¿Y si te invitasen a una?

Dentro de un exclusivo club sexual: así son las fiestas más elitistas

Uno de los eventos sexuales más conocidos de Londres ha celebrado su aniversario organizando dos encuentros en Nueva York. Así se vive una de sus orgías, según una participante

Foto: En estas fiestas no falta champán, puros, ostras y, por supuesto, mucho sexo. (Corbis)
En estas fiestas no falta champán, puros, ostras y, por supuesto, mucho sexo. (Corbis)

“Subimos cuatro personas hacinadas en un ascensor diminuto. Un hombre alto, guapo, con el pelo oscuro y ondulado y una chica asiática de unos veinti pocos años que supuse que era su novia, no dejaron de sonreírnos a mi amigo y a mí. Cuando comenté que ‘el ascensor era muy pequeño’ los ojos de él me enfocaron desde su antifaz negro y con una enorme sonrisa respondió: ‘¿Y eso no es agradable?’”.  

Así comienza Dana Schuster en The New York Post su relato sobre cómo fue su primera experiencia en una fiesta sexual, nada más y nada menos que la más ostentosa organizada en la ciudad de Nueva York hasta el momento.

Todos debían llevar el rostro cubierto y se prohibía a los hombres acercarse o hablar con las mujeres

Se trata de Killing Kittens, el club londinense famoso por organizar algunas de las fiestas sexuales más elitistas del mundo, que ha celebrado su décimo aniversario estrenándose en la gran manzana y, para la ocasión, la responsable de este clasista evento ha sido Emma Sayle, íntima amiga de la futura reina de Inglaterra Kate Middleton.

La demanda fue tan abrumadora que tuvieron que organizar un segundo encuentro para dar cabida a otras muchas personas ansiosas de conocer de cerca cómo es una fiesta sexual de unos de los clubs más exclusivos del mundo.  

Por 95 dólares de entrada individual (algo más de 89 euros) o 295 por asistir en pareja (alrededor de 277 euros) se ofrecía a los neoyorkinos asistir a una gran orgía en la que practicar sexo con extraños o con sus respectivas parejas mientras observaban cómo lo hacían otros. El club de sexo ofrece un amplio abanico de posibilidades a lo largo de una noche, para muchos de los asistentes, única en sus vidas.   

Una dominatrix daba la bienvenida a los invitados. (Corbis)
Una dominatrix daba la bienvenida a los invitados. (Corbis)

Las reglas del juego

Antes de asistir, los participantes recibieron por correo electrónico las normas de la fiesta. Sencillas de seguir –sólo los organizadores pueden saltárselas–, todos debían llevar el rostro cubierto y se prohibía a los hombres acercarse o hablar con las mujeres a no ser que alguna le invitase a hacerlo.   

“Si no fuera por las máscaras obligatorias, uno podría confundir la reunión con cualquier fiesta típica de Manhattan”, comenta Schuster: “La multitud era sorprendentemente normal aunque bien parecida. Había hombres apuestos, con aspecto de deportistas, bien trajeados y con pañuelos de bolsillo. Una chica joven lucía una camisa de seda blanca y una falda de cuero y otra llevaba un vestido de verano floral con un bolso de Chanel”.

La puesta en escena de una fiesta sexual de élite

Una mujer con botas de cuero hasta los muslos y una minifalda negra daba la bienvenida a los clientes. En la entrada, los aproximadamente 120 invitados eran recibidos con una copa (“después de la recepción con champán los clientes podían comprar bebidas en un bar en efectivo” explica Schuster). En la estancia no faltaban cajas de puros, condones y algunos afrodisíacos como ostras para ponerles en situación.

Una habitación estaba equipada con dos camas rodeadas de sofás y sillas para los espectadores

Como Sayle defiende la idea de que “a las mujeres no les gusta el porno”, en los tres grandes televisores de plasma ubicados en el piso sólo se retransmitían películas como Desayuno con Diamantes o algunas de la saga de James Bond.

El loft donde se celebró la elitista fiesta se dividió en dos habitaciones: una para conocerse y tomar algo y “otra equipada con dos camas cubiertas con sabanas negras rodeadas por sofás y sillas para los espectadores” describe la autora.   

Pero las cosas empezaron a ponerse raras...

La fiesta avanzaba y fue entonces cuando un hombre de unos 30 años se acercó a Schuster y a su acompañante para ofrecerse voluntariamente a practicar sexo: “Soy director de un importante fondo de pensiones y mi esposa es una magnate de los medios de comunicación. Ella es cien veces más exitosa que yo” les dijo a modo de presentación.

“Le pregunté y me contó que él su esposa llevaban 10 años asistiendo a este tipo de fiestas: ‘Estamos en forma, tenemos buenos cuerpos y nos gusta el sexo. Queremos compartirlo con otros’”, contó el hombre quien, al observar cómo Schuster tenía los brazos cruzados,  añadió, “pero si no sientes que haya química, no tienes que hacer nada que no quieras hacer”.

Cubrir sus rostros es una de las normas de la casa. (Corbis)
Cubrir sus rostros es una de las normas de la casa. (Corbis)

Y empezó la acción

Alrededor de las 22.30 todavía no se veía a personas practicando sexo, así que Schuster decidió preguntar a la organizadora: “Si no se inicia de forma natural, sobre las once tendré que pedir a Gweneth Romein –autoproclamada como la Killing Kittens VIP y especialista en provocar encuentros y situaciones sexuales– que lo ponga en marcha” le contestó Sayle.

“Puntual como un reloj, a las 23.00 Romein agarró a a un tipo con pinta de financiero por su corbata a rayas, lo tiró a una cama junto al bar y le empujó la cabeza abajo, hacia su entrepierna, mientras ella charlaba con la mujer que estaba sentada a su lado”. La orgía estaba en marcha.

Todo fue más rápido que en las de Londres y se cubrieron todas las superficies del loft

“A mi lado, la chica asiática del ascensor se había quitado la lencería negra ceñida que llevaba que básicamente eran tres tiras de tela. Entonces dos parejas se pusieron a practicar sexo en medio de la sala y el resto las observaban como si fuese una pizza en el comedor de la oficina. Entonces vi a Sayle sentada en un sofá, sonriendo y con una copa de champán en la mano”, relata Schuster.  

Horas después de marcharse, Schuster recibió un mensaje de su acompañante que decía “Wow. ¡Cuánto sexo!”. Y poco después supo que él ya había comprado la entrada para el evento de la semana siguiente.

Mejor que las fiestas londinenses

“A pesar de que la mayoría de la gente nunca había estado en una Killing Kittens antes, fue un público muy confiado”, explicaba la organizadora del evento en The New York Post, donde declaró que el 80% de los asistentes a la fiesta estaban participando en la orgía cuando ella se retiró sobre la una y media de la madrugada (y duró hasta 4).

“Mis chicas salieron y consiguieron involucrar a la gente con bastante rapidez”, explicaba Sayle: “Todo fue más rápido que en las de Londres y se cubrieron todas las superficies del loft”, se enorgullecía la anfitriona.

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