Ocho pasos infalibles para sacar de quicio a tus compañeros
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Ocho pasos infalibles para sacar de quicio a tus compañeros

Todos sabemos lo que nos irrita, pero no es tan sencillo darse cuenta de aquello que hacemos o decimos y que molesta a los demás. ¿Quizá esto?

Foto: ¿Quieres hundir la vida de los demás? Sigue estos sencillos consejos. (Corbis)
¿Quieres hundir la vida de los demás? Sigue estos sencillos consejos. (Corbis)

How to Irritate People no es una guía de autoayuda ni la guía definitiva para labrar tu camino al éxito tocándole las narices a los demás, sino un programa de televisión emitido en 1968 en Reino Unido y que contaba con la participación de algunos Monty Python, como John Cleese, Graham Chapman o Michael Palin, así como otros invitados como Marty Feldman, célebre por su papel en El jovencito Frankenstein (The Young Frankenstein, Mel Brooks, 1974).

Con su habitual sentido del humor, aunque con el índice de absurdo puesto aún en el mínimo, los humoristas británicos exponían en los sketches que conformaban la producción una serie de procedimientos que garantizaban el odio inmediato entre sus víctimas. Por supuesto, no se trata de los únicos: todos conocemos, a partir de nuestras experiencias, aquello que puede sacarnos de quicio irremediablemente.

Sin embargo, no todo el mundo es consciente de aquello que hace o dice y que molesta a los demás. Por eso, infinidad de artículos que circulan por internet –de Business Insider a Dailykos– recogen algunos de los comportamientos más irritantes que solemos llevar a cabo. A continuación presentamos un resumen de tan sólo 10 (sí, ya sabemos que pueden ser miles), que pueden conducirnos a una necesario acto de contrición en el caso de que incurramos en ellos en alguna ocasión. O, sin nos vemos obligados a amargarle la existencia a alguien, podemos utilizarlos para acabar con su paciencia (antes de que acaben con nuestra vida).

“No te preocupes, no pasa nada. Todo genial. No hay por qué preocuparse, ¿eh?”

En uno de los sketches del programa, Cleese y Chapman interpretaban a dos pilotos que recordaban continuamente a los pasajeros del avión que todo iba bien. “¡Las alas de los aviones no están ardiendo!”, señalaban. “¡No entren en pánico!” El resultado, obviamente, derivaba en una histeria colectiva en cabina. La anécdota puede trasladarse fácilmente a nuestra vida personal o laboral. Si lo único que hacemos es tranquilizar a los que nos rodean por algo que no está ocurriendo, probablemente tarde o temprano crearemos una insoportable incertidumbre: “¡No te preocupes, cariño, no te estoy engañando!”

“Esto es urgente. Y esto. Y esto también”

Este es uno de los más dañinos comportamientos que, según Drawne Miths, pueden llevarse a cabo en la empresa. Hay determinados superiores incapaces de establecer una jerarquía entre aquello que se necesita conseguir a corto, medio y largo plazo y para los que todo entra dentro de la categoría de “urgente”. Es el camino más corto para acabar con la paciencia, y lo que es peor aún, con los nervios del más pintado. Todo hay que hacerlo para ya; o mejor, para ayer. Y si no está hecho, mal.

Cambia de tema constantemente

Las reglas de la conversación son universales aunque implícitas, por lo que no todo el mundo las conoce como debería. En ocasiones, la inteligencia emocional de nuestro interlocutor es tan baja que es capaz de ponerse a hablar del mal tiempo que hace cuando le explicamos que un familiar se encuentra gravemente enfermo. No te equivoques: esta desviación no quiere decir que su capacidad de atención sea limitada, sino que le importa más bien nada lo que estás contando. Los líderes son aquellos capaces de escuchar y de reconducir la conversación en caso de que sea necesario, pero no los que se comportan como un muro cuando les explicas algo que te importa.

No explica nada (pero da por hecho que se sabe)

Otro de los sketches de How to Irritate People es, al mismo tiempo, uno de los más recordados de toda la obra de los Monty Python al ser recuperado en el Flying Circus. Se trata de aquel de la entrevista de trabajo en la que el seleccionador, interpretado por John Cleese, sometía al candidato a una serie de pruebas a cada cual más absurda, hasta rayar con lo humillante. Finalmente, este no obtenía el trabajo porque “todas las vacantes estaban ocupadas desde hace semanas”. Algo semejante ocurre en el mundo laboral, donde la jerarquía exime a muchos superiores a tener que detallar a sus empleados por qué se han tomado determinadas decisiones pero, eso sí, se da por supuesto que se sabe.

No responde nunca

Llamas a su teléfono, y no lo coge. Envías un mensaje de texto, y no responde. ¿Quizá un correo electrónico? Tampoco. Puede ser que incluso te plantes ante él, le realices esa pregunta que necesitas ver respondida para poder seguir adelante con tu trabajo, y se dé media vuelta. Hay compañeros que han perfeccionado el arte de dar la callada por respuesta, una actitud especialmente irritante porque, en el fondo, te afecta más a ti que a él, ya que condiciona tu trabajo.

Sólo habla de sí mismo

En el sketch conocido como “Egocentrismo”, un entrevistador replantea al invitadouna y otra vez la misma pregunta (“¿hay libertad de expresión en Gran Bretaña?”) en un bucle imitado años después por Martes y 13 en el histórico gag de la empanadilla de Móstoles. En definitiva, y como bien exponía su título, el personaje interpretado por Cleese sufría un agudo caso de egocentrismo. No hay nada más desesperante que aquellas personas que sólo saben hablar de sí mismas, y no sólo eso, sino que aprovechan cualquier intervención de los demás para tomar la palabra y relativizar la importancia que los demás tienen que contar a su propio favor.

Primero pregunta, luego da con la respuesta

“Oye, te acordabas de cómo se llamaba aquel cliente que en una ocasión vino aquí y…?” Probablemente la respuesta será no, pero el inquisidor habrá conseguido revolucionar a toda la oficina en busca de una respuesta que probablemente podría haber obtenido con una simple búsqueda en sus correos. Pedir ayuda cuando no es necesaria (o porque simplemente quieres charlar un rato) termina agotando la energía de los que te rodean, sobre todo si se convierte en algo continuado y no recíproco y, especialmente, si a los cinco minutos dice “¡qué tonto soy, si lo tenía aquí apuntado!”

Le encuentra defectos a todo

“Si de verdad quieres tocarle las narices a tus compañeros, busca cualquier error posible y cuéntaselo a la persona más importante que puedas encontrar (o a sus allegados)”, explica Miths. Es el modus operandi de muchos trepas, pero más allá del chivato malintencionado, también resulta especialmente irritante aquel que se queja por el más mínimo detalle del trabajo que realizan sus compañeros. Y puede ser particularmente peligroso, en cuanto que suele dar lugar a una escalada de tensión que deriva en un inacabable cruce de acusaciones.

Malgasta el tiempo de los demás

La mayor parte de los epígrafes anteriores se pueden resumir en este, y es que aquello que hacen (o dejan de hacer) lo que nos rodean repercute de manera negativa en nuestra propia vida. Llegar tarde a una cita, obviar las llamadas más urgentes, no respetar las colas ni los procedimientos habituales o solicitar la realización de un trabajo innecesario suele ser algo habitual entre aquellos que piensan que el tiempo de los demás vale menos que el suyo propio.

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