¿EXISTE LA BARRERA DE LAS 15 LENGUAS?

La era de los 'hiperpolíglotas' o las personas que más idiomas dominan

Ampliamente conocida, y quizá algo estereotipada, es la dificultad de muchos de nuestros compatriotas para aprender inglés, ya no digamos para adquirir una tercera o una

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La era de los 'hiperpolíglotas' o las personas que más idiomas dominan
Ampliamente conocida, y quizá algo estereotipada, es la dificultad de muchos de nuestros compatriotas para aprender inglés, ya no digamos para adquirir una tercera o una cuarta lengua. Cuanta menos necesidad tenemos de expresarnos en otro idioma para hacernos entender, menos probable es que nos veamos obligados a aprender dicha lengua. Sin embargo, un nuevo libro señala que no tiene por qué ser así y que el conocimiento de nuevas lenguas puede ser una afición como otra cualquiera.

Bajo el nombre de Babel No More (es decir, “Nunca más Babel”), Michael Erard se ha propuesto localizar a lo largo y ancho de todo el planeta a las personas que conocen un mayor número de lenguas. Y se ha topado con unos cuantos casos bastante peculiares que contradicen a aquellos que señalan que la única finalidad de conocer un idioma es que nos sirva como herramienta para hablar con los que nos rodean.

La era de los hiperpolíglotas

El propio autor se define a sí mismo como “un monolingüe con derecho a roce”, por lo que se muestra sorprendido ante algunas de las historias que ha descubierto en el transcurso de su investigación. Es el caso, por ejemplo, de Emil Krebs, un diplomático alemán destinado en China que se dice que sabía entre 32 y 68 idiomas. Su capacidad era tal que se conservó su cerebro después de su muerte con el objetivo de someterlo a análisis científicos. Algo semejante ocurre con Graham Cansdale, que debido a su papel de traductor en la Comisión Europa, es capaz de defenderse en 14 idiomas distintos, así como entender otros tantos. En estos casos, se puede afirmar que su vasto conocimiento de las lenguas le sirvió para su propia dedicación laboral, pero no siempre la aplicación inmediatamente práctica es la que nos conduce a aprender un nuevo idioma.Hale considera que uno sólo puede afirmar conocer una lengua cuando se conoce toda la cultura a la que pertenece

Es lo que ocurre con el filólogo John Vandewalle, que en 1987 se alzó con el premio al mayor políglota en la ciudad de Flandes, después de demostrar que era capaz de defenderse en más de 22 idiomas diferentes. El jurado no daba crédito después de comprobar que podía mantener conversaciones de diez minutos de duración con hablantes nativos de todas esas lenguas. Aunque quizá los casos más llamativos sean los de Ken Hale y el cardenal Giuseppe Mezzofanti, que con sus más de cuarenta idiomas hablados, encabezan el ranking de Erard. El primero es un lingüista del MIT de Massachusetts que, aunque afirma que sólo puede defenderse en tres idiomas (entre los que se encuentra el español, pero también el walpiri, hablada por los indígenas de Australia), ello no ha impedido que sus colegas creen un mito alrededor de su capacidad lingüística. Al contrario que otros de los personajes que aparecen en el libro, a Hale no le gusta alardear de sus conocimientos, aunque sus colegas afirmen haberle visto hablar finés después de ojear un libro de gramática de dicho idioma.

Más controvertido es el caso de Mezzofanti, un cardenal y lingüista italiano que vivió durante los siglos XVIII y XIX, y de quien se afirmaba que era capaz de expresarse en más de cuarenta lenguas distintas. Todo surge de una biografía que afirmaba que el religioso conocía 14 lenguas que nunca había llegado a emplear, 11 en las que podría mantener una conversación, otras nueve en las que se manejaba razonablemente bien y 30 que manejaba a la perfección. Sin embargo, Hale se toma la leyenda como eso mismo, un mito difícilmente comprobable.

¿Mito o leyenda?

La duda sobre si es posible conocer tantas lenguas y no fallecer en el intento es razonable. Como señalan los neurocientíficos consultados por Hale, no existe un límite para la cantidad de idiomas que podemos aprender, más allá del tiempo que vivamos. Sin embargo, factores externos como la necesidad de utilización de dicha lengua o internos como la facilidad personal para adquirir un nuevo idioma o la motivación para hacerlo resultan clave en los casos expuestos en el libro.

La mayor parte de estos hiperpolíglotas no superan la barrera de las quince lenguas; más allá, resulta muy complicado conocer en profundidad otra lengua. Conocer dos idiomas parecidos ayuda, por supuesto, aunque hay a quien le gusta pensar que saber decir “hola”, “adiós” y “ponme una copa” equivale a saber un idioma. Quizá sea necesario recordar la tesis de Hale, que consideraba que uno sólo puede afirmar saber una lengua cuando conoce todas las implicaciones culturales que existen en la misma. Siguiendo esa regla de tres, quizá muchos no sepamos ni siquiera una.
Alma, Corazón, Vida
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