MALOS TIEMPOS PARA LA PAZ SOCIAL

De los ERE al Gamonal: los nuevos conflictos y el cabreo de la gente común

Las mareas, con un fuerte apoyo social en la calle, han sido un punto de inflexión para los sindicatos, que han perdido su representatividad

Foto: Movilización en contra de los recortes de sanidad liderada por la Marea Blanca, al margen de los sindicatos. (Efe)
Movilización en contra de los recortes de sanidad liderada por la Marea Blanca, al margen de los sindicatos. (Efe)

Burgos. Barrio del Gamonal, noreste de la ciudad. Un grupo de vecinos emprende una manifestación pacífica contra la reforma de la Avenida Vitoria, la principal del barrio. Durante meses, el PSOE, en la oposición del ayuntamiento burgalés, ha llevado hasta el pleno municipal el rechazo de los vecinos. Sin embargo, en las protestas no hay banderas ni símbolos; sólo un objetivo común: la paralización de las obras.

La avenida que recorre el barrio del Gamonal es la que une Irún con Madrid. En la capital, Francisco Ronco, presidente de la denominada Asociación de Empleados de la Lavandería Hospitalaria, se mantiene al margen de sindicatos y siglas políticas para llevar adelante su lucha: “No queremos aceptar la precariedad laboral y la privatización que los enlaces sindicales daban por hecha y no tenían ninguna intención de protestar, no sabemos si por directrices que recibían desde arriba o por qué”. Con estas palabras denuncia la "pasividad y desidia” de las dos grandes centrales sindicales, CCOO y UGT, ante el empeoramiento de las condiciones laborales en la lavandería central hospitalaria, en huelga desde el pasado 6 de diciembre. Fue el principal motivo que llevó a los trabajadores a organizarse por su cuenta.

Las dinámicas de protesta han cambiado, tanto en los centros de trabajo, como en los barrios o pueblos. No tiene dudas de ello el grupo de investigación Global Revolution Research Network (GRRN) de la Universidad Oberta de Catalunya, al que pertenecen catedráticos de la talla de Manuel Castells, el investigador español más citado en la literatura científica internacional, o el consultor y CEO de Futura Media Bernardo Gutiérrez.

Entre la red y la calle

Las luchas de hoy, objeto de su estudio, no son puramente ideológicas: las protagonizan personas heterogéneas que previamente no estaban politizadas. Son agregadoras, sin jerarquías ni liderazgos destacables, tienen un matiz urbano y, a pesar de defender reivindicaciones concretas, comparten un común denominador: el hastío por la especulación financiera y la corrupción política que, según entienden, han rebajado su nivel de vida.

No queremos aceptar la precariedad laboral y la privatización que los enlaces sindicales dan por hechaLos empleos, las viviendas o la participación vecinal, como en el caso de Gamonal, ya no se defienden desde la misma lógica que hace cinco o seis años, cuando no habia alternativas al liderazgo de los sindicatos y organizaciones directamente vinculadas a partidos político. Sin embargo, ha habido un proceso de desligitimación y descomposición de estos agentes sociales proporcional al éxito de las nuevas formas de organización y protesta, que cuentan con menos estructura pero con una demostrada capacidad de movilización.

Las principales predicciones del GRRN se han cumplido hasta la fecha, con un poso basado en el carácter “tecnopolítico” apuntado ya por el 15-M y los grupos fundacionales de su órbita (Juventud Sin Futuro, Democracia Real Ya o el Movimiento por la Vivienda Digna). “Si nos fijamos en el caso concreto de Gamonal, una típica lucha vecinal, hoy en día sería inviable que lograse tanta repercusión y se conectase con otras luchas, en tan sólo cuatro días, si no fuese por el poder de la red”, explica Bernardo Gutiérrez.

Es una situación a la que se ha llegado combinando factores del mundo analógico como del digital: “La acción directa de la vieja guardia entra en contacto con un ecosistema en red para alcanzar objetivos concretos, desde bajar el precio del transporte público en Brasil hasta paralizar unas obras en Burgos”, añade el investigador.

De la reivindicación particular a la general

La mutación de las respuestas ciudadanas ante la crisis y las problemáticas sociales que ha generado está siendo tan rápida que los sociólogos y politólogos se están viendo obligados a teorizar sobre la marcha. Las nuevas lógicas de protesta han cogido a todo el mundo con el pie cruzado. No se adaptan a la definición clásica de las organizaciones o movimientos sociales, tampoco a la forma de ser de las asociaciones vecinales y, mucho menos, a la de los sindicatos.

Pintada en las calles de Estambul.
Pintada en las calles de Estambul.
Para mayor complicación, las nuevas formas de protesta, como el 15M en su día, Gamonal ahora, las mareas ciudadanas de forma intermitentemente, las asambleas de barrio o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), se caracterizan por su naturaleza vigilante. Es decir, fiscalizan los excesos y ataques, ya sean sociales, laborales, políticos o policiales, por lo que aparecen y desaparecen, como concluye el catedrático de comunicación de la URJC Víctor Sampedro. Sus ritmos son poco predecibles, hasta el punto de que numerosos investigadores se han resignado a definirlos como movimientos espontáneos. Una patada a los principios elementales de la sociología.

Al tratarse de luchas con un perfil ideológico bajo es más fácil que la gente se identifique y se sume, explica Gutiérrez, quien apunta también a las “prácticas colaborativas surgidas al amparo de la crisis”, como catalizadores de estas “conexiones”. La generalización del malestar, añade, es otro de los rasgos comunes. “En todas las protestas que analizamos, desde Atenas hasta Nueva York, existe una indignación inicial y, luego, el sistema red las agrega a otras protestas y colectivos movilizados, por lo que se pierde el control de la causa originaria de la lucha haciendo que surjan otras reivindicaciones y malestares”, añade el investigador.

Sindicatos y partidos, desbordados por lo común

Para Andy Robinson, que ha escrito sobre las protestas de los últimos años en diferentes partes del globo como corresponsal volante del diario La Vanguardia y freelance para Business Week, The Guardian o The Nation, las nuevas luchas comparten una novedosa característica en todos los países: “Desde la quiebra de Lehman Brothers el enemigo común son las élites financieras y los responsables de la especulación, sobre todo inmobiliaria”. Así, se pueden oír consignas cada vez más sistémicas en todo tipo de protestas, que señalan como culpables de su malestar no sólo a los representantes políticos directos, sino a las élites financieras.

El profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, Antonio Antón, explica que el cambio en las dinámicas de protesta se debe a que las luchas no son iguales en periodos de expansión económica que de recesión. En este sentido se enmarca la creciente deslegitimación de los sindicatos tradicionales, debido a una “disociación entre interés del sindicato (de la burocracia sindical) e intereses de sus bases sociales y la sociedad, en general”. Una repudia a la que también ha contribuido la corrupción interna.

Es el proceso que se vivió en Tragsa. El pasado 17 de octubre se inició un proceso de despido colectivo en esta empresa estatal dedicada a la ejecución de obras y servicios. Las centrales sindicales más representativas, CCOO y UGT se reunieron con la dirección para pactar los despidos en la matriz y en la filial de ingeniería, Tragsatec. Sobre una plantilla total de más de 4.600 trabajadores, los representantes de las centrales pactaron, entre ambas, los despidos de 600 de ellos. Una semana después del pacto se sometió al voto de la plantilla: “cuando nos presentaron este acuerdo, el rechazo fue directo”, relata un trabajador de la empresa. El 80% de la plantilla lo rechazó, a pesar de que lo hubiesen siglado sus principales representantes.

Las nuevas protestas son agregadoras, sin jerarquías ni liderazgos destacables y tienen un matiz urbanoEl rechazo ha llevado a CGT a plantear una demanda colectiva en contra de la empresa. “Los trabajadores están hasta las narices de que se pacte en contra de los intereses generales y a favor de quien firma”, relata el mismo trabajador. “Esto lleva pasando años, pero si juegan con tu futuro hoy significa que no solo te vas a encontrar sin trabajo, sino también con la imposibilidad de volver a encontrarlo”, remata.

“Las reacciones están empezando a ser más duras, porque hay muchas personas de más de 50 años que no pueden permitirse perder su puesto de trabajo en la coyuntura económica actual”, analiza Juan Soto, catedrático de Historia del Trabajo de la Universidad Autónoma de Madrid, sobre el caso de Tragsa. Se trata de colectivos que si salen del mercado de empleo, saben que no volverán a él.

Cuando el carné de afiliado se tiene que dejar en casa

El hartazgo no puede esperar por la fecha de la manifestación sectorial. Y por ello “ya no se basa en grandes protestas centradas en días señalados, como ha sido siempre en las huelgas generales, sino en protestas singulares”, añade Soto. De ahí que también la negociación colectiva, cuya posibilidad de acción se ha visto mermada con la última reforma laboral, no sea la única vía a seguir. “Por tanto, es cada vez más frecuente ver desbordamientos sindicales, desde barrenderos hasta las lavanderías de Madrid”, explica este profesor.

El mecanismo es el mismo, desdeTragsa hasta las lavanderías pasando por Burgos. Un filosofía que ha dado vida también a las “mareas” y que parece beber de los movimientos sociales: una clara vocación asamblearia, inclusiva de cara a la sociedad (fuerte presencia de las asociaciones vecinales), ausencia de liderazgos y desvinculación de partidos y sindicatos. Como en el caso de la mareas, en estos movimientos no es insólito que haya sindicalistas de CCOO y UGT. Pero deben dejar el carné en casa porque, como explica el vocal de la plataforma de trabajadores sanitarios PatuSalud, Luis López, “no se trata de venir a sacar tajada, como pretendían en un principio los grandes sindicatos, sino de luchar por la defensa de un servicio público, incluyendo a toda la ciudadanía y de forma asamblearia para que todas las opiniones cuenten por igual”.

“De esta forma tenemos claro que decidimos por nosotros mismos, sin que las directrices vengan dadas desde arriba y procurando que nadie sea el protagonista porque el fin del sindicalismo no puede ser el propio sindicato”, explica López. La paradoja de que en los momentos de mayor conflictividad laboral de los últimos años las centrales sindicales y las formaciones políticas pasan por sus horas más bajas. Lo que queda por ver es si las denominadas mareas y las asambleas de trabajadores tienen todas las papeletas para cubrir ese vacío.

Alma, Corazón, Vida
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