TÉRMINOS DÉBILES QUE NOS DELATAN

Las frases que hacen pensar a los demás que no tienes ni idea de lo que estás hablando

Cada vez son más frecuentes expresiones atenuadoras del discurso que, en lugar de añadir credibilidad a lo que decimos, dejan entrever que no estamos muy seguro de lo que contamos. ¿Cuáles son?

Foto: 'No tengo ni idea de lo que digo, pero espero que nunca te des cuenta'. (H. Armstrong Roberts/Corbis)
'No tengo ni idea de lo que digo, pero espero que nunca te des cuenta'. (H. Armstrong Roberts/Corbis)

Los atenuadores son aquellas palabras que utilizamos para mitigar nuestro desacuerdo si no queremos ofender a la persona con la que hablamos. Es decir, si no queremos el plato de comida que nos ofrecen no diremos un tajante “no”, sino más bien, “ahora mismo no me apetece”. Si nuestro jefe nos pregunta si estaríamos dispuestos a echar unas cuantas horas extra, mejor responder “lo siento, estoy muy ocupado” que “no”. Si tenemos que dar una mala noticia a nuestra pareja, es preferible llevarse las manos a la cabeza y decir “creo que se me olvidó el cumpleaños de tu madre y me he comprometido a quedar con mis amigos” que “paso de ti y de tu familia, me largo con los colegas”.

No siempre debemos recurrir a estas palabras, sobre todo si nos encontramos en un entorno profesional y especialmente si debemos mostrar nuestro liderazgo o somos comerciales que se dirigen a un potencial cliente. En dichas ocasiones, los atenuadores no desvelarán nuestra educación, sino más bien que no estamos seguros ni de nosotros mismos ni de lo que vendemos. Es algo que ha explicado en repetidas ocasiones el fundador de Power Presentations y autor de Presentations in Action (FT Press) Jerry Weissman en artículos como los publicados en Harvard Business Review. Son esas muletillas o palabras vacías de significado que desvelan nuestra incertidumbre, y que listamos a continuación.

El creique y el penseque son amigos del tonteque

“Creo que…”, “pienso que…”, “me parece que…”

Hay un peculiar aforismo español que señala que “el creique y el penseque son amigos del tonteque”. Es muy frecuente que en nuestro trabajo tengamos que hablar sobre el futuro: pero si nos pagan, es para obtener certezas (o, al menos, algo que se parezca a una), no elucubraciones de barra de bar. Como no queremos pasarnos de listos ni prometer cosas que no podemos cumplir, utilizamos dichas expresiones que, por lo general, son redundantes. Si dices algo, se da por supuesto que es tu pensamiento, tu creencia o tu parecer; preocuparse por recalcarlo sólo consigue que el oyente sienta nuestra duda. Haz la prueba y elimina todas estas expresiones de tus presentaciones o textos: muy probablemente te darás cuenta de que no se ha producido ningún cambio sustancial. ¿Una alternativa? Utilizar lo que Weissman denomina “condicionales de poder” (toma ya), es decir, expresiones como “estoy convencido de que…” y que replantean la incertidumbre de forma positiva.

“Aproximadamente”, “algo así como…”, “una especie de…”, “en realidad”, “de hecho”…

Todas estas expresiones condimentan nuestro discurso de forma innecesaria, con el objetivo de matizar aquello que no necesita ser matizado. En ocasiones, entre ellas se nos cuelan interpretaciones que no nos favorecen –si “en realidad” es así, ¿quieres decir que antes no decías la verdad?– o que impiden que se cumpla la máxima de E.B. White y William Strunk Jr. citada por Weissman, y que aconseja “utilizar lenguaje definido, específico y concreto”. Las generalidades, por mucho que las adornemos con toda clase de adjetivos y adverbios, generalidades se quedan. Ser específicos refuerza nuestra credibilidad. Además, como recuerda con guasa el experto en discursos, nadie diría de su hijo que es “más o menos guapo”, ¿por qué deberíamos hacerlo con el producto que pretendemos vender?

“No soy un experto, pero…”

Algo falla esta frase. O bien estamos lo suficientemente seguros de lo que vamos a decir y no necesitamos presentar disculpas por anticipado, o bien efectivamente no somos expertos y debemos callarnos. ¿Un sinónimo perverso de esta frase? “Es muy probable que esto que voy a decir no tenga ninguna base y que cualquiera que sepa sobre el tema un poco más que yo pueda tirarlo por tierra, pero…”

“Me gustaría…”

Una fórmula de cortesía cada vez más habitual que da un pequeño rodeo para decir lo mismo: “me gustaría invitarle a conocer nuestra empresa”, cuando uno podría decir perfectamente “le invito a conocer nuestra empresa”. Hay que eliminar lo superfluo y evitar la redundancia del lenguaje corporativo.

Preguntar si se nos entiende delata nuestra inseguridad o la poca confianza que tenemos en los que nos rodean

Lo que no somos

Un caso bastante particular y que, aunque suele utilizar en inglés, cada vez aparece más en las conversaciones de empresa en castellano. Consiste, básicamente, en definirnos a partir de aquello que no somos, quizá porque no sabemos muy bien aquello que sí somos. Algo así como “puedo ser un estúpido, una mala persona, un déspota y un corrupto, pero lo que no soy es un acosador”. ¿El problema de utilizar dicha fórmula? Que no estamos poniendo a la defensiva sin que nadie nos lo haya pedido. Excusatio non petita…

¿Me entiendes?

No, nos referimos a la pregunta-con-tonito que solemos oír en boca de Belén Esteban, sino a la habitual fórmula a la que recurrimos tras realizar una explicación y con la que buscamos retroalimentación por parte de los que nos rodean. Algo que es útil, siempre y cuando no fuese porque en la mayor parte de casos no se trata más que otra forma de decir “creo que me explico fatal, por favor, dime si has entendido algo”. O, peor aún, sugiere que infravaloramos a nuestro auditorio: “Me encanta oírme a mí mismo, qué pena que vosotros no estéis a la altura y no entendáis nada”. 

Alma, Corazón, Vida

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