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La economía, desvelada: los 10 términos clave de las finanzas y lo que de verdad significan

Desde hace ya unos cuantos años es imposible ver un informativo o abrir un periódico sin toparse con un alud de información económica que no entendemos. Esto es lo que debes saber

Foto: El escritor John Lanchester (EFE/Toni Albir)
El escritor John Lanchester (EFE/Toni Albir)

El escritor británico John Lanchester (Hamburgo, 1962), hijo de un empleado del banco HSBC y educado en Oxford, se hizo popular en nuestro país con el notable ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar (Anagrama), la mejor guía sobre la crisis, y se consagró con su última novela, Capital (Anagrama), que fue bautizada por la crítica como La hoguera de las vanidades del siglo XXI.

Su nuevo libro, Cómo hablar de dinero (Anagrama), es un libro de economía para los que no entienden de economía, pero también un destructor de clichés para los que la entienden. Y su objetivo es claro: explicar cómo, y por qué, la economía del último cuarto del siglo XX “se convirtió en algo muy parecido a un casino manejado por tahúres”.

Gran parte del libro es un glosario de términos que funciona como traductor e imprescindible manual de autodefensa. Estas son 10 de las definiciones extraídas del libro:

1. Operaciones de alta frecuencia

Un tecnicismo, sí, pero hay que decir que esta mierda da miedo. Los orígenes de esta forma de trading hay que buscarlos en el hecho de que gran parte de la actividad de las entidades financieras consiste en tratar de hacer dinero empleando mecanismos que garanticen buenos resultados. No se mueven en el terreno de lo probable o lo posible, sino de lo garantizado; un tema antiguo en la historia del dinero, algo que, salvando las distancias, podría compararse con la búsqueda de la piedra filosofal que convierta los metales en oro, una técnica para ganar dinero que no implique riesgo. En la búsqueda de ese objetivo, algunas empresas se han dedicado a las operaciones que se realizan a la velocidad de de la luz, una mezcla de equipo informático y técnicas matemáticas patentadas, empleada para comprar y vender capital no en cuestión de minutos, de segundos o fracciones de segundos, sino en microsegundos. Según parece, en muchos casos esas empresas también ejecutan pedidos de clientes; tienen, por tanto, información relativa al flujo de pedidos que circula por el mercado. Los algoritmos detectan esas operaciones, compran algunas acciones y unos microsegundos después las venden obteniendo una ganancia minúscula, pero garantizada. Si esta compraventa se repite con frecuencia y volumen suficientes, ganan mucho dinero. Más de la mitad de todo el capital con que se opera en los Estados Unidos responde al trading de alta frecuencia, lo cual significa que la mayor parte de las compras y las ventas del mercado no las realizan personas, sino programas informáticos.

Para que den los resultados esperados, esas técnicas dependen de la velocidad y, para alcanzarla, los operadores fabrican ordenadores cada vez más veloces y cada vez más próximos a las bolsas donde se efectúan las transacciones; en una palabra, compiten para tener cableados cada vez más directos entre los lugares donde se opera. La ruta entre la Bolsa de Productos Básicos de Chicago y la Bolsa de Nueva York es un ejemplo; empleando técnicas registradas en las que intervienen microondas, las empresas que emplean cable patentado han conseguido reducir de unos interminables 14 milisegundos –con el lentísimo cableado estándar– a unos muy rentables 8,5 milisegundos el tiempo que necesita un pedido para ir y volver entre las dos ciudades. Traducción: ganar dinero en la distancia que va de 0,014 a 0,008 segundos. Asimismo, las empresas compiten ahora por establecer más conexiones directas entre Nueva York y Londres, siempre con la intención de obtener las mismas ganancias garantizadas.

Lo preocupante de esta clase de operaciones es que nadie las entiende realmente. Las técnicas matemáticas empleadas son secretas. Con todo, la historia sugiere que hay riesgo en el hecho de que muchas de esas técnicas posiblemente hagan lo mismo y de la misma manera, tendiendo, en consecuencia, a provocar movimientos demasiado espectaculares en los mercados. No hay que olvidar que hoy día los mercados de capitales realizan principalmente esta clase de operaciones. Fueron los seguros con carteras informatizadas –programas informáticos que hacían todos lo mismo al mismo tiempo– los que provocaron el crac de Wall Street en octubre de 1987 y, por lo visto, fueron las operaciones de alta frecuencia la causa del flash crash del 6 de mayo de 2011, cuando el mercado de valores de los Estados Unidos cayó más de un 10 % y perdió un billón de dólares de su valor en menos de veinte minutos. Aun así, las causas de esa caída relámpago siguen sin entenderse bien. Y eso, y no otra cosa, es lo verdaderamente inquietante.

2. Austeridad

En mi opinión, el término más extraño del vocabulario político/económico con que me he tropezado en mi vida adulta. En la vida corriente, «austero» significa: «Severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral» y, también, «sobrio, sencillo». Pero se trata de cualidades de índole general que en realidad no designan nada tangible, y eso es un problema, porque en este contexto sólo interesa lo específico. De lo que hablamos es de recortes del gasto; se reduce la financiación o sencillamente se la elimina, y eso no tiene nada de abstracto. La palabra «austeridad» es un intento de extraer algo que parezca moral y basado en los valores a partir de reducciones concretas del gasto público que causan pérdidas reales a gente real.

El dinero no es más que una promesa de papel. (John Smith/Corbis)
El dinero no es más que una promesa de papel. (John Smith/Corbis)

3. Bono

Un bono es una DEUDA de una empresa, que la ha adquirido por recibir dinero prestado. Un bono tiene un cupón, es decir, la cantidad que paga –mensual, trimestral o anual–y un vencimiento, la fecha en que dejará de pagar y recuperaremos todo el dinero que hemos prestado. Por ejemplo, podemos prestar a Marks and Spencer 5.000 libras durante un año a un interés del 5%, lo cual significa que M&S pagará durante un año una tasa del 5% anual –probablemente cada mes o cada trimestre– hasta un valor de 250 libras, y que después devolverá las 5.000 libras. También los gobiernos emiten bonos; es su manera de pedir dinero prestado. Es casi imposible expresar con palabras lo enorme e importante que es el mercado internacional de bonos: se lo podría comparar con un juggernaut, pues es, probablemente, la mayor fuerza de los mercados financieros. Bono es una palabra interesante porque brinda un raro ejemplo de metáfora monetaria que dice la verdad. No es una reversificación. La persona que emite el bono contrae una obligación, y está atada de pies y manos porque debe pagar la deuda. Por su parte, prestatario y prestamista también están unidos entre sí, y sus destinos están íntimamente vinculados, pues si el prestatario no puede devolver el dinero, el prestamista también se verá en apuros.

4. Índice de las camareras calientes

Una de entre varias técnicas imaginativas para predecir el rumbo de la economía. Algunas de ellas tratan realmente de averiguar, observando tendencias sociales más amplias, en qué dirección van las cosas del dinero. Por ejemplo, en épocas de bonanza las faldas se acortan, supuestamente porque el personal se pone retozón. Algunas de esas técnicas son tan obvias que casi huelga explicarlas: cuanto mejor le va a la economía en tal o cual sector, más difícil resulta encontrar un taxi o más grúas se ven por la ventana... Bueno, menuda obviedad... El índice de las camareras calientes es una variación jocosa; sugiere que, cuando mejora el rendimiento de una economía, mejor les va a las mujeres guapas, que encuentran trabajos mejores, como en la serie Girls, de Lena Dunham, con sus «trabajos para chicas guapas»: recepcionistas de galerías de arte y otros por el estilo. Cuando los tiempos son más duros, esas chicas acaban trabajando de camareras. Por tanto, cuanto peor va la economía, más «cañón» la camarera.

5. Capital especulativo

El «dinero caliente»; en inglés, hot money. El que se mueve por todo el mundo buscando beneficios, sin tener en cuenta ninguna otra consideración. La semana pasada, productos básicos; esta semana, propiedad inmobiliaria en Londres; la semana que viene, bancos nigerianos. El movimiento repentino de capital especulativo ha sido un factor crucial de todas las crisis económicas nacionales de los últimos veintitantos años: los descalabros mexicano, asiático y ruso de la década de 1990; las crisis islandesa, española e irlandesa de la década de 2000, etcétera.

Los movimientos internacionales de capitales han pasado de aproximadamente el 60% del PIB a más del 450% en los últimos veinte años

A medida que la economía mundial se ha ido abriendo y desregulando y volviéndose más interconectada, el dinero caliente ha pasado a ser un rasgo cada vez más prominente de las operaciones. Se trata de un importante artículo de fe en la economía convencional: el movimiento de capitales totalmente libre beneficia a todo el mundo, y no cabe duda de que el sistema está diseñado para actuar sobre la base de esa fe; los movimientos internacionales de capitales han pasado de aproximadamente el 60% del PIB a más del 450% en los últimos veinte años. El problema reside en que, si bien los inconvenientes del movimiento rápido de capital especulativo son claros en momentos de crisis, nadie ha podido demostrar que ese libre flujo transfronterizo de billones y billones de dólares sea un beneficio indiscutible para el ciudadano de a pie. Asimismo, China, el país cuya economía ha crecido más rápida y sostenidamente y que ha transformado más vidas que en ninguna otra parte, no permite el libre movimiento de capitales por sus fronteras.

6. Comisión por intermediación

También llamada «de seguimiento» o «de amortización». Algo que vuelve locos a los inversores cuando se enteran de su existencia; pero como es una característica oculta de las transacciones financieras, no suelen enterarse nunca. La trail commission se paga a un asesor financiero por recomendar un producto, pero, a diferencia de la comisión habitual que se paga en el momento de la compra, la comisión por intermediación se sigue pagando y pagando... Así, ese individuo que nos recomendó invertir en tal o cual cosa sigue embolsándose por siempre jamás, pongamos, el 0,5 % de su valor. En el Reino Unido se ha prohibido el cobro de esta comisión para nuevos productos. No deja de ser interesante que en el Reino Unido se haya prohibido pagar comisiones por asesoramiento financiero, una medida que no ha tomado ningún otro país; ahora, si uno acude a pedir consejo a un asesor, paga el servicio y punto. El cambio es uno de los pocos legados positivos de los grandes escándalos financieros de los últimos cinco años, en particular los relativos a las hipotecas mixtas y los seguros de protección de pagos, que se produjeron, entre otras cosas, porque los asesores tenían motivos económicos para dar consejos equivocados.

7. Expansión cuantitativa (EC)

Técnica nada convencional que emplean los gobiernos y los bancos centrales cuan­do, a pesar de que las tasas de interés son demasiado ba­jas para seguir bajando, aún sigue siendo necesario estimular la economía. Expansión cuantitativa significa que un gobier­no recompra sus propios bonos con un dinero que en reali­dad no existe; en otras palabras, se parece a pedir prestado y devolver el préstamo entregando un trozo de papel en el que hemos escrito «dinero»... Por arte de magia, luego el papelito se convierte de verdad en dinero real. Otra manera de expli­car la EC: cuando consultamos el saldo en línea, tenemos la posibilidad adicional de aumentarlo simplemente tecleando algunas cifras. Los jugadores corrientes no pueden hacerlo, obvio, pero los gobiernos sí; así pues, emplean ese dinero mágico que acaban de crear para recomprar su propia deuda. Eso es expansión —o flexibilización— cuantitativa.

Puede que lo más sencillo, y también lo más útil, sea considerar la expansión cuantitativa como dinero mágico que fabrican unos duendes

La EC se basa en la idea de que, siendo las tasas de interés tan bajas, a nadie le interesa seguir sentado encima de ese di­nero que se acaba de crear. Si usted es uno de los titulares de bonos que ha vendido su deuda pública al gobierno, irá a gastar ese dinero que acaba de obtener en algo que le ofrezca una tasa de rendimiento mejor, y comprará acciones o lo invertirá en su empresa o en alguna otra cosa, da igual en qué. En el Reino Unido, el gobierno ya ha gastado el dinero mágico de la EC, unos 375.000 millones, es decir, una cantidad equivalente al 23,8 % del PIB del país (una cuarta parte de toda la actividad económica anual, para tratar de estimular la economía). Si el gobierno hubiese dado ese dinero directamente a la gente, tal vez en forma de vales con fecha de caducidad y válidos únicamente en el Reino Unido, el gasto habría equivalido a poco menos de 6.000 libras por cada hombre, mujer y niño del país. ¿Cómo dudar de que, en ese caso, el efecto de estímulo habría sido muy superior? En lo que respecta a la EC de los Estados Unidos, las cifras son aún más espectaculares: 2,3 billones de dólares «mágicos», aunque, dado que la economía de los Estados Unidos es tan enorme –16,6 billones de dólares–, en proporción la expansión cuantitativa es menor, equivalente a apenas el 13,9% del PIB.

Para ser francos, no sabemos si la EC ha funcionado; la opinión general de los economistas es que sí, pero nadie sabe en qué medida, y nadie sabe tampoco qué va a pasar cuando la técnica deje de aplicarse. De hecho, la «corrección» de la EC figura en las listas de muchas personas como posible desencadenante del siguiente descalabro mundial. ¿Revertirá el dinero de actividades más arriesgadas a las cuentas bancarias y los «colchoncitos» de la gente, con consecuencias catastróficas para todas las empresas y personas del mundo que necesitan un crédito? Esa es una de las preocupaciones que suscitan los efectos y consecuencias de la EC a medio plazo; si un medicamento nos pone muy enfermos cuando dejamos de tomarlo –y sabemos que un día tendremos que dejar de tomarlo–, entonces es posible que lo mejor fuese no empezar a tomarlo nunca. Más en general, la expansión cuantitativa se nutre de un miedo concreto, pues cuando los gobiernos imprimen dinero siempre se registran niveles peligrosos de inflación, y ya sabemos que la inflación, como el fuego de una turbera, es mucho más peligrosa cuando se cocina bajo tierra.

Puede que lo más sencillo, y también lo más útil, sea considerar la expansión cuantitativa como dinero mágico que fabrican unos duendes. Por la noche, esos duendes usan la varita mágica y entonan sus conjuros, y luego salen de la cueva del dinero mágico cargados de vasijas con monedas de oro recién acuñadas... Pero no olvidemos que, en casi todas las mitologías con duendes y hadas, los seres mágicos son moralmente ambivalentes; nos dan lo que queremos, pero siempre tenemos que pagar algo, y ese precio no es nunca el que esperamos. Son muchos los economistas que opinan que eso es exactamente lo que ocurre con la expansión cuantitativa.

El autor durante su última visita a nuestro país. (Efe)
El autor durante su última visita a nuestro país. (Efe)

8. Swap de incumplimiento crediticio (CDS)

Del inglés credit default swap, siendo swap «canje, permuta». Instrumento financiero que se deriva de un canje de tasas de interés. La manera más sencilla de entenderlo es considerarlo una forma de seguro. Si uno cobra intereses de alguien a quien le ha prestado dinero, puede empezar a preguntarse qué ocurriría en caso de que el prestatario tuviera problemas para pagar. Si nos preocupa esa posibilidad, tal vez nos interese asegurar el interés que cobramos; así, en el caso de impago, seguiremos cobrando. Eso es un CDS. Se le paga a alguien para que asuma el riesgo de un incumplimiento (default); a cambio, llegado el caso, esa persona nos pagará el dinero que se nos debe.

Puede parecer sencillo, pero el panorama lo complica el hecho de poder optar por un CDS para asegurar préstamos que en realidad no hemos concedido. Y así es; podemos asegurarnos contra el riesgo de un incumplimiento, pero no del préstamo que hemos concedido, sino del que ha concedido otra persona. Eso se parece menos a un seguro y más a una apuesta, pues en realidad estamos apostando a las deudas de otro. Esta clase de CDS desempeñó un papel importante en la contracción del crédito.

9. Teoría del más tonto

O «del tonto mayor». Esta idea, aunque tonta se la mire por donde se la mire, de vez en cuando permite que algunas personas ganen un dinero que antes costaba mucho más dinero a mucha más gente. La teoría del más tonto postula lo contrario de lo que afirman los partidarios de la inversión en los fundamentos. En esta teoría, un inversor compra algo –acciones, una casa– sabiendo que el precio es injustificadamente alto, pero no le importa porque está seguro de que ese precio va a subir. Y deja que suba un poco; luego vende lo que ha comprado al idiota siguiente, el tonto mayor. Es decir, que las realidades subyacentes no tienen importancia siempre y cuando en la cola haya otro más tonto. Estrategia temeraria donde las haya, pues es obvio que en algún momento el precio en cuestión dejará de subir; con todo, es muy difícil resistir el impulso de un mercado en alza, sobre todo cuando todos los que nos rodean se están forrando. Isaac Newton, que, según se dice, fue la persona más inteligente que ha vivido jamás en este planeta, y que sabía mucho de dinero gracias a que de día trabajaba en la Real Casa de la Moneda, fue víctima de la teoría del más tonto. Cuando se produjo la burbuja del Mar del Sur, Newton vio que no se basaba en nada y que con toda seguridad explotaría, y que con toda seguridad... ¡Oh, al diablo!, supongo que se dijo, y como todos los demás estaban llenándose los bolsillos, él también picó. Después, efectivamente, la burbuja estalló y Newton lo perdió todo. Moraleja: a) es difícil, incluso para gente tan brillante como Sir Isaac, no perder la calma durante una burbuja; b) las tentaciones de la teoría del más tonto son difíciles de resistir, aunque deberíamos hacerlo.

10. Valor para los accionistas

Para uno de los hombres al que hasta hace poco se consideraba su partidario más vehemente, se trata de «la idea más tonta» posible; ese hombre se llama Jack Welch, hoy exdirector general de GE (antes General Electric, hasta que la ley del valor para los accionistas la obligó a probar suerte en otros ramos). Citando un influyente artículo de 1970, en el que Milton Friedman explicó el concepto, significa creer que: «En un sistema de empresas libres y propiedad privada, un ejecutivo es un empleado de los dueños de la empresa»; en otras palabras, de los accionistas. La única tarea de los empleados consiste en ganar para sus empleadores –los accionistas– la mayor cantidad de dinero posible. Por tanto, la finalidad es que la empresa gane todo el dinero posible, sin tener en cuenta las consideraciones de responsabilidad social y de inserción en un contexto más amplio. En la teoría de la creación de valor para los accionistas, la empresa es una ficción jurídica, que se interpone en el camino de los encargados de ganar dinero para los propietarios. Cabe señalar que esta teoría ha fracasado en su propio campo, porque, desde que se popularizó a finales de 1960, la tasa de rentabilidad de los activos y del capital invertido ha caído un 75 %. La concepción que compensa esta teoría dice que las empresas tienen una vida y un carácter propios, y que las mejores ganan dinero poniéndose al servicio de los clientes; son los clientes los que están en primer lugar, no los accionistas, y esta idea ha cobrado fuerza al verse que las empresas que la adoptaban a manera de lema –como Apple y Amazon– han obtenido muy buenos resultados.

Alma, Corazón, Vida

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