Un (breve) paseo por la historia oculta de los edificios madrileños
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LA EVOLUCIÓN SECRETA DE LA CAPITAL

Un (breve) paseo por la historia oculta de los edificios madrileños

“La segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX representan la época más terrible de la arquitectura española. La Gran Vía, por ejemplo,

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Un (breve) paseo por la historia oculta de los edificios madrileños

“La segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX representan la época más terrible de la arquitectura española. La Gran Vía, por ejemplo, es una sucesión de pastiches infumables que solo se salva gracias al gran Antonio Palacios (Casa Matesanz, rehabilitación hotel Avenida o Círculo de Bellas Artes, ya en la calle Alcalá)”. Así de directo y mordaz se muestra a El Confidencial Ricardo Aroca (Murcia, 1940), quien fue decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura y uno de los proyectistas más reconocidos del panorama arquitectónico de los últimos tiempos. Aroca se adentra en la historia de Madrid a partir de un itinerario urbano en su último ensayo, La historia secreta de Madrid (Espasa). Una reflexiva aproximación a la ciudad a través de sus personajes y edificios que, además de despertarnos los sentidos, “nos hablan” del devenir histórico dela ciudad. 

El legado dinástico de Carlos III (siglo XVIII)

Aroca presta especial atención a la herencia arquitectónica de los monarcas ilustrados Felipe VI y su hermano Carlos III, que “supieron rodearse de los mejores arquitectos del momento”, principalmente Ventura Rodríguez y Juan Villanueva. “Ellos fueron los verdaderos artífices de la etapa más importante para la definición de Madrid. Sin ellos la corona no hubiese tomado conciencia de que Madrid ya no era un pueblo grande, sino una capital, por lo que ponen todo su empeño en que realmente lo parezca”.Carlos III prohibió construir a los sujetos por lo general incapaces

La apuesta de Carlos III por transformar la capital en una bella urbe llega hasta el punto de que prohíbe el ejercicio de la arquitectura a “los sujetos por lo general incapaces”. Unas marcadas exigencias de las que surgieron vistosas joyas como el Palacio Real, el Salón del Prado o la Puerta de Alcalá. Sin embargo, existen otros rincones exquisitos como “el conjunto de actuaciones que se produce en el tramo sur del antiguo arroyo de la Fuente Castellana”. El jardín botánico de Sabatini, las Cuatro Fuentes, la extinta Puerta de San Vicente o el Hospital General son otras de las construcciones destacables de la época.

Las 'Plazuelas' de Bonaparte (principios siglo XIX)

 La imposición del monarca José Bonaparte unos años después significó la ampliación de espacios urbanos al “derribar algunas iglesias y monasterios para construir plazas”. Una actitud por la que Aroca defiende el mote de ‘rey de las Plazuelas’, “mucho más merecido que el de ‘Pepe Botella’”. Si bien, la Plaza de Oriente, la de Santa Ana o la de los Mostenses se deben a su piqueta. Más tarde, Fernando VII dejó su huella más visible en la Puerta de Toledo,aunque a él también se debe la terminación del Gabinete de historia natural y su transformación en lo que hoy es el Museo del Prado.

Los albores del siglo XX

Con la llegada de la revolución denominada “La Gloriosa”, que pone fin al reinado de Isabel II, las posesiones reales se convierten en patrimonio público. A partir de este momento comienza el período “más horrible” arquitectónicamente hablando, según matiza Aroca. Exceptuando algunas excepciones, como el Palacio de Comunicaciones (de Cibeles, desde 2011), y el Banco Español del Río de la Plata, cuya construcción simultaneó Antonio Palacios.

La Iglesia, desde la conquista hasta nuestros días

La influencia de la Iglesia en la configuración de la ciudad merece para Aroca un capítulo aparte. Los poderes religiosos se complementaron con la católica monarquía española, que siempre dio pública fe de su piedad a través de la fundación de monasterios, santuarios, colegiatas o templos. Sin embargo, la tendencia de la época a destruir y construir provocó que muchos de estos edificios no hayan llegado a nuestros días, lamenta el arquitecto. La implantación cristiana más antigua de la ciudad estaba donde hoy se encuentra el edificio neobizantino del Panteón de Hombres Ilustres, junto a la estación de Atocha, cuya data se remonta a la de los primeros asentamientos en el siglo IX.Atocha albergó el primer santuario de la capital en el siglo IX

El primer monasterio que se erige después de la conquista cristiana es el de Santo Domingo de Silos (mediados del siglo XII), en un arrabal al nordeste de la ciudad, pero que fue demolido en el sexenio revolucionario, dejando un solar en el que Fernando Arbós edificó la actual Caja de Ahorros y Monte de Piedad, en la plaza del Celenque. En 1212 los frailes dominicos fundan el convento de Santo Domingo el Real, casi al mismo tiempo que el de San Francisco. De la mano de EnriqueIV vendría el monasterio de San Jerónimo el Real, que fue el germen del Palacio del Buen Retiro.

El de las Descalzas se fundó en 1559, que sigue habitado por monjas, pero abierto al público para visitar su magnífica exposición de arte. El fin de la fundación de conventos llegaría en 1774 cuando Carlos III decide expulsar a los jesuitas. La Desamortización de Mendizábal en 1836 y la destrucción producida por la ocupación de las tropas francesas hizo el resto.

La actual Catedral de Madrid, iniciada en 1879 y consagrada en 1993 por Juan Pablo II, no levanta demasiada devoción en Arroyo. Quizá por la impronta de Kiko Argüello, “más conocido en los medios del integrismo católico que en los del arte”.

La “arquitectura financiera” (1950-2008)

De la época contemporánea poco se salva para el gusto de Aroca. La denominada “arquitectura comercial” impulsada por las promotoras tuvo el problema, dice, de que “construyen prácticamente todo Madrid sin hacer apenas uso de los excelentes arquitectos que tenían a su disposición, salvo contadas excepciones como la de Vallehermoso con Luis Gutiérrez Soto”. Las últimas décadas todavía son más decadentes, según la óptica de Aroca, que denomina arquitectura financiera: “La vivienda se convirtió en un bien financiero y de lo que se trató fue de producir, en lugar de construir, y cuántas más viviendas mejor, como sise tratase de algodón”.Las promotoras construyeron todo Madrid al margen de los excelentes arquitectos que había

Aroca lamenta que no importase para nada durante el boom inmobiliario ni la creatividad ni el servicio social que para él deben tenerlas viviendas. “Solo contaba el número”. Además, este “disparate” convivía con otro que, pese a ser más minoritario no dejó de ser, para el arquitecto, más perversa: “En las viviendas de promoción oficial se instauró el principio de que cuanto más raras y más caras mejor para mayor gloria de los príncipes del Renacimiento con dinero ajeno”.

Las rehabilitaciones, el futuro

Las palabras de Aroca no inspiran demasiado optimismo sobre el futuro de la arquitectura. Si bien cree que ha tocado techo, reconoce que se comienza a palpar “una sociedad madura que comienza a ver que lo que se debe hacer es remodelar las construcciones y sustituyendo unos servicios por otros”.La ciudad debe abandonar el lastre que supone “el péndulo de la construcción y destrucción. Ahora toca conservar y remodelar las edificaciones”, insiste.En la promoción oficial el principio era que cuanto más raro y caro, mejor

Unos argumentos para los que pone como ejemplo la rehabilitación del Matadero de Madrid o, más atrás en el tiempo, la reconversión del antiguo Hospital General de Madrid en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. “Hay que esforzarse por hacer más actuaciones en edificios construidos para un fin ahora obsoleto y poder así darles un nuevo uso”, concluye.