Olvídate de "Snoopy" y del "o sea": cómo hablar como un pijo del año 2014
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EL PIJO NO NACE, SE HACE. DE VERDAD DE LA BUENA

Olvídate de "Snoopy" y del "o sea": cómo hablar como un pijo del año 2014

No falla. El español tiene un limitado número de registros a la hora de parodiar a alguien, entre los que se encuentra el habla de los pijos. ¿Lo hacemos bien?

Foto: ¿El pijo nace o se hace? (Tim Pannell/Corbis)
¿El pijo nace o se hace? (Tim Pannell/Corbis)

No falla. El español tiene un limitado número de registros a la hora de parodiar a alguien, entre los que se encuentran, indefectiblemente, el Rey (el de antes), Chiquito de la Calzada y el Pozí. Más difícil es imitar la jerga de un nivel social concreto, puesto que ahí las posibilidades se reducen a una: los pijos. Cierto es que, durante un tiempo, El tocho cheli de Ramoncín hizo sus estragos y quien más, quien menos, se veía legitimado para imitar el supuesto habla del extrarradio obrero y canalla, cuyo parecido con la realidad era pura coincidencia.

Con los pijos no ocurre lo mismo, quizá porque con ello ocurre un fenómeno curioso: si en muchos grupos sociales el nacimiento del estereotipo provoca que estos tomen conciencia de sí mismos y, por lo tanto, traten de huir del cliché como del demonio, con los pijos no ocurre igual. En otras palabras, todos nos hemos llevado las manos a la cabeza cuando hemos conocido a un pijo hablar como se espera que hable un pijo, vista como se espera que vista un pijo y, en fin, parezca sacado de El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo. Además, todos sabemos que para ser pijo no hace falta ser rico. “Pijo” no define una categoría socioeconómica, sino una forma de ver la vida. Es verdad que es más probable encontrar a un pijo en un chalet de la Moraleja que en Pan Bendito, pero no es condición imprescindible. El pijo es, generalmente, un advenedizo, y como tal, intenta imitar los rasgos externos de las clases altas.

No obstante, el registro pijo ha evolucionado durante la última década. Quien piense que el pijo es el que repite sin parar “o sea” o “te lo juro por Snoopy”, quizá se haya quedado en los años noventa. Se trata de peculiaridades léxicas reflejadas en trabajos como el realizado por Marta Galiñanes Gallén de la Universidad de Sassari en 2005, pero que ha evolucionado desde hace unos años. No todos los pijos son Tamara Falcó, quizá el ejemplo más extremo (y autoconsciente) del pijismo lingüístico. A continuación presentamos una serie de marcadores textuales (o contextuales) que definen al pijo eterno, ese que ha sido, es y será por encima de clases sociales y convenciones.

Uno de los rasgos más llamativos e incomprensibles, en cuanto que no resulta nada natural utilizar una voz nasal, salvo que estemos imitando a alguien. Pero, de igual manera que una persona repetirá inconscientemente el acento del lugar donde adquiera el idioma (si un hispanohablante aprende inglés en Texas, su acento tendrá mucho más twang que si lo hubiese aprendido en Nueva York), algo semejante ocurre con este rasgo. ¿De dónde proviene? Quizá de que el opuesto absoluto de la voz nasal, la voz gutural (incluso cazallosa) sea más propia de cierto estereotipo de lo barriobajero y, por lo tanto, se intente huir de ello.

Curiosamente, si por algo destaca el registro pijo, es porque no sólo no renuncia a las muletillas, sino que usa y abusa de ellas. Algo que también incluye los insultos, eso sí, atenuados: “jopé” en lugar de “joder” o “gilipichis” en lugar de “gilipollas”. También son muy eufemísticos a la hora de hablar de los miembros reproductivos de ambos sexos, que pueden adquirir nombres muy peculiares.

La descendiente del clan de los Preysler es célebre por su inconfundible forma de arrastrar las palabras, algo nada excepcional. Es relativamente normal entre la juventud española, y más aún entre los pijos, que la pronunciación no sea precisamente clara, y no hay más que echar un vistazo al cine español de los últimos quince años para comprobarlo. También es posible todo lo contrario: que la corrección al hablar se transforme en palabras perfectamente articuladas, hasta límites un tanto exagerados. Es la tan peligrosa ultracorrección que, en un momento dado, puede llevar a utilizar palabras como “influenciar” en lugar de “influir”, puesto que se considera que las palabras más largas pertenecen a un registro más culto.

Algo relacionado con el punto anterior. Frente a la sequedad de la pronunciación de las clases bajas o rurales, los pijos intentan adornar su habla no sólo a través del embellecimiento de su léxico, sino también con la pronunciación. De ahí que sean tan cantarines como un gallego o un argentino aunque de forma más sui generis, algo que, como decíamos, puede entorpecer la pronunciación.

Quizá uno de los rasgos más peculiares y parodiables. Si algo es “superguapo”, probablemente se pronunciará “ssssssssuperguapo”. Si algo es “feo”, probablemente será “feeeeeeeeo”. Otra variante es enfatizar cada una de las sílabas que componen la palabra, es decir, pronunciar “pre-cio-so” de la misma manera que Jesulín de Ubrique pronunciaría “im-presionante”.

La santísima trinidad de los adjetivos de exaltación, a los que se podrían añadir otros como “estupendo” o “magnífico”. El entusiasmo es un estado de ánimo habitual entre los pijos, y de ahí que la euforia se transmita con términos superlativos, y no con un simple “de acuerdo”. Todo va bien no, lo siguiente.

Un corolario del punto anterior. No se puede afirmar o negar algo, sino que hay que defenderlo o rebatirlo con ganas, con énfasis, con fuerza. Es parte de la herencia del inglés totally, simplificado por “totes” por las adolescentes.

Si has estudiado en una universidad extranjera, o por lo menos quieres que eso piensen los demás aunque no hayas pasado de Andorra, más te vale introducir en tu vocabulario ciertos términos en inglés, eso sí, pronunciados como si hubieses nacido en Cambdrige. Tan sólo los pobres llaman “Arcadefallar” a los “ɑːˈkeɪd ˈfaɪə(r)”. Cuidado: una de las peculiaridades del español hablado por las clases populares de Sudamérica es la abundancia de términos importados del inglés, como el celular (por “teléfono móvil”) o el break (por “descanso”), así que hay que elegir bien los términos; a poder ser, totalmente desconocidos para el hablante medio, y que por lo tanto, tenga que preguntarte qué significa, lo que te dará la posibilidad de hacerte el listo.

Durante mucho tiempo, se pensó que el movimiento de las manos acompañando al habla era un signo de amaneramiento. Aunque una excesiva gesticulación es vista como un signo de nerviosismo o falta de autocontrol, la interacción con hablantes de otros idiomas y ciertas costumbres sociales han hecho que los signos no verbales adquieran una gran importancia a la hora de comunicarnos.

Si hay algo que caracteriza al pijismo hablado, es que cuando creemos que hemos identificado todos sus rasgos, ya ha creado un nuevo término o cadencia que hace que se nos escape. No escatimes esfuerzos: si todo acto de habla crea lenguaje, nosotros mismos podemos ser los pijos del futuro gracias a las palabras que pronunciamos. Venga, tú puedes, convierte “te lo juro por Oliver Benji” en el nuevo lema pijo. El lenguaje crea realidades, como los pijos, que no existían hace apenas tres décadas…

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