LA EVOLUCIÓN SE HA DETENIDO: NO TENEMOS RIVALES

“Ser inteligentes tiene un precio para nuestra especie”

El 11 de junio de 1983, un grupo de paleontólogos españoles presentó a la comunidad científica un hallazgo espectacular. Habían descubierto un cráneo que, según creían,

Foto: La obesidad es sólo uno de las lacras que sufrimos por haber avanzado demasiado rápido. (Corbis)
La obesidad es sólo uno de las lacras que sufrimos por haber avanzado demasiado rápido. (Corbis)

El 11 de junio de 1983, un grupo de paleontólogos españoles presentó a la comunidad científica un hallazgo espectacular. Habían descubierto un cráneo que, según creían, pertenecía al ser humano más antiguo que se había encontrado en Eurasia. El hombre de Orce, localidad granadina dónde se descubrió el fósil, se hizo mundialmente famoso. Jordi Agustí (Barcelona, 1954) fue uno de los científicos que participó en el hallazgo y uno de los responsables, casi cinco años después, de realizar una nueva identificación que dio al traste con el mismo. El Hombre de Orce resulto ser algún tipo de equino, pero Agustí aprendió entonces, tal como ha reconocido a El Confidencial, que “la realidad es tozuda y la historia siempre acaba poniendo las cosas en su sitio”. Hoy sabemos que en el yacimiento de Orce sí hubo humanos, que además dejaron sus herramientas, y la cuenca se ha convertido en uno de los puntos de referencia para estudiar las primeras poblaciones humanas.

Han pasado 30 años del descubrimiento del malogrado hombre de Orce y Agustí, que por entonces acababa de doctorarse, es hoy un destacado paleontólogo, responsable de investigación del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES). Actualmente trabaja en el yacimiento de Dminisi (Georgia) donde, esta vez sí, se han descubierto los homínidos más antiguos de Eurasia. En su último libro, El precio de la inteligencia (Crítica), escrito en colaboración con Enric Bufill y Marina Mosquera, realiza un repaso a los descubrimientos más relevantes sobre la evolución humana de los últimos tiempos, centrándose en uno de sus problemas más fascinantes: ¿cómo ha evolucionado la mente para que el hombre sea lo que es hoy? Y, lo que es incluso más importante, ¿seguirá evolucionando?

Luchando contra el retraso genómico

“En el ser humano se da un fenómeno, la plasticidad neuronal, que no se produce en el resto de primates”, asegura Agustí. “Nuestras conexiones neuronales están mucho más extendidas. Un chimpancé a los seis años ya tiene el cerebro completamente estructurado, algo que no ocurre en el hombre hasta pasados los 20 años y, en muchas ocasiones, en toda su vida. Esto es una ventaja evolutiva de cara a nuestro éxito como especie, pues podemos aprender toda la vida, pero se convierte en un hándicap en edades avanzadas. Llevamos un modo de vida que hace que vivamos más de lo que estamos adaptados a hacerlo de forma natural. Por eso se desarrolla, entre otras cosas, el alzhéimer”.

Desde el Neolítico vamos a una velocidad gigantesca. Nuestros genes no han tenido tiempo de adaptarse

Este fenómeno se conoce como retraso genómico. En resumidas cuentas, explica Agustí, “llevamos un tipo de vida que no es para el que nos adaptamos originalmente”. Es por esto, cuenta el paleontólogo como ejemplo, por lo que tenemos tendencia a desarrollar diabetes: “Evolucionamos como depredadores y por ello, al igual que el resto de animales cazadores, tenemos niveles altos de azúcar en sangre, que para nuestro tipo de vida actual no necesitamos. Nuestra evolución social y cultural ha sido exponencial y los cambios evolutivos requieren decenas o centenares de miles de años. Desde el Neolítico vamos a una velocidad gigantesca. Nuestros genes no han tenido tiempo de adaptarse”.

Desde su aparición, el Homo sapiens se ha extendido por toda la Tierra, dominando el planeta, modificándolo y adaptándolo a sus necesidades. El hombre, como especie, ya no debe enfrentarse a ningún peligro pero, a consecuencia de esto, su evolución se ha detenido: ya no actúa la selección natural. “No es imaginable que pueda aumentar significativamente el volumen de nuestro cerebro”, explica Agustí, “pues no actúan las presiones de la selección. Sobreviven todos los individuos, no sólo los más aptos”. Pese a esto, reconoce el paleontólogo, la plasticidad neuronal da un cierto margen de juego: “Hay pequeñas evidencias de evolución desde el Neolítico. A grandes rasgos se ha detenido, pero hay aspectos en los que hay plasticidades, pequeñas mejoras”.

Evolución vs. extinción

La evolución del hombre ha estado siempre ligada a los cambios ambientales. Las glaciaciones obligaron a los distintos homínidos a adaptarse y emigrar, dando lugar a nuevas especies y, finalmente, a la aparición del ser humano tal como lo conocemos. Ahora el Homo sapiens se enfrenta a un nuevo desafío ambiental: el calentamiento global. Muchos científicos piensan que éste puede tener consecuencias desastrosas para el ser humano. Agustí es algo más optimista al respecto, pero no es ajeno al desafío que tenemos entre manos: “El hombre en concreto ya no es tan dependiente del componente climático como en el pasado. Aunque éste tiene efectos muy nocivos para la biosfera, lo que provocó la extinción de algunos de nuestros antepasados fueron los enfriamientos, no los calentamientos. No quiero que se malinterpreten mis palabras, pero a la vida le va mejor el calentamiento que el enfriamiento. A nivel biológico no va a influir mucho, pero sí en otras esferas. Va provocar desertización y hambrunas. Mientras tengamos recursos para corregir estos impactos no será un gran problema, pero en las zonas desérticas, y sobre todo en África, puede provocar grandes migraciones”.

Hemos modificado el ambiente pero ahora podemos modificarnos a nosotros mismos, también a nivel cerebral

Teniendo en cuenta que la evolución del hombre se ha detenido, muchos pensadores aventuran, en una máxima que se ha repetido a lo largo de la historia, que el ser humano será el que causará su propia extinción. Agustí asegura que “nuestra historia es un empeño constante por extinguirnos los unos a los otros”, pero aún así cree que la posibilidad de que acabemos con nuestra propia especie no es realista: “Para que una especie se extinga por completo se debe restringir su rango de distribución, algo que parece impensable en el caso del Homo sapiens. Somos una especie tan prolífica y extendida que se me hace difícil pensar un mecanismo creado por nosotros mismos que provoque nuestra extinción. Nadie sabe si mañana aparecerá un virus devastador, pero siempre habrá algunos individuos resistentes. Pero, aunque no parezca factible la extinción, puede haber grandes crisis y se puede diezmar la población”.

Alterando la evolución mediante la tecnología

El paleoantropólogo José María Bermúdez de Castro, uno de los máximos responsables del yacimiento de Atapuerca, explicó a El Confidencial hace unos meses que el destino del hombre está en manos de la tecnología, pues sólo podremos mejorar la especie gracias a ella. Agustí respalda sus palabras: “Es un tema muy delicado, pero tarde o temprano va a estar sobre la mesa. Desde que se ha descifrado el código genético tenemos unas posibilidades enormes de intervención. Hemos modificado el ambiente pero ahora podemos modificarnos a nosotros mismos, también a nivel cerebral. Se plantearan ciertos problemas éticos, pero está claro que puede llevar a muchas mejoras en el día a día. Vamos a ser capaces de dirigir nuestra propia evolución”.

¿Y cuánto falta para llegar a este punto? “El debate va a ser inevitable, pero tampoco es inminente. No estamos todavía en ese nivel. Conocemos el código genético, el alfabeto, pero las funciones de cada gen se van descifrando poco a poco”. 

Alma, Corazón, Vida
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