El Independentismo Emocionalmente Inteligente
  1. Alma, Corazón, Vida
entrevista con eudald espluga

El Independentismo Emocionalmente Inteligente

¿Nos hemos olvidado de ser nacionalistas, en el sentido de entenderlo como un núcleo de virtudes cívicas y lo hemos disfrazado de fiesta y de autorrealización personal?

Foto: El independentismo tiene cada vez más carácter festivo. Alberto Estévez (Efe)
El independentismo tiene cada vez más carácter festivo. Alberto Estévez (Efe)

Las pasiones ponderadas es un más que recomendable libro, que ha editado Capitán Swing en ebook en su colección Muckracker, y que retrata con humor y precisión las mutaciones contemporáneas del apego a la patria. Eudald Espluga, filósofo de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautor de Mediterròniament. La catalanitat emocional, señala cómo el nacionalismo, cuya presencia social contemporánea va en aumento, ha sufrido peculiares transformaciones en su contenido. El fructífero recorrido de Espluga por las distintas expresiones del catalanismo subraya varios interrogantes sobre qué entendemos por ser nacionalistas hoy y señala cómo aquello que era propio del concepto nacionalismo, la profundización en los vínculos cívicos, queda sorprendentemente fuera del debate. El Confidencial ha conversado con Espluga para saber algo más sobre el IEI (Independentismo Emocionalmente Inteligente):

PREGUNTA. Aseguras en el libro que “si el nuevo independentismo se ha vuelto hegemónico es porque ha sido capaz de acoger bajo su techo al viejo independentismo y a los catalanistas cabreados, ampliándose además a toda una serie de ciudadanos que se han visto representados por unos nuevos principios más flexibles y un storytelling más cautivador" ¿Algo más que añadir a esa definición del IEI?

RESPUESTA. Llamo independentismo emocionalmente inteligente al espíritu de una serie de discursos públicos que legitiman la identidad nacional catalana de forma cualitativamente nueva. Para comprenderlo mejor debemos tener presente que el libro se mueve entre dos niveles distintos. Por un lado, parto de la pregunta sobre si, en el contexto de una globalización total o parcial, es política y moralmente legítimo defender las identidades nacionales (entendidas poco caritativamente como socialmente excluyentes, culturalmente arbitrarias y espistemológicamente problemáticas). La respuesta, matizada, y siguiendo la tradición del nacionalismo liberal, es que sí, que puede ser legítimo. De modo que, por el otro lado, me dedico a contrastar si las razones que aportan los discursos del IEI son las correctas para tal tipo de legitimación. La conclusión es que solo lo son parcialmente. Y como me sirvo de la dialéctica entre razón y pasión como analogía vertebradora de la exposición, el concepto de «inteligencia emocional», que en sí mismo es un concepto política y moralmente dudoso, me permite expresar esa ambigüedad.

P. Hasta ahora, el discurso tenía mucho que ver con la oposición entre un centro político moderado, racional e igualitario que tenía que lidiar con nacionalismos tradicionalistas e irracionales, fruto de pasiones exacerbadas. ¿Pero no te parece que ese discurso es simétrico? Una parte decía que los españoles éramos irracionales, egoístas, incapaces de escuchar, mientras que los catalanes eráis acusados de irracionales, de querer vivir en el pasado y de no estar buscando en el fondo, más que privilegios.

R. Creo que se trata de dos acusaciones distintas. Pensar en los españoles como irracionales, arcaicos y obtusos responde más bien a un estereotipo étnico y clasista siempre renovado, que puede observarse en programas de Tv3 como el APM?, un espacio de zapping donde se repiten en bucle las salidas de tono fascistoides de Intereconomía junto a canis haciendo el ridículo (y no debemos olvidar que la figura del cani, en Catalunya, tiene un sesgo nacional), de tal modo que indirectamente, por mero efecto de exposición, acaban perfilando tales imágenes como la del español promedio. Quien mejor captó esa dinámica fue Juan Soto Ivars en el artículo para El Confidencial titulado Putos catalanes.Sin embargo, en el libro recojo otra clase de estereotipo, asociado estrictamente al nacionalismo, ya que este, desde la seguridad de un estado consolidado, siempre puede despreciarse como una expresión de inmadurez moral. Pero esta acusación no es recíproca, o lo es de forma distinta: como mucho se convierte en «y tú también» o en un «y tú más».

El patriotismo constitucional, en el mejor de los casos, es un nacionalismo pasivo o banal, y, en el peor, deviene una estrategia cínica e hipócrita

P. ¿El nacionalista español dice ¡Viva la Constitución! cuando en realidad quiere decir ¡Viva España!?

R. Por supuesto. Apreciar la Constitución no tiene necesariamente que ver con el nacionalismo, pero el patriotismo constitucional, en el mejor de los casos, es un nacionalismo pasivo o banal, y, en el peor, deviene una estrategia cínica e hipócrita. Pero lo que persigo al señalar esta duplicidad no es demonizar a los patriotas. Bien al contrario: si valoramos correctamente el nacionalismo lo que se torna ridículo es el complejo españolista que abjura de tal sentimiento. Quienes mejor ha tratado este complejo patrio son Helena Béjar en La dejación de España y Luisa Elena Delgado en La nación singular.

P. Una de las acusaciones más comunes es que el nacionalismo es poco pragmático, y sacrifica las posibilidades económicas, y con ellas el futuro, por el apego al terruño. Las fronteras en el mundo global, no están bien vistas. Sin embargo, ahora el nacionalismo, suele señalar lo contrario, que es desde la independencia como se puede alcanzar mayor prosperidad económica. ¿Cómo ha sido ese cambio?

R. En el caso del independentismo catalán, tal proceso ha consistido en despojar el movimiento de liberación nacional del lastre que suponía, precisamente, el imaginario nacionalista. Si antes he aludido al complejo españolista con el patriotismo, cabe señalar que los catalanes, pese a todo, también lo padecen. Han asumido la caracterización crítica del nacionalismo como una doctrina irracionalista, antidemocrática y etnicista. Por ello, tras lanzar unos cuantos vítores a la patria, todos se afanan en declararse no nacionalistas o nacionalistas temporales, pues afirman que en una Catalunya independiente ellos no serían nacionalistas. Así, la Catalunya independiente para algunos es como una gran start-up y para otros como el mecanismo político ideal para repensar la democracia e instaurar un régimen mucho más justo. Es una invitación al do it yourself, con una única condición: deja tu vetusto nacionalismo en casa.

P. ¿Por qué son compatibles las visiones independentistas de Antonio Baños («Soy de los que es indepe para construir una República catalana, donde catalana sea y lo substantivo sea la construcción republicana de una sociedad activa, igualitaria y comprometida contra las injusticias del mundo. La rebelión catalana ha de ser completa y ha de llevarnos a reconstruir todos los discursos y todas las realidades, incluido el sistema productivo”), la de Albert Castellón, que publicó Catalonia, next brand in Europe, o la de Cristina Fallarás, que dice ser independentista pero no nacionalista?

R. Precisamente porque la renuncia a los principios que clásicamente habían sustentado el nacionalismo no es solo nominal. El regionalismo pujolista que veía en la normalización cultural el paso previo para la plenitud nacional ha dejado paso a una legitimación absolutamente democratizada de la identidad nacional: la lengua o la pertenencia étnica no son condiciones necesarias para la pertenencia. Por esto resulta irrisorio que los críticos pretendan deconstruir el movimiento independentista señalando el predomino de los Fernández y los Pérez. Sin embargo, el peligro es tirar el niño con el agua sucia de la bañera: la democratización de la identidad nacional no puede suponer una negación de facto a la nacionalidad como valor. Precisamente, si asumimos que la nación no es sino una comunidad imaginada, podemos construirla sin otorgar un valor predominante a elementos moralmente arbitrarios como el lugar de nacimiento o la lengua. La nacionalidad solo puede ser valiosa en la medida que sea valiosa para los individuos. Pero debemos encontrar igualmente formas de delimitar la comunidad y elaborar narrativas colectivas que cohesionen la sociedad y motiven suficientemente a los ciudadanos como para asegurar la estabilidad de las instituciones.

Si valoramos correctamente el nacionalismo lo que se torna ridículo es el complejo españolista que abjura de tal sentimiento

P. ¿Por qué el caso de Ciudadanos es tan peculiar?¿Y por qué ha generado tanto voto en Cataluña y tanta expectativa en España?

R. Me gusta pensar en Ciudadanos como la mejor expresión ideológica del liberalismo político a lo John Rawls: entienden la sociedad como una relación de cooperación en aras del beneficio mutuo, que asegure las libertades básicas y ofrezca oportunidades equitativas a la vez que postula un sistema de retribución en favor de los más desfavorecidos que no sea óbice para la eficiencia general. Pluralismo cultural, neutralidad de la estructura básica, etc. Recoge muchas de las virtudes de la propuesta rawlsiana, pero también todas sus deficiencias: la ceguera moral del velo de ignorancia, la infertilidad de la concepción política de la persona, la ilusión de un consenso superpuesto satisfactorio por medio del procedimentalismo puro, etc. Y esto mismo explica la disparidad de su recepción: su neutralismo imparcial puede ajustarse perfectamente en el marco mental de una nación respaldada por el Estado, pero difícilmente convencerá a aquellos que tienen una íntima preocupación por la dimensión narrativa de su identidad.

P. Afirmas en el libro que “el nuevo independentismo entronca con lo que ha dado en llamarse «revolución divertida», un tipo de rebelión que, por mucho que incluye el alzamiento contra las circunstancias injustas, acaba imponiéndose gracias a su propuesta de una forma de vida atractiva”. Esto, que señalas esencial en el nuevo independentismo, es típico de los movimientos sociales en los últimos años, ¿no?

R. Por supuesto. Pero es doblemente relevante analizarlo en relación al IEI. Una perspectiva es la del independentismo, que ha descubierto la revolución divertida, abriéndose así un mar de posibilidades expresivas. Pero la revolución divertida, en Catalunya, también ha descubierto el independentismo como lubricante: tanto es así que Isaac Rosa anhela una «rebelión española» del calibre de la catalana. Sin embargo, debemos marcar una escisión, en la línea señalada por Naomi Klein, ya que demasiado a menudo la revolución divertida deriva en McProtesta. Y esta deriva me parece especialmente sangrante en el caso catalán. Por eso el libro de Baños me parece excepcional como declaración de principios, pero no creo que entienda bien la naturaleza del tipo de revolución divertida que es el independentismo: entre el 15M y la Vía Catalana media un abismo.

P. Afirmas que “la tendencia a convertir la protesta en un espacio recreativo es tan grande que hasta el alcalde de Girona, en una entrevista, fantaseó con la idea de convertir la ciudad en un parque temático del soberanismo”. ¿Por qué han hecho merchandising independentista con tantos productos? ¿Qué se gana con eso?

R- La gracia es que nadie gana nada, en el sentido que no existe plan premeditado y subvencionado o política cultural alguna que en determinado momento decidiera explotar el sentimiento catalán vía merchandising. La aparición de todos estos nuevos discursos de legitimación han convertido la identidad catalana casi en una «subjetividad de lujo», un producto al cual aspirar y mediante el cual buscar la autorrealización. La mercantilización es el subproducto de esta transformación.

P. Esto me parece central a la hora de retratar el nuevo independentismo: "Elegimos reflexivamente la marca Catalunya® porque es el producto —el proyecto— que mejor nos permite perseguir nuestros intereses, ya sean estos la autorrealización personal o porque nos abre nuevas posibilidades sociopolíticas”.¿Funciona como un significante al que cada uno le pone su significado particular? Una vez más, ¿no ocurre así con los nuevos movimientos sociales?

R. Los paralelismos son excepcionales, y es verosímil pensar que el procés anticipó estrategias comunicativas que formaciones como Podemos repitieron y perfeccionaron. Sin embargo, creo que difieren en un punto crucial: la lógica mercantilista es mucho más acentuada en el caso catalán. Para analizarlo, retomo la noción de «nacionalismo de consumo» que los antropólogos John y Jean Comaroff ya aplicaron a la construcción de Catalunya como marca.

El vaciamiento del imaginario nacionalista que legitimaba la identidad catalana ha dejado un marco altamente manejable, que todo el mundo parece poder adaptar a sus necesidades

P. Cuando un nuevo independentista sale a calle, ¿está cultivando su singularidad en lugar de realizar un acto estrictamente político?

R. Tal afirmación tenía un punto de provocación, dado que en la mayoría de casos no es así: el independentista emocionalmente inteligente no existe como tal. De lo que se trata es de dibujar un prototipo ideal que permita iluminar ciertos comportamientos y discursos que de otro modo resultarían oscuros para el observador. Además, aquí se repetiría una paradoja propia de la acción social, que autores como Jon Elster han señalado respecto a otro tipo de conductas, como por ejemplo la acción desinteresada, y que tienen que ver con el autoengaño: no puedo cultivar mi singularidad realizando una acción cuyo único objetivo consciente sea cultivar mi singularidad, ya que cultivar mi singularidad consiste precisamente en ser mejor guitarrista o “mejor independentista”.

P ¿El independentismo es una elección revocable, en el sentido de que depende de si al final se ajusta o no a la propuesta que uno tiene en mente?

R. Más bien se trata de un marco mental excepcionalmente amplio. La misma idea de inteligencia emocional, tal como la describía Goleman, tenía como puntales básicos la plasticidad y la tenacidad. El vaciamiento del imaginario nacionalista que legitimaba la identidad catalana ha dejado un marco altamente manejable, que todo el mundo parece poder adaptar a sus necesidades. Además, el marketing político ha elevado este marco a objeto de deseo hasta el punto de convertirlo en instrumento indispensable para la prosperidad personal. Sin embargo, esta doble vía de vaciamiento y estilización, que ciertamente ha inmunizado el independentismo del virus del totalitarismo, también lo está privando de su único activo legitimador: el valor cívico, expresado en la triple vía de motivación ciudadana, delimitación de la comunidad política y cohesión social.

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