La historia real que demuestra cuánto se parecía Conan Doyle a Sherlock Holmes
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LA GÉNESIS LÓGICA DE SHERLOCK

La historia real que demuestra cuánto se parecía Conan Doyle a Sherlock Holmes

El estreno de la nueva temporada de 'Sherlock', la serie de la BBC, ha devuelto al viejo personaje de Arthur Conan Doyle a la actualidad periodística

Foto: Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, los Holmes y Watson de la serie de la BBC.
Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, los Holmes y Watson de la serie de la BBC.

El estreno de la nueva temporada de Sherlock, la serie de la BBC protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, ha devuelto al viejo personaje de Arthur Conan Doyle a la actualidad. Sin embargo, las obras reivindicandoal investigador afincado en el 221B de Baker Street se han sucedido durante los últimos años, como es el caso de ¿Cómo pensar como Sherlock Holmes? (Paidós), escrito por Maria Konnikova, psicóloga y discípula de Steven Pinker. En él, la autora defiende que el de Holmes es un nuevo modelo de investigador, basado en la metodología científica, y expone esta historia que tiene como protagonista a su autor para ilustrar de qué manera la lógica de Holmes puede aplicarse al mundo real.

Algo siniestro ocurría en las granjas de Great Wyrley. Ovejas, vacas, caballos, uno por uno se desplomaban sin vida en medio de la noche. La causa de la muerte: un corte largo y no muy profundo en el estómago que provocaba un desangramiento lento y doloroso. Los granjeros estaban indignados; la comunidad, horrorizada. ¿Quién querría maltratar así a esos seres indefensos?

La policía creía haber dado con el autor: George Edalji, el hijo de un párroco local de ascendencia india. En 1903, a los veintisiete años de edad, Edalji fue sentenciado a siete años de trabajos forzados por la mutilación de un poni que había sido hallado en una zanja cercana al domicilio del párroco. De nada sirvió que el párroco jurara que su hijo estaba durmiendo en el momento de los hechos, que las matanzas y mutilaciones siguieran después de que George hubiera sido encarcelado y –sobre todo– que las principales pruebas fueran unas cartas anónimas que supuestamente habían sido escritas por George y en las que se confesaba autor de los hechos. Los agentes, dirigidos por el capitán George Anson, jefe de policía de la Staffordshire, estaban seguros de haber hallado al culpable.

Tres años después, Edalji fue puesto en libertad. El Home Office, el Ministerio del Interior británico, había recibido dos peticiones –una firmada por diez mil personas y otra por un grupo de trescientos abogados– que alegaban su inocencia por falta de pruebas. Aun así, el caso estaba lejos de darse por cerrado. Puede que Edalji fuera libre como persona, pero seguía siendo considerado culpable. Antes de que lo arrestaran trabajaba de procurador y ahora no podía volver a ejercer su profesión.

En 1906, George Edalji tuvo un golpe de suerte: Arthur Conan Doyle, el famoso creador de Sherlock Holmes, se había interesado en su caso. Aquel invierno, Conan Doyle quedó en encontrarse con Edalji en el Grand Hotel de Charing Cross. Y en cuanto sir Arthur vio a Edalji desde el otro lado del hall, se desvaneció al instante cualquier duda que pudiera tener sobre la inocencia del joven. Como él mismo escribió después:

“[Edalji] ya había llegado a mi hotel para la cita y al venir yo con retraso pasaba la hora leyendo el periódico. Lo reconocí por su tez oscura y me detuve a observarlo. Sostenía el periódico cerca de los ojos y un poco de lado, lo que no solo era señal de fuerte miopía, sino también de marcado astigmatismo. La idea de que aquel hombre recorriera los campos por la noche y atacara al ganado evitando la vigilancia de la policía era ridícula… Ahí, en esa tara física, residía la certeza moral de su inocencia.”

¿De verdad alguien con tal astigmatismo y miopía era capaz de recorrer los campos mutilando animales por la noche?

Pero aunque Conan Doyle se quedó convencido, sabía que haría falta algo más para llamar la atención del Ministerio. Así que viajó a Greaty Wurley para reunir pruebas sobre el caso. Entrevistó a lugareños. Examinó las escenas de los hechos, las pruebas, las circunstancias. Se reunió con el cada vez más hostil capitán Anson. Visitó la vieja escuela de George. Examinó los anónimos supuestamente enviados por él y se vio con el grafólogo que había peritado su autoría. Luego preparó un informe con todos los datos y lo presentó en el Ministerio.

¿Las cuchillas ensangrentadas? Las manchas no eran de sangre, sino de herrumbre, y en todo caso no podían producir la clase de heridas que habían sufrido los animales. ¿La tierra en la ropa de Edalji? Nada que ver con la zanja donde el poni había sido hallado. ¿El experto en grafología? Ya en otras ocasiones había cometido errores que habían conducido a condenas injustas. Y, claro, estaba la cuestión de la vista: ¿de verdad alguien con tal astigmatismo y miopía era capaz de recorrer los campos mutilando animales por la noche?

Finalmente, en la primavera de 1907, Edalji fue absuelto de la acusación de maltrato animal. No fue la victoria total que Conan Doyle había esperado –George no tuvo derecho a indemnización por su arresto y su estancia en prisión–, pero era más que nada y Edalji pudo volver a ejercer. Según Conan Doyle, la comisión de investigación encontró que «la policía llevó a cabo su investigación no con el objeto de averiguar quién era el culpable, sino con el fin de hallar pruebas en contra de Edalji, porque ya daba por cierto que había sido el autor». En agosto de ese mismo año se creó el primer tribunal de apelación de Inglaterra con la misión de ocuparse de futuras condenas erróneas y el caso de Edalji fue uno de los principales motivos de su fundación.

Cuando oímos el nombre de Holmes nos vienen a la cabeza una serie de imágenes: la pipa, la gorra de cazador, la capa o el violín

Todos los amigos y conocidos de Conan Doyle se quedaron impresionados, pero ninguno dio tanto en el clavo como el novelista George Meredith. «No voy a mencionar el nombre del que sus oídos ya estarán hartos –dijo Meredich en alusión a Sherlock Holmes–, pero el creador del maravilloso detective amateur ha demostrado lo que es capaz de hacer en el mundo de lo real». Sherlock Holmes es obra de la imaginación, pero el rigor de su pensamiento es una realidad. Si se aplican correctamente, sus métodos dan lugar a cambios tangibles y positivos, y van mucho más allá del mundo del delito.

Cuando oímos el nombre de Sherlock Holmes nos vienen a la cabeza una serie de imágenes: la pipa, la gorra de cazador, la capa, el violín. Y su perfil aguileño, quizá como el de William Gillette, o el de Basil Rathbone, o el de Jeremy Brett, o el de cualquiera de los grandes actores que, con el paso de los años, se han envuelto en la capa de Holmes, incluyendo las versiones actuales de Robert Downey Jr. en el cine, o la de Benedict Cumberbatch en la serie Sherlock de la BBC. Sean cuales sean las imágenes que ese nombre suscite en la mente del lector, me atrevo a aseverar que la palabra psicólogo no estará entre ellas. Y puede que ya sea momento de que también la asociemos con él.

Es innegable que Sherlock Holmes es un detective sin igual. Pero su comprensión de la mente humana no tiene nada que envidiar a sus mayores hazañas en la lucha contra el crimen. Lo que nos ofrece Holmes no es solo una manera de resolver casos policiales. Es toda una manera de pensar que se puede aplicar en ámbitos muy alejados de los neblinosos y oscuros callejones londinenses. Es un enfoque basado en el método científico que trasciende por igual la ciencia y el delito, y que puede ser el modelo de una forma de pensar, e incluso de una manera de ser, que tiene tanta fuerza en nuestros días como en los tiempos de Conan Doyle. Creo que ese es el secreto del atractivo irresistible, universal e imperecedero de Holmes.

Si la aplicación del método científico estaba llegando a su apogeo, ¿por qué no habría de aplicarse a los principios del pensamiento mismo?

Cuando Conan Doyle creó a Sherlock Holmes no parece que le diera tanta importancia ni tuviera la intención de crear un modelo para pensar y tomar decisiones, para plantear, estructurar y solucionar problemas. Pero eso es, precisamente, lo que hizo. Más aún, creó al portavoz ideal de la revolución del pensamiento y de la ciencia que se había gestado en los decenios anteriores y que brillaría con fuerza en los inicios del nuevo siglo. En 1887, Holmes representaba una clase nueva de detective, un pensador sin precedentes que utilizaba su mente de una manera original. Hoy simboliza un modelo ideal para que mejoremos nuestra manera habitual de pensar.

Sherlock Holmes fue un visionario en muchos sentidos. Sus explicaciones, su metodología, su enfoque del pensamiento presagiaron los avances en la psicología y la neurociencia que iban a darse un siglo después de su aparición como personaje y más de ochenta años tras la muerte de su momento y su lugar en la historia. Si la aplicación del método científico estaba llegando a su apogeo en una amplísima variedad de ámbitos teóricos y prácticos –de la teoría de la evolución a los rayos X, de la relatividad general a la anestesia, del conductismo al psicoanálisis–, ¿por qué no habría de aplicarse a los principios del pensamiento mismo?

El resultado es el delito como objeto de una investigación estricta que se aborda desde los principios del método científico

Según Arthur Conan Doyle, desde el principio la idea era que Holmes fuera una personificación de lo científico, un ideal al que aspirar aunque nunca llegáramos a emularlo por completo (después de todo, ¿no está un ideal siempre un poco más allá de nuestro alcance?). El nombre mismo de Holmes nos revela una intención que va más allá del mundo del crimen: es muy probable que Conan Doyle lo eligiera en homenaje a uno de los ídolos de su infancia, el médico y filósofo Oliver Wendell Holmes, un personaje conocido tanto por sus escritos como por sus contribuciones a la medicina. Pero el carácter del detective estaba basado en otro conocido de Conan Doyle, el profesor Joseph Bell, famoso por su gran capacidad de observación. Se decía de él que había advertido de una sola mirada que un paciente era un suboficial recién licenciado de un regimiento escocés destinado en Barbados, y que comprobaba rutinariamente la capacidad de percepción de sus estudiantes con métodos que incluían la experimentación con sustancias tóxicas, algo que sonará muy familiar a los fans de Holmes. De hecho, Conan Doyle escribió a Bell: «En torno al eje de deducción, inferencia y observación que he oído que usted inculca, he creado un personaje que lo lleva hasta el extremo y, en ocasiones, incluso más allá». Es aquí, en la observación, la inferencia y la deducción, donde encontramos el núcleo de lo que hace que Holmes sea quien es, un detective distinto de cualquier otro anterior o posterior a él: el detective que elevó el arte de la investigación policial a la categoría de una ciencia exacta.

Conocemos por primera vez el método por excelencia de Sherlock Holmes en Estudio en escarlata, la primera novela donde aparece el detective. Pronto descubrimos que Holmes no ve los casos como los ven en Scotland Yard –unos delitos, unos hechos y algún sospechoso que llevar ante la justicia– porque en ellos ve algo más y algo menos al mismo tiempo. «Más» en el sentido de que los casos cobran un significado más general, como objetos de especulación e investigación en su sentido más amplio, como enigmas científicos, por decirlo así. Presentan unos contarnos que, inevitablemente, ya se han visto en casos anteriores y que, sin duda, se volverán a presentar, unos principios generales que se pueden aplicar a otros casos que a primera vista no parecen guardar relación. Y «menos» en el sentido de despojarlos de emociones o conjeturas –es decir, de elementos ajenos a la claridad del pensamiento– y darles un carácter objetivo, tan objetivo como pueda ser una realidad no científica. El resultado es el delito como objeto de una investigación estricta que se aborda desde los principios del método científico poniendo a su servicio la mente humana.

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