La batalla de Kinsale o cuando España quiso dar a los ingleses su misma medicina
  1. Alma, Corazón, Vida
pugna por el control de los océanos

La batalla de Kinsale o cuando España quiso dar a los ingleses su misma medicina

En esta pugna por el control de las rutas comerciales nos salió un inesperado socio en la ideología, que en aquella época no era otra cosa que la religión

Foto: La batalla de Kinsale o cuando España quiso dar a los ingleses su misma medicina
La batalla de Kinsale o cuando España quiso dar a los ingleses su misma medicina

Dios no reside en un cielo de nubes, simplemente habita en mentes nubladas.

Carl Sagan

Viajando hasta dondese confunde el tiempo en la memoria de la historia, podremos pensar que lo normal entre dos naciones próximas, aunque separadas por un proceloso mar, sea darse la espalda y desinteresarse la una de la otra. Pues bien, esto ocurrió durante mucho tiempo hasta que un buen día la niebla del Cantábrico se disipó.

Nosotros descubrimos que mirar más allá de Portugal, hacia el Oeste, nos iba a reportar un futuro de parabienes y oro cayendo a espuertas en paracaídas, como así fue, aunque un poco más currado. Pero curiosamente, no éramos los únicos que estaban mirando en la misma dirección.

Desde ese momento, nuestro dominio de las cosas descubiertas comenzó a ser cuestionado, de tal manera, que no era extraño el vernos envueltos en frecuentes trifulcas con las voraces fragatas inglesas, fueran estas con el pabellón pirata o el estandarte de turno de la Corona, acción que consistía en arriar una bandera y poner la otra, ni más ni menos.

Para cuando el siglo XVII aparece en este extraño lugar llamado tierra, esa inveterada afición de los isleños a aligerar lo ajeno no había variado mucho ni se había discutido su eficacia, casi siempre daba buenos resultados. No se les puede negar planificación y perseverancia.

La larga pugna por el control de los océanos

Es posible que nosotros les hayamos fastidiado un poco durante los más de trescientos años de enfrentamientos continuados, eso sí, con algún descanso técnico. Pero lo cierto es que pocos momentos de entendimiento se me ocurren, en los que tuviéramos puesto el cartel de cerrado por vacaciones.

En esta larga pugna por el control de los océanos y, de paso, de las rutas comerciales, nos salió un inesperado socio en la ideología, que en aquella época no era otra cosa que la religión. Con orientación noroeste y frontera con el duro Atlántico de las tormentas de septiembre,una isla a la deriva en los confines de lo conocido, envuelta entre eternas brumas y extraños mitos, una isla última, de nombre Irlanda, compartía con nosotros el mismo Dios y sus principios franquiciados, y además teníamos un adversario común.

Aquella ignota y lejana isla no había sido visitada por los españoles hasta entonces, si hacemos salvedad con los marinos vascos y gallegos que habían recalado en ocasiones, muy puntuales, para abrigarse del furor de las mareas del Golfo de Vizcaya.

El joven rey Felipe III, ansioso de emular las glorias de su egregio padre, Felipe II, había financiado aquella expedición, con el objetivo de asegurarse bases en la retaguardia inglesa, desdelas que poderhostigar a la reina Isabel, al tiempo, que aliviar la presión que ésta ejercía sobre el comercio de Indias y su incondicional apoyo a los rebeldes holandeses.

La única batalla contra los ingleses en suelo británico

De esta manera, 3.500 españoles fueron enviados al confín del mundo conocido. Uno de los más reputados maestres de campo de la Corona española, el general Juan del Águila, tenía por misión crear una cabeza de puente y asegurar un puerto para ayudar a los montaraces y levantiscos clanes irlandeses que se habían revelado por enésima vez, en esta ocasión contra la reina Isabel I de Inglaterra. El interior era un desierto verde, envueltoen nieblas permanentes y caudalosos ríos, que se asemejaba más a un lugar mágico e incierto, que a algo acogedor.

Con estos mimbres, en los primeros meses de 1601,se gestionó el material militar, vituallas, pertrechos y municiones que llevaban las naves comandadas por don Juan del Águila, desembarcadas en Kinsale en octubre de 1601. Más tarde, el general Pedro de Zubiaur arribaría en diciembre a pocas leguas al oeste de esta posición. Los soldados españoles ayudarona reconstruir los castillos arrasados por las tropas inglesas, las pequeñas iglesias tan típicas de Irlanda, y ayudarían a la población civil en general.

La batalla de Kinsale, es un acontecimiento militar de especial importancia, no sólo para los irlandeses, sino para España, puesto que ha sido la única vez que los españoles nos hemos enfrentado a los ingleses en suelo británico. Hay que decir también, que en el contexto de la Guerra de los Cien años, el almirante Tovar ya se había aplicado a fondo pegándole fuego a la antigua Londres, más exactamente al barrio portuario de Gravesen.

Una temeraria aventura

En teoría, los hombres de los tercios españoles eran invencibles en el campo de batalla, de alta moral y valor incuestionable, sus credenciales eran pavorosas. Sin embargo, había una realidad inapelable. Aquellos hombres, considerados por sus adversarios como héroes mitológicos, eran tratados como mendigos por sus superiores. La falta de medios y dinero, el hambre, el frío y un territorio hostil donde los haya, harían mella en ellos. Asediados en la pequeña localidad de Kinsale por un ejército inglés que les triplicaba en número y sin posibilidad de escapatoria, durante casi cinco meses, los españoles darían sobradas pruebas de su fama como soldados excepcionales.

Felipe III había enviado una flota de 33 embarcaciones de alto bordo para enfrentar al cambiante Cantábrico, que en esas fechas solía apadrinar una dura mar de fondo, con frecuencia, arbolada. Una temeridad emprender tamaña aventura, incluso para los avezados marinos de la cornisa norte de nuestro país.

Del puerto de A Coruña, el 2 de septiembre de 1601, dos tercios bajo el mando de Juan del Águila y de Francisco de Toledo, que sumaban alrededor de 4.500 hombres, cuyo objetivo era desembarcar y tomar la ciudad de Cork, se dispersaroncerca de la isla de Ushant, al sur de Irlanda debido a un fuerte temporal, quedando seriamente diezmada la flota. Nueve embarcaciones comandadas por Zubiaur con 650 hombres y la mayoría de provisiones -y esto es lo más grave-, tuvieron que regresar de nuevo a Coruña. El resto, tres naves capitaneadas por Alonso de Ocampo llegaron a Baltimore y las otras buscaron refugio en la población de Kinsale, donde desembarcaron los 3000 hombres el 1 de octubre de 1601 ó el 22 de septiembre según el calendario juliano que regía entonces en las islas británicas.

La grata ayuda española

Juan del Águila decidió fortificar las riberas del río Bandon construyendo dos sólidos aunque pequeñosfuertes enCastle Park yRingcurram. Las tropas españolas rápidamente serían bloqueadas en Kinsale por las inglesas, que contaba con más de 11.000 hombres en una tensa situación de esperamientras las naves de Levison cerraban a cal y canto la bahía.

La ayuda demandada por Del Águila a la península obtuvo sus frutos con el envío por parte de España de otra flota mandada por Zubiaur que partió el 7 de diciembre con 10 naves, más de ochocientos hombres y abundantes provisiones. Nuevamente, los dioses o sus embajadoresen la naturaleza afectarían con un temporal casi huracanado, con visibilidad casi nula, que le hizo perder otras cuatro naves y desviarse seriamente de su rumbo original, arribando a 30 millas de Kinsale. Las tropas de refresco desembarcaron el 11 de diciembre y se fortificaron en Castlehaven mientras urdían una estrategia para ayudar a los sitiados en Kinsale.

Ante la inesperada y grata ayuda y complicidad de los españoles, los nobles irlandeses decidieron jurar fidelidad a Felipe III y entregaron a los españoles algunas fortalezas aledañas a Kinsale, algunos centenares de infantes para ser entrenados en la función militar y una compañía de caballería. Cautamente se acercaron a las líneas inglesas.

A principios de enero de 1602, una heterogénea milicia irlandesa proveniente del norte y tras caminar, literalmente, más de 300 millas en pleno invierno -algo heroico para quien haya vivido en Irlanda-, alcanzó las cercanías de Kinsale con la intención de romper el cerco y socorrer a los españoles.

Desembarco el Kinsale

El día 24 de diciembre de 1601 en el calendario juliano se produjo el encuentro de las tropas. Las fuerzas irlandesas se organizaron en tres columnas dirigidas por los líderes naturales de los clanesTyrell, O’Neill y O’Donaill, pero su mala organización y festiva anticipación de la victoria, les impidió llegar antes del alba. El enviado de la reina Isabel, Montjoy dejó algunos regimientos para que guardaran Kinsale y partió a su encuentro. Los irlandeses, necesitados de la ayuda de Juan del Águila y a la espera de una acción combinada que nunca se produciría, se internaron temerariamente en los pantanos con la confianza de que la caballería inglesa perdiera efectividad sobre la vasta superficie de turba. Aun así, las tropas inglesas consiguieron una victoria aplastante sobre los agotados irlandeses.

Mientras las tropas irlandesas eran diezmadas, las españolas lideradas por Ocampo intentaban minimizar las pérdidas. Más de 1200 hombres de la coalición hispano-irlandesa, abandonarían sus cuerpos en aquel fatídico día. Un centenar de ellos, españoles. El día 12 de enero y en una situación de tablas forzosas, capitulaba Juan del Águila ante Montjoy, lo que implicaba a las diferentes guarniciones españolas en las zonas próximas a Kinsale.

Con dos días de retraso y después de la rendición, llegó a Kinsale Martín de Vallecina con refuerzos, pero ya era demasiado tarde. La rendición pactada sería inusual en los anales militares. Fue lo más honrosa posible, ya que los ingleses se comprometieron a no hostigar y proveer de víveres a las tropas españolas. Todos los irlandeses que lo desearan, podían adherirse a este pacto.

La amnistía general para los combatientes

Las tropas irlandesas regresarían al Ulster, donde continuarían su lucha contra los ingleses hasta que Tyrone, uno de sus líderes más belicosos, fue derrotado por Montjoy en Dundalk, entre Belfast y Malahide, en el 1603. Nuevamente, y con una generosa actitud, los ingleses serían magnánimos con los vencidos, decretando una amnistía general para los combatientes.

El 13 de marzo de 1602 desembarcaron en A Coruña las tropas españolas de vuelta de la campaña irlandesa. Juan del Águila, con sus 59.000 escudos residuales, destinaría esta cantidad a la creación de un hospital de campaña, a la asistencia a los soldados y a distribuir sus haberes entre todos ellos para resarcirles de aquella agria experiencia.

La guerra (o este asalto), entre españoles e ingleses terminaría con el Tratado de Londres (1604) en una paz provisional y frágil. Pronto, las hostilidades volverían a asomar en el horizonte.

Lo importantees que se intentó.

Historia Reino Unido Irlanda Clases de Inglés Religión Guerra Londres Memoria Ejército
El redactor recomienda