RADIOGRAFÍA DEL MAL (Y BUEN) GOBIERNO

“La gente vota a los corruptos porque les da igual que lo sean mientras les ayuden”

Aunque la democracia se ha extendido, esta ha de mejorarse. La corrupción sigue siendo uno de los grandes problemas, afirma el politólogo Bo Rothstein

Foto: Bo Rothstein es miembro de la Real Academia de las Ciencias. (CC/Vogler)
Bo Rothstein es miembro de la Real Academia de las Ciencias. (CC/Vogler)

Vivimos un momento peculiar en la historia de la política y el gobierno de lo público. Si bien la democracia se ha extendido por todo el mundo, llegando incluso a lugares de escasa tradición, esta no siempre viene asociada a un buen gobierno. Ese es el punto de partida de las investigaciones de Bo Rothstein, catedrático de ciencias políticas en la Universidad de Gotemburgo, miembro de la Real Academia Sueca de Ciencias y autor de The Quality of Government: Corruption, Inequality and Social Trust in International Perspective (University of Chicago Press), que acaba de visitar nuestro país.

Rothstein imparte este jueves por la tarde una conferencia magistral en la Fundación Rafael del Pino en la cual ha analizado algunos de los factores que definen el buen gobierno, diferentes a los de una buena democracia. “Puedes ser una democracia con un alto nivel de calidad de gobierno o puedes ser una democracia con un bajo nivel de calidad de gobierno”, explica el politólogo a El Confidencial. “También algunas dictaduras tienen gobiernos de alta calidad, pero son pocas. Las malas noticias son que la correlación entre los niveles de democracia y los de bienestar humano no son muy significativos”.

El sueco cree que el gran reto que tienen las democracias por delante es ser capaces de cumplir con sus promesas. “La democracia no es suficiente si no resuelves problemas como el nepotismo, la corrupción o el clientelismo; te puede salir el tiro por la culata, como estamos viendo en Europa”, explica. Para averiguar de qué manera funciona un gobierno, Rothstein participó en la creación del índice de la buena sociedad o good society index que identifica algunos factores esenciales para serlo, entre los que destaca tres: la ausencia de mortalidad infantil, una alta expectativa de vida saludable; y mostrar una gran satisfacción vital.

Las diferencias entre las regiones españolas demuestran que el problema no está en las leyes, sino en su implementaciónTres claves que, según cree el politólogo, se relacionan con el buen gobierno y donde lo económico no es tan importante como podría parecer. Como recuerda, “más allá de una renta de 24.000 dólares anuales, la felicidad no aumenta sustancialmente con la cantidad de ingresos”. Unos condicionantes que sitúan a España en un punto no especialmente reseñable. “No está en los peores puestos, pero comparativamente hablando con el resto de Europa, España está en la parte baja”, señala Rothstein. “Nos sorprendió ver que hay grandes diferencias entre las regiones de España, especialmente, entre el norte y el sur, como en Italia. Lo cual implica que los problemas no están en la Constitución o las leyes, que son las mismas, sino en la implementación de estas”.

La corrupción, un problema acuciante

Rothstein es también coordinador científico de la ANTICOOPR (Anti-Corruption Policies Revisited), un proyecto de investigación que tiene como objetivo someter a escrutinio la corrupción en los países europeos. La corrupción es, además, uno de los factores que más daño hacen al buen gobierno. Un problema que, como él mismo recuerda, apenas preocupaba hace 20 años, pero que ahora ha ocupado un lugar privilegiado. En España, por ejemplo, ocupa el segundo lugar, por detrás del paro, según el barómetro del CIS.

Papandréu dijo en mi cara que la crisis no tenía nada que ver con la especulación de los mercados internacionales, sino con la corrupción interna en Grecia“Hace 20 años, la corrupción no era ni siquiera un tema de investigación y la gente no consideraba que fuese un problema”, explica Rothstein. “Había una teoría que decía que aunque la corrupción era mala en parte, también tenía su aspecto positivo porque engrasaba la maquinaria y hacía que la rueda siguiese girando”. Como señala el politólogo, fue a finales de los noventa cuando comenzó a ser estudiado por organizaciones como Transparency International o las Naciones Unidas, que realizó una convención en el año 2006.

Según la investigación de Rothstein, la corrupción está profundamente ligada con los problemas de déficit: “Los países más corruptos sufren más problemas de déficit”, explica, y recuerda que economistas estadounidenses han demostrado que el colapso financiero de 2008 puede explicarse en gran medida por la corrupción. “Yorgos Papandréu dijo en mi cara que el problema económico de Grecia no tenía nada que ver con la especulación de los mercados internacionales, sino con la corrupción interna en el país”.

Cómo hemos llegado hasta aquí y qué podemos hacer para arreglarlo

España ocupa el segundo lugar de los países donde la percepción sobre la corrupción más ha crecido, tras Siria, y el miércoles, el Consejo Europeo manifestó su preocupación por los casos de corrupción de nuestro país. ¿Cómo hemos llegado a tal punto? Rothstein cree que se trata de un problema al que no se puede hacer frente de manera fragmentaria: “Hay que hacerlo a lo grande, porque si intentas combatir pieza por pieza, terminarás perdiendo porque las redes de corrupción encontrarán estrategias para escabullirse”.

Todas las sociedades gozan de una idea universal de lo que es la corrupción“Sabemos que la transparencia y la libertad de prensa son importantes, pero lo más importante es la práctica, que las redes corruptas sientan que no tienen salida”, explica el catedrático, que añade que, sorprendentemente, la igualdad de género suele poner freno a la corrupción. “No sabemos muy bien por qué, pero pensamos que es porque la igualdad está asociada con la imparcialidad, así que si piensas que hombres y mujeres deben ser tratados de la misma forma, también pensarás que los puestos en el sector público han de conseguirse por el esfuerzo, no por tus contactos o tu adscripción política”.

Rothstein rechaza la extendida idea que dice que la corrupción es algo cultural y, por lo tanto, difícil de ser erradicado. “Nuestros datos nos dicen que no es así, la corrupción no es un rasgo cultural”, explica el profesor. “La gente en lugares muy corruptos no tienen una idea diferente sobre lo que es la corrupción que en Dinamarca”. Según Rothstein, “todas las sociedades gozan de una idea universal de lo que es la corrupción, que aparece cuando aquellos en los que se ha depositado la confianza para manejar los bienes públicos aprovechan estos de forma privada”.

Berlusconi en la cámara de los diputados
Berlusconi en la cámara de los diputados
El triunfo de la corrupción

El problema radica en que la corrupción es altamente contagiosa: “Tiene poco sentido ser el único doctor en un sistema médico corrupto que no se lleva dinero por debajo de la mesa; además de estúpido, es probablemente muy peligroso ser el único honrado en la policía de México”, explica Rothstein. Por eso la corrupción genera un círculo vicioso del que es difícil salir.

Una consecuencia de esta aceptación tácita es la sorprendente reelección de políticos cuya corrupción ha sido ampliamente demostrada, y para la que se han elaborado toda serie de teorías. “Suele ocurrir con los políticos locales que, aunque no sean honestos, eso da igual si ayudan a la comunidad, traen el pan a casa en forma de contratos públicos”, sugiere el politólogo.

La corrupción perjudica la confianza entre las personas de una sociedadEn definitiva, aquellos políticos que garantizan la protección de su electorado, aun a pesar de haberse visto envueltos en escándalos de corrupción, parecen tener garantizado el voto, como en el caso de Silvio Berlusconi. “La mayor parte de empresas italianas son de tamaño pequeño o medio, y muchas de ellas no habrían sobrevivido a inspecciones de hacienda o de salud”, argumenta Rothstein. “Berlusconi ayudó a defender a estas empresas, con las que muchos italianos están conectados de manera distinta o indirecta”.

¿Puede la corrupción conducir al desafecto con la política, como tantos sugieren? Rothstein no se muestra totalmente de acuerdo con ello, y cree que esa es simplemente una potencial consecuencia. “Es verdad que la corrupción perjudica la confianza entre las personas de una sociedad, porque si no puedes fiarte de un juez o un policía, desconfías del resto, ya que crees que para conseguir lo que han alcanzado, han tenido que hacer tratos sucios”, explica el politólogo.

Pero existe otra alternativa, que es que la corrupción suele “conducir a gente poco cualificada a puestos importantes”, lo que puede tener graves consecuencias en la población. “Si el presidente sudafricano Thabo Mbeki hubiese estado rodeado por funcionarios públicos formados y no por estafadores políticos, no habría dicho las cosas idiotas que dijo sobre el SIDA y que costaron 330.000 vidas”, explica Rothstein. La corrupción puede dar lugar a contestación política, como ocurrió en el caso de Brasil. “La presidente decía no entenderlo, porque era de izquierdas”, señala. “Pero lo que no entendía es que el gobierno limpio trasciende las divisiones de izquierda y derecha”.

El futuro de Europa (y España)

Aunque Rothstein reconoce no seguir la política española en profundidad, cree que “todo lo que huela a fomentar la meritocracia, la transparencia, la igualdad de género y la inversión en la educación pública para que todo el mundo tenga las mismas posibilidades independientemente de su origen, será bueno”.

El Estado de Bienestar incluye a la gente que no tiene recursos sin estigmatizarlos como pobresEn ese sentido, aunque no conoce los pormenores de la nueva Ley de Transparencia, recuerda que esta puede jugar un importante papel preventivo. “En Suecia, cualquiera puede venir a mi departamento y pedir las facturas de mis viajes desde hace diez años y tenemos que darlo al momento”, explica. “Si sabes que eso es una posibilidad, tendrás mucho más cuidado en hacer algo equivocado”.

Rothstein también ha estudiado el Estado de Bienestar y su funcionamiento, que recuerda, ha de ser universal y no un sustitutivo de la caridad. “Si el gobierno sueco viniera y me dijese ‘tenemos buenas noticias, te vamos a recortar el 30% los impuestos’, luego me dirían ‘tenemos malas noticias, no vas a tener seguridad social’, por lo que tendría que pagar por ella”, recuerda. “Si pones las cosas en el mercado el precio se incrementa”, añade. “El Estado de Bienestar incluye a la gente que no tiene recursos sin estigmatizarlos como pobres”.

Alma, Corazón, Vida
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