Por qué un cuerpo sano nos permite tener una mente sana
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Por qué un cuerpo sano nos permite tener una mente sana

Durante la pasada década, tras numerosos estudios realizados con animales y personas, se ha comprobado que el ejercicio físico mejora la capacidad de aprender y recordar.

Foto: El ejercicio físico nos afecta a la hora de codificar nuevas informaciones. (Corbis)
El ejercicio físico nos afecta a la hora de codificar nuevas informaciones. (Corbis)

Durante la pasada década, tras numerosos estudios realizados con animales y personas, se ha comprobado que el ejercicio físico mejora la capacidad de aprender y recordar. El mens sana in corpore sano de toda la vida, vaya, pero con pruebas científicas. No obstante, los detalles específicos de esta relación entre cuerpo y mente se mantenían en una nebulosa que nadie había conseguido descifrar. ¿Es bueno el ejercicio previo o posterior a la concentración mental? ¿Durante cuánto tiempo debemos ejercitarnos? ¿Se trata de una actividad intensa o relajada? Las anheladas respuestas a esas preguntas (“por favor, por favor, que sea beneficioso un ejercicio físico relajado y breve…”) ya están aquí.

Dos nuevos estudios han abordado estas cuestiones. Ambos concluyen que la duración y la intensidad de cada actividad pueden, sin lugar a dudas, afectar a nuestra capacidad cognitiva, aunque no necesariamente de manera beneficiosa (hay esperanza para los más vagos).

Los estudios

El primero y más ambicioso se publicó en mayo en PLoSOne. En primer lugar, se reunió a 81 mujeres jóvenes y sanas cuya lengua materna era el alemán y, aleatoriamente, se las dividió en tres grupos. Cada uno de estos grupos llevaba cascos y escuchó durante 30 minutos listas de pares de palabras: un nombre común alemán y su equivalente polaco. Las mujeres debían memorizar la palabra que desconocían.

Sin embargo, las circunstancias de la escucha variaban según los grupos. El primero realizó la escucha tras haber estado sentado tranquilamente durante 30 minutos. El segundo había montado en una bicicleta a ritmo apacible durante 30 minutos y después se sentó y se puso los auriculares. El tercer grupo montó en la misma bicicleta durante el mismo tiempo a un ritmo intenso y escuchó las palabras mientras realizaba el ejercicio.

La diferencia entre las mujeres que habían hecho ejercicio y las que no era notable

Dos días más tarde, las alemanas respondieron a unos test acerca de su nuevo vocabulario. Todas ellas podía recordar algunas palabras nuevas, pero las mujeres que habían montado en bici mientras escuchaban los pares fueron las que mejores resultados obtuvieron: habían hecho ejercicio moderado al tiempo que tenía lugar el proceso de memorización. Tenían claramente mejor recuerdo de la nueva información y la diferencia era notable con el grupo de aquellas que habían hecho ejercicio antes de aprender nuevas palabras.

Los resultados parece que no dejan lugar a dudas. No obstante, contrastan considerablemente con los hallazgos que se presentaron en mayo en el encuentro anual del American College of Sports Medicine en Indianápolis.

En este caso, once universitarias leyeron un capítulo denso de un libro de texto de la facultad en dos ocasiones: primero, sentadas tranquilamente y, otro día distinto, mientras hacían ejercicio enérgicamente en una máquina elíptica durante 30 minutos. Inmediatamente después de cada sesión, las estudiantes realizaban un test sobre lo que acababan de leer. Dicho test se realizaba de nuevo al día siguiente de cada prueba.

Las conclusiones del estudio revelaron que el ejercicio no ayudaba a la memorización, al menos a corto plazo. Los resultados del test eran peores cuando éste se realizaba inmediatamente después de la actividad física, sobre todo comparados con los de aquellas que habían leído tranquilamente sentadas. Sin embargo, resulta curioso comprobar que los test realizados un día después obtenían resultados iguales en las mujeres que habían leído sentadas y las que lo habían hecho mientras practicaban ejercicio.

Las conclusiones

Maren Schmidt-Kassow es profesora en el Instituto de Psicología Médica en la Universidad Goethe de Frankfurt y dirigió el primero de los estudios (el de las bicicletas), donde el ejercicio durante el aprendizaje resultaba tremendamente efectivo. Como afirma la profesora, el efecto beneficioso probablemente responde a la suavidad del ejercicio. “Una actividad suave en intensidad implicará niveles de excitación psicológica bajos pero notables, lo que ayudará a preparar al cerebro para la entrada de nueva información, y para la codificación de dicha información en recuerdos”, dice Schmidt-Kassow.

Si tienes un examen en pocas horas, probablemente lo harás mejor si permaneces sentado y tranquilo

En la misma línea, la profesora indicaba que un ejercicio demasiado enérgico puede estimular en exceso el cuerpo y el cerebro, monopolizando todas las fuentes de atención cerebrales y dejando poca energía para la creación de recuerdos sólidos. Esto explicaría, además, por qué en ambos estudios los resultados son mejores cuando ha transcurrido un día desde la realización del ejercicio.

Aunque las nuevas averiguaciones no responden a todas las preguntas, hay datos prácticos que sustraer de estas investigaciones, al menos en opinión de Walter Bixby, profesor asociado en la Elon University de Carolina del Norte que supervisó el segundo de los estudios mencionados. “Si tienes un examen”, dice Bixby, “en pocas horas, probablemente lo harás mejor si permaneces sentado y tranquilo. No obstante, si el examen es al día siguiente, no te hará mal estudiar mientras estás activo”. Y si esa actividad física es suave, probablemente te ayude en los resultados del examen. Hay que hacer ejercicio, pues, pero sin pasarse.

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