dijeron que me iba a morir allí y no iba a ver nunca más a mi familia”

El pueblo de Kalapaupa está separado del resto de la isla de Molokai –que es de por sí la isla más aislada de Hawái– por uno de los acantilados más grandes del mundo, de más de 610 metros. Los pacientes, y los médicos y misioneros que les atendían, crearon una comunidad con unos vínculos tales que, cuando se levantó la cuarentena, pocos quisieron abandonar la isla.

Muchos de los testimonios que se conservan de la vida en Kalaupapa hablan de un pueblo feliz, en el que la gente se enamoraba. Se formaron más de 1000 parejas sólo entre 1900 y 1930. Había conciertos, fiestas, concursos de elaboración de collares de flores y competiciones de sóftbol. Existía además una intensa actividad religiosa, liderada por el padre Damián, hoy santo católico, que contrajo la lepra atendiendo a los enfermos. Pero la realidad era mucho más dura de lo que cuentan las crónicas.

El padre Damián posa con un coro femenino formado por pacientes de Kalaupapa.
El padre Damián posa con un coro femenino formado por pacientes de Kalaupapa.

Todos los días moría alguien

La colonia era, en realidad, un enorme mortuorio. La mayoría de la gente entraba enferma y acababa siendo enterrada en un enorme cementerio, en el que la mayoría de lápidas ni siquiera reflejaban el nombre del fallecido. Prácticamente todos los días moría alguien.

“Nada más llegar me dijeron que me iba a morir allí y no iba a ver nunca más a mi familia”, cuenta uno de los pacientes. “Les escuche decir una frase que nunca olvidaré: ‘Este es tu último lugar. Aquí es donde vas a estar y morir’. Eso es lo que me dijeron. Era un niño de trece años”.

Pero la imposibilidad de salir de la península no era el peor de los males. Todos los pacientes habían sido separados de sus familias sanas, pero no podían soñar con crear una nueva en la villa. Dado que la lepra es una enfermedad no hereditaria, los hijos de los enfermos eran separados de ellos nada más nacer y dados en adopción.

Muchos de los hijos de Kalaupapa crecieron en el seno de sus familias adoptivas sin tener ni idea de su origen

“A los niños que nacían dentro no se les permitía estar con sus padres”, explica un anónimo habitante de Kalaupapa. “La ley decía que al nacer tenían que ser separados y depositados en la enfermería. Estaban asustados del contacto, tenían miedo de que los niños contrajeran la enfermedad de sus padres…”. Para estar el máximo tiempo posible con sus hijos, los enfermos hacían trampas. “Muchas veces los niños nacían por la noche. Todos nos callábamos para que los administradores y las enfermeras no oyeran al bebé”, prosigue el paciente. 

Muchos de los hijos de Kalaupapa crecieron en el seno de sus familias adoptivas sin tener ni idea de su origen. Un interesantísimo artículo de The Atlantic, cuenta la historia de Lindamae Maldonado, hija de unos pacientes en cuarentena que sólo descubrió su verdadero origen con 50 años, cuando uno de sus primos adoptivos conoció, por azar, a su verdadera tía. Se cree que miles de niños fueron separados de sus padres para siempre.

Hoy parece que muchos de los pacientes, los que quedan en Kalaupapa y los que hablan de una estancia feliz en la cuarentena, sufrieron un particular Síndrome de Estocolmo, pero la realidad es que, una vez contraída la lepra, el asentamiento era el único lugar en el que no se sentían excluidos.

Como explica uno de los raros pacientes que lograron superar la enfermedad, al escribir a su madre para preparar su regreso a casa esta le dijo que se quedara en Kalaupapa. Ni siquiera aceptó una visita. “Mi madre tenía muchos amigos y creo que sentía vergüenza”, explica la anónima paciente. “Aunque me había curado estaba desfigurada, . Así que me dijo a mí, su hija, que no fuera a casa: ‘Quédate donde estás, y deja tus huesos en Kalaupapa’. Este lugar se ha convertido en mi verdadero hogar. Aquí me cuidan”.

El asentamiento de Kalaupapa visto desde el acantilado que separa a la península del resto de la isla. (Djzanni)
El asentamiento de Kalaupapa visto desde el acantilado que separa a la península del resto de la isla. (Djzanni)

El futuro de un lugar sagrado

La lepra –que hoy recibe el políticamente correcto nombre de Enfermedad de Hansen– es hoy tratable, no es contagiosa si se ataca a tiempo y, poco a poco, va camino de la extinción. Cuando fallezcan los últimos 16 pacientes que siguen viviendo en Kalaupapa el asentamiento quedará despoblado, pero el gobierno estadounidenses ya está haciendo planes para devolverlo a la vida.

El Servicio de Parques Nacionales, que declaró a Kalaupapa Parque Histórico Nacional en 1980, tendrá que decidir que hace con la península cuando muera el último paciente. Si las cosas salen como quieren las autoridades, Kalaupapa se convertirá en un destino turístico. Un plan que apoya la Diócesis de Honolulu, porque permitiría a los católicos de todo el mundo visitar el lugar que vio nacer dos de sus santos.

“No me gustaría que desapareciera lo que tenemos aquí, la capacidad de la gente para venir, reflexionar y recordar a sus familiares”

Pero los planes de las autoridades no gustan en absoluto a quienes, de algún modo u otro, han estado vinculados al asentamiento. Muchas personas están preocupadas porque la llegada de visitantes que nada tienen que ver con Kalaupapa, y no son sensibles respecto a su pasado, acabe deteriorando el ambiente espiritual que reina en la península y destroce su legado histórico y natural. Lo cierto es que, debido a la cuarentena, la península es prácticamente el único lugar virgen que queda en Hawái. Y ya conocemos los peligros del turismo.

“Hoy en día hay muchísimas restricciones y creo que es por eso que se ha podido conservar el lugar”, explicaba en Hawaii News Now Debbie Collar, una enfermera de Kalaupapa. “No me gustaría que desapareciera lo que tenemos aquí, la capacidad de la gente para venir, reflexionar y recordar a sus familiares”. 

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