entrevista con F. vallespín y J. subirats

Las claves del triunfo de la nueva política

En este tiempo en que lo nuevo no ha terminado de llegar y lo viejo no se ha ido aún, surgen actores electorales que amenazan con llevarse por delante a formaciones antiguas. Estos son los motivos

Foto: Albert Rivera y Juan Marín, en el acto de cierre de campaña de Ciudadanos. (Efe/ Raúl Caro)
Albert Rivera y Juan Marín, en el acto de cierre de campaña de Ciudadanos. (Efe/ Raúl Caro)

Es preciso un nuevo comienzo, aseguran los catedráticos de Ciencia Política Fernando Vallespín y Joan Subirats, porque estamos ante tiempos políticos nuevos. En España/ Reset (Ed. Ariel) ambos realizan un análisis preciso de una situación ambigua y describen los instrumentos necesarios para regenerar nuestro país. Pero más que insistir en los posibles cambios, El Confidencial ha conversado con ellos para entender cuáles son las claves de esta política nueva en la que estamos inmersos, de dónde viene y por qué está funcionando.

PREGUNTA. Mucha gente ha percibido la vieja política como un espacio burocrático en el que se ventilaban intereses privados. Los partidos eran un cúmulo de facciones que se peleaban entre sí buscando sacar provecho en forma de cargo o enchufe. ¿Esto es real?

FERNANDO VALLESPÍN. El problema de los partidos es que son instituciones privadas pero a la vez representan un interés público, algo que no han sabido diferenciar. Los ciudadanos les ven como entidades muy pegadas al Estado y muy pendientes de sus propios intereses. Como se han limado las diferencias ideológicas, se han vuelto muy tecnocráticos y cuando llegan al poder toman decisiones similares, en gran medida por imperativo de la UE, los ciudadanos les perciben como una casta profesional más que como nuestros representantes en sentido estricto. Esa tecnocratización de la política, asociada con la profesionalización de los partidos, hace que se les considere como una gran coalición de facto muy alejada de nuestras auténticas necesidades, lo que produce desafección.

Las promesas de la democracia generan frustración, ya que no son realizables, y de ahí que cada vez dure menos la confianza otorgada a los políticos electos

P. Habláis en el libro acerca del empoderamiento ciudadano, y de la necesidad de que sea la gente común la verdadera protagonista de la política. Pero, ¿cómo se compagina con este gobierno tecnocrático que señaláis?

JOAN SUBIRATS. Los problemas a los que se enfrentan los gobiernos y las administraciones son complejos, y su solución precisa requerimientos técnicos imprescindibles. Esto no es algo que facilite la participación directa de la gente. Pero la política y la técnica no van siempre unidas. Si hay un consenso social alto y un consenso técnico alto, la política es innecesaria; pero cuando falta el consenso técnico y/o falta consenso social, y dado que cada día más hay más decisiones sobre temas complejos en los que no hay acuerdo de carácter técnico porque los científicos tienen posiciones encontradas, y que también aumenta la falta de consenso social, la política se convierte en importante, porque es la que construye mayorías. En esa tesitura, pensar que cuanta más participación menos eficaz se será,  es un error, porque la mayor participación facilita la implementación de las decisiones que se tomen.

LLa democracia reciente se basaba en que uno podía ser pobre y llegar a rico, pero ahora, por mucho que curremos, las distancias aumentanF.V. El problema fundamental es que la democracia tiene un relato muy poderoso que pone el acento sobre el elemento prometeico, afirmando que a través de la política se puede actuar y transformar la sociedad. Prima la dimensión de la acción y los políticos se presentan como quienes van a hacer cosas, pero es un mundo complejo, muy autoorganizado, en el que no tienen tanta capacidad de acción. Por ejemplo, el sistema económico suele eludir los controles políticos. De modo que se combinan una administración omnipresente, compleja y distante,con  unos partidos que se perciben como lejanos y que al final están sujetos a las grandes decisiones tecnocráticas por antonomasia, que emanan del BCE o la UE. Esa promesa de la democracia acaba generando frustración, ya que sus propuestas no son realizables, y de ahí que cada vez dure menos la confianza otorgada a los políticos que salen elegidos; antes aguantaban bien los cien primeros días, ahora no llegan ni a 20. Las elecciones contribuyen a relegitimar todo, pero una vez que se llega al poder, se pierde sex appeal. Esto tiene mucho que ver con cómo se inflan las expectativas en los periodos electorales, porque es parte del juego, pero cuando llega la política normal se desvanece ese efecto de seducción. Los partidos lo saben, y el problema es caer en la demagogia, introducir una dimensión posibilista utópica y perder de vista el pragmatismo. Para mí, la clave está en eso que decía Obama, el punto medio entre pragmatismo y utopía. Tienes que tener los pies en la tierra y es poco honesto no transmitirlo así a los ciudadanos.

P. La llegada de nuevos frames, como el social y del cambio de época, señalan muy bien que algo ha cambiado.

J. S. Teníamos frames muy vinculados al fordismo, muy basados en ideologías propias del siglo XIX y XX, y nos marcaban mucho la lógica conservador / progresista. Ahora detectamos una creciente capacidad de los poderes financieros para capturar las instituciones públicas, y tenemos la sensación de que nuestro ámbito de decisión se ha hecho más pequeño. Tenemos más demos y menos cratos, vota más gente y decidimos sobre menos temas, lo que provoca que se esté utilizando un nuevo frame, el de élite vs pueblo. El otro efecto de esto es una creciente desigualdad. La historia de la democracia reciente se basaba en el ascenso social, en que uno podía ser pobre y llegar a ser rico, y ahora, con los datos en la mano, tal y como nos los ha puesto Piketty, vemos que por mucho que curremos las distancias aumentan. El frame de la desigualdad es ahora muy potente y ha venido para quedarse. De modo que entramos en el trilema que expuso el economista americano Dani Rodrik: hay tres elementos, globalización, democracia y soberanía nacional, y tienes que escoger dos, porque tener los tres a la vez no es posible. Le Pen y Syriza han elegido democracia y soberanía nacional.

Hay una apuesta por salir de los mismos rostros y de las mismas ideas, lo que lleva a que en Europa surjan partidos nuevos que reflejan este cansancioP. ¿Los electores actuales son más infieles a siglas e ideologías y acaban por elegir lo que les conviene en cada momento, con independencia del partido que lo ofrezca?

J. S. Max Weber decía que votamos o porque percibimos a los políticos como “de los nuestros”, o porque a pesar de que no tienen nada que ver con nosotros creemos que nos van a resolver problemas. Pero últimamente los niveles de legitimidad ideológica y funcional están en crisis, puesto que ya no sabemos bien quiénes son los nuestros, y porque además no nos resuelven los problemas: dicen que van a arreglar las cosas y no lo hacen. Por eso hay una apuesta por salir de la misma cantinela, de los mismos rostros y de las mismas ideas, lo que ha llevado a que en toda Europa surjan partidos nuevos que reflejan este cansancio. Son opciones menos cargadas ideológicamente y que promueven mayor movilización y mayor empoderamiento de la gente.

P. Es tiempo también de otros liderazgos. Mientras al frente de los viejos partidos están personas ligadas al aparato, en los nuevos, los líderes son figuras que están incluso por encima del partido. Podemos no se puede entender sin Pablo Iglesias ni Ciudadanos sin Albert Rivera.

F.V. El cambio en los liderazgos se ha debido fundamentalmente a que no aparecen ocultos detrás de las burocracias de los partidos, porque todavía no existen, y allí el líder brilla más porque representa al todo. Son formaciones que tienen más aureola de movimientos de que de partidos. Esta dimensión burocrático oligárquica desaparece, surgen más de abajo arriba, son más abiertos, e incorporan gente nueva y nuevas ideas, lo que ofrece la sensación de no ser tan rígidos o tan cristalizados como los viejos partidos.  Pero como no tienen un perfil claro, el líder es mucho más visible, y representa al partido como un todo. Son partidos que no tienen fronteras y que no tienen pasado, mientras que los otros son viejos y sabemos lo que han hecho. Los nuevos partidos son promesa pura, y eso les beneficia.

Todo el mundo ve en Iglesias algo que le interesa, es joven, es radical, habla de otra manera; a Rivera le ocurre igual, está preparado y limpio de escándalosEl problema de Podemos y el de los populistas es que aspiran a algo así como a reflejar la voluntad general de la gente, señalando que lo que tienen en común es que son gente frente a otros que son casta. Por eso no pueden entrar a especificar en exceso. Si hablan de las mujeres o de los catalanes, fracturan el sujeto al que se dirigen, que es la gente genéricamente considerada, y eso les pone en dificultades, porque no podrían aparecer como los representantes de todos, sino sólo de una parte. Si dices que vas a hacer política de izquierdas, ya no es la de todo el mundo, y como tu línea divisoria es la gente frente a la casta, no puedes quebrar eso con el eje izquierda derecha.

J.S. Hay una combinación extraña. Venimos de la época del 15 M, con todos esos procesos de grandes acontecimientos populares, en los que había un gran rechazo a los liderazgos, no había portavoces, que se sometían a turnos, y ahora tenemos el hiperliderazgo, que reduce la complejidad del discurso y lo sitúa en una persona que encarna muchas cosas simultáneamente. Todo el mundo ve en Pablo Iglesias algo que le puede llamar, es joven, es nuevo, es radical, habla de otra manera; a Rivera le ocurre lo mismo, habla bien, es nuevo, parece que está bien preparado y está limpio de escándalos. Son personas que pueden aglutinar la complejidad. Pero, sin embargo, por grande que sea su liderazgo, reciben muchos palos desde dentro, desde estructuras que no controlan tanto. Rosa Díez, que es más de viejo liderazgo, no puede controlar el aparato de su partido, y la gente critica y escribe tuits. De Pablo Iglesias se puede decir que es un hiperlíder, pero en Ágora Podemos le pegan unos palos enormes. De modo que tenemos una situación peculiar, con liderazgos mucho más visibles que en los partidos clásicos y al mismo tiempo mucha más crítica interna.

 

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