SEXO, DROGAS Y FIESTAS

Trabajando para los súper ricos: una vida a todo trapo a cambio de la semiesclavitud

Si eres un joven sin escrúpulos, dispuesto a agacharte para limpiar los zapatos de un multimillonario y te fascina el estilo de vida de los ricos, este es tu trabajo

Foto: Eclipse, el superyate de Roman Abramovich. (Reuters/Christian Charisius)
Eclipse, el superyate de Roman Abramovich. (Reuters/Christian Charisius)

Si eres un joven sin escrúpulos, dispuesto a agacharte para limpiar los zapatos de un multimillonario y te fascina el estilo de vida de los súper ricos, este es tu trabajo. En el mundo existen actualmente unos 5.000 superyates, es decir, aquellos que miden más de 30 metros de largo. La tripulación suele rondar las 70 personas, así que, marino arriba, marino abajo, 35.000 personas frecuentan puertos como Antibes, en la Costa Azul francesa, donde un gran porcentaje de yates pasan cada mes. Compañías como Bluewater, que gestionan personal naval, cuentan con 52.000 trabajadores listos para embarcarse en algunos de los grandes navíos.

Es el caso del Katara, propiedad del emir de Qatar, y cuyo coste es de unos 300 millones de dólares. Es evidente que si quieres contar con un helipuerto y 124 metros de eslora, el presupuesto se dispara. También del Azaam, aún más grande (180 metros), un proyecto del jeque Zayed al Nahayan (presidente de los Emiratos Árabes), que ha costado unos 605 millones. O del barco de Roman Abramovich, que puede ser alquilado por la módica cantidad de 12.000 dólares la hora o 2 millones a la semana, como han hecho próceres como Leonardo di Caprio o Jay-Z. Todos ellos son los protagonistas de un revelador artículo publicado en The Guardian

Mantener uno de estos grandes barcos es costoso, y también, una buena oportunidad de ganarse las perras. Como explica Ed Cumming en dicho artículo, el coste de mantenimiento de un yate suele rondar anualmente el 10% de su precio total de construcción. Es decir, un yate de 100 millones de dólares requerirá una inversión anual de 10 millones para estar a punto. Este trabajo suele traducirse, a grandes rasgos, en limpiar, limpiar y limpiar, tanto la cubierta como los interiores. Se tarda dos días en realizar una limpieza general, y una vez ha zarpado, el navío debe limpiarse continuamente. El mar es bello pero no es precisamente limpio.

Sí, señor, lo que usted diga, señor

Claro que la recompensa en sustanciosa. El sueldo mensual suele rondar los 2.000 euros al mes, generalmente pagados desde cuentas en paraísos fiscales, aunque esa es solo la punta del iceberg. Las propinas suelen ser cuantiosas: como mínimo, unos 1.000 euros a la semana, y si se es afortunado, muchísimo más. Eso sí, el sueldo está siempre bien ganado, y requiere habilidades especiales. No sólo porque cada barco sea un microuniverso diferente y los caprichos de multimillonario estén a la origen del día, sino también porque los yates suelen reunir a personalidades de nacionalidades y cultura muy distintas. La jornada laboral es larga y tediosa, ya que hay que ponerse en marcha antes de que el preboste se levante y dejar todo preparado a última hora de la noche.

En los superyates, el dueño es Dios

Como escribe Cumming, en los superyates, “el dueño es Dios”. Y los dioses suelen ser arbitrarios. Como explica Sarah, una trabajadora con más de diez años de experiencia, en su primer día se vio obligada, como rito de iniciación, a limpiar los zapatos de su jefa, que levantó hacia su cara nada más conocerla. La misma rompió la nariz de una de sus trabajadoras, a la que amenazó con tirar su pasaporte para que la deportasen. Sin embargo, es poco común encontrar historias negativas, ya que, como ocurre cada vez que hay grandes personalidades de por medio, las relaciones entre trabajador y empleador están marcadas por un código de silencio, que a veces se concreta en contratos de confidencialidad ante los que poco o nada podría hacer un trabajador corriente y moliente.

Como explica en el artículo Jo Morgan, de Online Onboard, se trata de un trabajo que se adapta mejor a los hombres, que suelen ser respetados por los dueños de los yates más que las mujeres. No obstante, las relaciones entre estos y el personal del barco suelen ser profesionales, y raramente trascienden dicha barrera. Es fácil que un nuevo rico cambie pronto su forma de ser. Como explica la trabajadora, pueden pasar de ser buenos chicos que saludan a toda la tripulación a decadentes y aislados prohombres que devoran hamburguesas en soledad. Normalmente, lo que tercia entre una situación y otra es la toma de conciencia del rico de su situación y la de los que les rodea. ¿Quién se iba a conformar con menos pudiendo aparentar más?

También hay un lado oscuro en los yates, y no se trata de la popa. Las prostitutas, incluso las menores de edad, suelen frecuentarlos. Las drogas también existen, aunque no abunden, ya que pueden poner en riesgo la carrera de los capitanes que las acepten en sus barcos. Otros gustan de celebrar fiestas con enanos practicando ski por pura diversión. Hay quien construye una playa de arena artificial en la parte trasera de su embarcación. Al fin y al cabo, nada que no haya ocurrido en una opulenta mansión, sólo que en alta mar y sin nadie que pueda oír tus gritos (o gemidos) en kilómetros a la redonda. 

Alma, Corazón, Vida
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