La francesa que pasó más de 10 años sin hacer el amor (y cómo cambió su vida)
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“ME VI EN UNA FOTOGRAFÍA Y ESTABA BRILLANDO”

La francesa que pasó más de 10 años sin hacer el amor (y cómo cambió su vida)

“Entre mis 27 y mis 39 años, no tuve sexo. Y no era infeliz. De hecho, me parecía que no hacer el amor era preferible a tener malas relaciones”.

Foto: Sophie Fontanel.
Sophie Fontanel.

“Durante un período de mi vida, entre mis 27 y mis 39 años, dormí sola. No tuve sexo. Y no era infeliz. Ni estaba frustrada. De hecho, me parecía que no hacer el amor era preferible a tener relaciones decepcionantes”. De esta manera arrancaThe Art of Sleeping Alone: Why One French Woman Suddenyl Gave Up Sex (Scribner), en el que la editora de la versión francesa de Elle, Sophie Fontanel, explica cómo fue su vida durante los doce años en los que mantuvo un riguroso celibato.

Es un arranque que parece competir con aquel de Henry David Thoreau en Walden, aquel que rezaba “cuando escribí este libro, vivía solo, en el bosque, en una casa que me había construido por mí mismo, en Walden”. Aunque la comparación parezca una frivolidad, al fin y al cabo, tanto la francesa como el transcendentalista americano encontraron en la retirada de las convenciones humanas una fuente de felicidad.

Como explica Fontanel en el libro, y al contrario de lo que suele ser habitual en la mayor parte de los casos contemporáneos de aceptación del celibato, la decisión de la periodista no fue una reacción transitoria ante una época de frenética promiscuidad, sino que tenía unas implicaciones más filosóficas. Su objetivo, ante todo, era “reconectar con sus sentidos” y “vivir una vida más suave”. Todo comenzó cuando, en plena sesión de esquí, rodeada por las montañas nevadas y los pájaros, se dio cuenta de que sus sentidos y su sensualidad estaban embotadas y sólo algunas experiencias, que no tenían nada que ver con lo sexual, le permitían ver y escuchar como si fuese la primera vez. Meta: recuperar el auténtico deseo sexual. Casi, casi como Thoreau.

Brillando en el celibato

“Fue muy fácil parar”, asegura la francesa, que añade que los resultados de su abstinencia fueron altamente positivos y la cantidad de cosas que aprendió, incalculable: “aprendí sobre mi cuerpo, sobre el papel del arte en el erotismo, sobre el poder de los sueños, sobre la suavidad de las ropas, sobre el consuelo y la importancia de la elegancia…” Fontanel recuerda, no obstante, que no acostarse con otras personas no implica necesariamente no tener sexo en absoluto. Al fin y al cabo, no se necesita otra persona para alcanzar un orgasmo.

No creo que cuanto más hagas el amor, mejor seas en ello

La primera experiencia sexual de Fontanel no fue precisamente satisfactoria: perdió la virginidad a los 13 años con un hombre 20 años mayor que ella, que la trató particularmente mal. Durante los siguientes quince años, la cosa no debió mejorar, y la autora se dio cuenta de que estaba desperdiciando su potencialidad sexual.

De lo que no cabe duda es que el celibato (o, como ella prefiere llamarlo, su “singularidad”) le sentó muy bien, al menos, en un primer momento. Comenzó a sentirse mucho más atractiva, a pesar de que no estaba disfrutando del consabido subidón de autoestima originado por el encuentro sexual con otra personae, incluso, llegó a percibirse de otra manera. Como explica ella misma, un buen día se dio cuenta, al observar una fotografía, que “estaba brillando”.

Una declaración de intenciones

Como indica Fontanel, existe una gran exigencia por parte de la sociedad en que mantengamos una vida sexual activa y, en muchos casos, promiscua. Pero la escritora francesa señala que es una visión muy conservadora de la sexualidad, que no admite que una bonita voz u observar a Robert Redford lavar los cabellos de Meryl Streep en Memorias de África (un ejemplo que ella misma cita) puedan ser fuentes de placer más poderosas que un coito apresurado. Desde luego, la lógica que la autora es implacable, y probablemente, bastante acertada: “No creo que cuanto más hagas el amor, más ganas tengas de hacer el amor, o cuanto más lo hagas, mejor seas en ello. Creo que cuantas más ganas tienes, mejor lo haces”.

Para la francesa, la castidad es una manera de escapar a la obsesión por el sexo presente en la sociedad actual

Existe otro problema en la sociedad contemporánea, según la autora: la “indiscreción”. La vida privada ya no existe, en cuanto que la gran cantidad de información personal a la que se puede acceder gracias a las nuevas tecnologías ha hecho disolverse las barreras entre lo público y lo privado. Pero existe una escapatoria posible, argumenta Fontanel: debido a que todo el mundo sabe lo que hacemos, podemos salvaguardar nuestra privacidad, simplemente, no haciendo determinadas cosas (como el amor). Para la francesa, su castidad era una manera de escapar a la obsesión por el sexo presente en la sociedad actual, liberarse de todas las presiones por ser una mujer sexualmente activa y recuperar la poesía que debería existir en todo encuentro carnal.

¿Estamos saturados por el sexo?

El libro ya había sido editado con anterioridad en Francia bajo el título de L’envie (El deseo), que se convirtió rápidamente en un best seller, lo que probablemente haya provocado su traducción al inglés. La respuesta tanto comercial como personal no dejó lugar a dudas: Fontanel se dio cuenta de que mucha más gente pensaba como ella. Como explicaba en la revista The Cut, “mucha gente, muchas mujeres (pero también hombres) se acercaban a mí para decirme que habían vivido experiencias semejantes a la mía, pero que no habían sido capaces de decírselo a nadie”. Por supuesto, las críticas negativas tampoco se hicieron esperar, y muchos la acusaron de vestir su falta de sex-appeal bajo la pátina de la castidad. Tampoco fue fácil para ella salir del armario de la castidad, ya que muchos hombres se sintieron asustados ante su liberación sexual “como si fuese virgen” (sic).

Su nueva pareja no tiene ningún miedo a los hábitos sexuales de Fontanel

¿Cómo puso fin Fontanel a su etapa de sequía? Cuando se encontró con un misterioso hombre que le preguntó “¿qué pasaría si nos enamoramos?” Como explica en las páginas finales del ensayo, cuando puso la mano “en un lugar en el que hacía tiempo que no la ponía, me sentí mucho más segura”. En una reciente columna publicada en The New York Times, Fontanel explicaba que esa persona que había conocido no tenía ningún miedo a sus costumbres sexuales y, de hecho, se sentía reconfortado por las “excitantes expectativas” de la francesa. ¿Habrá merecido la pena la espera?

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