el ejercicio limita los efectos de la fructosa

La fórmula para tomar un refresco sin que tu cuerpo note las calorías

El consumo excesivo de fructosa puede ocasionar serios problemas de salud, pero sus efectos se contrarrestan casi por completo si practicamos ejercicio moderado

Foto: Basta con caminar para contrarrestrar los efectos perniciosos de un refresco. (iStock)
Basta con caminar para contrarrestrar los efectos perniciosos de un refresco. (iStock)

Es de sobra conocido que la ingesta excesiva de fructosa –normalmente en forma de jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF)– conlleva numerosos problemas de salud. Algo que deberíamos tener en cuenta debido a la presencia de ésta en numerosos alimentos.

A diferencia de la sacarosa (el azúcar común), la fructosa se metaboliza principalmente en el hígado y, gran parte de esta, se transforma en ácidos grasos que se acumulan en éste. Su ingesta (incluso en pequeñas cantidades) puede elevar nuestros niveles de azúcar en sangre y potenciar nuestra resistencia a la insulina, y darnos un montón de papeletas para padecer diabetes de tipo 2, obesidad abdominal y colesterol. Digamos que no es lo que entendemos por un alimento saludable.

Pero aunque se han hecho muchos estudios sobre los efectos de la fructosa en nuestro metabolismo, apenas se ha estudiado la forma en que interactúa su ingesta con la práctica de ejercicio. Una ausencia que la investigadora de la Universidad de Siracusa Amy Bidwell considera crítica, porque, como es cada vez más sabido, el ejercicio físico cambia la forma en que el cuerpo utiliza el combustible del que dispone.

Es por ello que Bidwell reclutó a 22 estudiantes de su universidad dispuestos a beber refrescos azucarados en nombre de de la ciencia.

El ejercicio contrarresta los efectos maliciosos de la fructosa

Tras realizar un completo análisis de la dieta y demás hábitos de vida de los participantes en el experimento, Bidwell les separó en dos grupos: once empezaron a hacer la mitad de ejercicio del que hacían antes, los otros once lo duplicaron, hasta alcanzar al menos un total de 12.000 pasos al día, en torno a 9,66 kilómetros. Tras un periodo de descanso, los grupos se intercambiaron.

Cada refresco aportaba unas 250 calorías, pero los participantes tuvieron que reducir la misma cantidad en sus dietas, para poder así comprobar de forma aislada los efectos de la fructosa

Durante la realización del experimento, todos los participantes consumieron a diario dos refrescos de limón, que les aportaban 75 gramos de fructosa al día, unos niveles en torno a la media que consumen los americanos. Cada refresco aportaba unas 250 calorías, pero los participantes tuvieron que reducir la misma cantidad en sus dietas, para poder así comprobar de forma aislada los efectos de la fructosa.

Después de cada sesión de dos semanas, los usuarios fueron analizados para comprobar los cambios en sus marcadores sanitarios, que variaban enormemente en función de la cantidad de ejercicio realizada.

Los resultados de la investigación han sido publicados en dos estudios, en las revistas Medicine & Science in Sports & Exercise y The European Journal of Clinical Nutrition. Sus conclusiones son claras. Bastan dos semanas sin hacer deporte y bebiendo refrescos para desarrollar una incipiente resistencia a la insulina, que es el primer paso para desarrollar diabetes de tipo dos. Sin embargo, las personas que dieron al menos 12.000 pasos al día, acabaron con todos los problemas que ocasiona la fructosa. Sus niveles de azúcar en sangre y colesterol permanecieron igual, pese a tomar a diario dos refrescos.

¿Qué conclusiones para nuestro día a día podemos sacar de esta investigación? “No quiero que la gente considere los resultados de esta investigación como una licencia para comer mal”, ha explicado la doctora Bidwell al New York Times. “Pero si vas a consumir fructosa de forma regular asegurate de levantarte y moverte”.

A raíz del estudio parece claro que las contracciones musculares adicionales que suponen dar 12.000 pasos al día desatan una cascada de procesos fisiológicos que alteran los efectos de la fructosa en el cuerpo. Hay que destacar, además, que los estudiantes que participaron en el estudio no se apuntaron a un gimnasio para andar los casi 10 kilómetros al día que requería el estudio. Ni siquiera hicieron ejercicio regular. Les bastó con aparcar un poco más lejos, subir por escaleras en vez de usar el ascensor y pasear por el campus. En definitiva, se sentaron menos y se movieron más. Un fórmula que, a la vista esta, tiene más importancia de lo que pensamos. 

Alma, Corazón, Vida
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