Modelos de belleza de antes y de ahora: lo que hemos olvidado sobre el 'sex-appeal'
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DE MARILYN A KARDASHIAN

Modelos de belleza de antes y de ahora: lo que hemos olvidado sobre el 'sex-appeal'

Cada vez se repite más la idea de que ya no hay mujeres (ni hombres) con el estilo de antes. Jacqueline Bisset o una célebre modelo denuncian esta situación

Foto: Sofía Loren y Kim Kardashian, cuerpos parecidos, pero actitudes... ¿diferentes? (Reuters)
Sofía Loren y Kim Kardashian, cuerpos parecidos, pero actitudes... ¿diferentes? (Reuters)

¿Pertinente denuncia del estado de las cosas o mera guerra generacional? Que en el pasado los hombres y las mujeres tenían más estilo es una idea tan repetida que ha terminado por convertirse casi en un cliché rancio; la última vez que esta ha circulado de boca en boca –o pluma en pluma– fue tras el deceso de Lauren Bacall. No hubo medio que en su obituario no hiciese referencia al savoir faire de la protagonista de Tener y no tener, acompañado, cómo no, de un lamento generalizado. “Ya no se hacen mujeres así”, en definitiva. Y tampoco hombres, en referencia a su marido Humphrey Bogart.

Nadie ha denunciado con tanto tesón dicha evolución del estilo femenino como la modelo y escritora Sandra Howard en un reciente artículo publicado en The Daily Mail, donde tiene una columna. A sus 73 años, la antigua cover girl de Vogue recuerda que, aunque igualmente sexy, las maneras y vestimentas de Marilyn Monroe, a la que conoció cuando tenía 21 años, contrastan sensiblemente con “las celebridades de hoy en día y su interpretación cruda y lujuriosa del sex appeal”. “Baratas” y “abiertamente dispuestas” son dos de los adjetivos empleados por la autora para referirse a modelos como Kelly Brook. ¿90-60-90? Nada de eso. Sus medidas son 99-63-91.

No hay que ser un lince para reconocer que los escotes se han bajado, las faldas se han acortado y, en definitiva, la sociedad se ha hipersexualizado de mano del apogeo de la sociedad deconsumo. Basta con echar un vistazo a los últimos videoclips de las tres grandes estrellas del pop, como Taylor Swift, Nicki Minaj, o Jennifer Lopez e Izzy Azalea (con el nada equívoco título de «Booty», es decir, “Culo”) para comprobar que, efectivamente, el trasero femenino tiene una presencia en los medios mucho mayor que, pongamos, hace cinco décadas (pero también, dos años, antes de la locura por el twerking ocasionada por Miley Cyrus). Otra cosa muy distinta es la interpretación que se puede realizar por ello: si es simplemente una hedonista y jovial autorreivindicación (son nuestros cuerpos y hacemos lo que queremos) o si, como lo interpreta Howard cual madre que observa a sus descarriadas hijas, se trata de mera banalización sexual que acaba con el misterio humano y que tiene como única consecuencia convertir a la mujer en un producto para el hombre.

Hipersexualización, artificialidad, intercambiabilidad

No se puede negar que la modelo casada con Michael Howard, líder del Partido Conservador británico y miembro del gabinete de John Mayor, selecciona bien sus ejemplos. Es el caso de la comparación entre las fotografías de Marilyn Monroe y la nueva serie que la cantante yugoslava Rita Ora ha realizado para Roberto Cavalli. El vestuario es prácticamente idéntico, por lo que no se tratasimplemente de mostrar más o menos. Pero es la actitud lo que cambia: el gesto, la pose, la mirada, la intención. Mientras que en las fotografías Marilyn parece mirar con condescendencia al que observa, Ora es mucho más sugerente en sus muecas, lo que le hace parecer “una caricatura” de la verdadera Norma Jean. “El pelo es más rubio y más estridente, las cejas pintadas una parodia del par finamente arqueado de Monroe”, se queja la modelo. “El aura de atractivo inconsciente de la pose de Marilyn se encuentra ausente en la de Ora”. En definitiva, resume, “la belleza natural de Monroe ha sido reemplazada por el artificio”. Ese es, quizá más allá de la hipersexualidad, el gran conflicto a la hora de representar la belleza femenina (y también la masculina).

No se trata únicamente de una cuestión tecnológica (Photoshop y otros retoques), sino de impostura. Exagerar la mueca, juntar los brazos para mostrar el pecho, elevar el trasero. Poses que poco tienen de natural, y que sin embargo, cada vez son más acentuadas. Al fin y al cabo, es la diferencia con Sofía Loren, que, como aseguraba sin ambages un reciente reportaje de ABC, estaba caracterizada por “su lozanía, su escote y su naturalidad”; en el caso de la actriz italiana, el gesto parece más natural que cuando Kim Kardashian se contorsiona ante la cámara. Exagerado o no, el trampantojo era casi perfecto. Un síntoma de ello es la proliferación de operaciones estéticas. Si Loren o Monroe podían mostrar una talla más grande de pecho es porque su cuerpo era así, y se encontraba en consonancia con el resto de su cuerpo. Tan sólo las modelos y actrices delgadas aumentan su busto, pues es una manera de tenerlo todo: la tan obligada delgadez y el tan necesario escote voluminoso.

En opinión de Howard, en el pasado, la belleza era eufemística. Por supuesto que en su época querían ser sexys, pero no debía parecer que lo intentaban. El valor que se promociona no es ese misterio implícito en los ojos de Jane Fonda o Elizabeth Taylor (otros ejemplos que utiliza), sino únicamenteel sexo orientado a la mirada masculina. No se produce ese efecto erótico que enunció Georges Bataille al señalar que “sin prohibiciones no hay erotismo”. Puesto que todo está a nuestra disposición, ya no hay máscara, ni sutilidad ni gracia. Puede aducirse, no obstante, que se trata de una mera visión generacional. Los años 60 fue la era del comienzo del destape sexual y, en el fondo, de la objetificación sexual femenina de la que Howard participó, sólo que de forma más recatada. Quizá ella no fuese más que el eslabón en un proceso que ha llegado hasta nuestros días y, la suya, una queja puramente generacional: ¡estas chicas de hoy en día…!

Cuando el canon es excluyente

Más interesante aún resulta la cita que Howard refleja en su texto de la actriz Jacqueline Bisset, que la pasada semana denunció la obsesión de las jóvenes por “parecer cachondas” (hot era la palabra empleada). La protagonista de La noche americana introducía en la ecuación otro importante factor, el de la intercambiabilidad. “Las mujeres se ven intercambiables”, explicaba. “No va de ‘quiero ser encantadora y mágica y romántica y bella’, sino de ‘quiero parecer caliente’. En otras palabras, ‘quiero que los hombres me follen’”. Quizá demasiado moralista, la actriz de 70 años ponía de manifiesto la estrechez (y exclusividad) del canon de belleza contemporáneo.

Salta a la vista, echando un vistazo a los ejemplos anteriormente citados, que la hipersexualidad es más una obligación para las celebridades que una elección, y ahí está el truco. Jennifer López nunca se comportó de forma tan explícita hasta que Cyrus abrió el camino, y Kate Upton es sensiblemente más turgente que la propia Marilyn: es un proceso imitativo más que consciente. “En nuestro flamante mundo de igualdad sexual agresivamente promocionada, las mujeres tienen miedo de mostrar vulnerabilidad o timidez”, concluye Howard. “Deben ser desafiantes, descaradas, a veces crudas”. Pero debajo de esa máscara puede no haber más que la eterna necesidad de encajar con lo que la sociedad –y el negocio del espectáculo– espera de ellas. Un poco más de carne, un poco más de desparpajo, un poco más de exageración, un poco menos de ellas mismas.

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