“Un ‘tweet’ de mal gusto no es una amenaza terrorista”
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“Un ‘tweet’ de mal gusto no es una amenaza terrorista”

Cuando el pasado martes la cuenta de Twitter del periodista de The Independent Guy Adams fue suspendida, la red social no tardó en comenzar a echar

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“Un ‘tweet’ de mal gusto no es una amenaza terrorista”

Cuando el pasado martes la cuenta de Twitter del periodista de The Independent Guy Adams fue suspendida, la red social no tardó en comenzar a echar fuego. El pecado cometido por el corresponsal del rotativo inglés en Los Ángeles fue publicar la dirección de correo electrónico de Gary Zenkel, el ejecutivo de la NBC responsable de la retransmisión de los Juegos Olímpicos de Londres. Según Adams, era el causante de que “los Juegos aún no hayan dado comienzo”, aludiendo a los errores que la cadena estadounidense ha cometido durante la cobertura de la competición olímpica, sugiriendo a los aficionados que pudiesen explicaciones directas en dicha dirección de correo electrónico.

Las reacciones a la cancelación de la cuenta del periodista no se hicieron esperar, especialmente por el hecho de que Adams no hubiese recibido ningún aviso previo a su suspensión: fue interpretado como un ataque a la libertad de expresión por parte de la NBC. Al fin y al cabo, el periodista se había mostrado particularmente crítico con la cadena, que fue la que denunció dicho mensaje. El propio Adams había manifestado su malestar “ya que dicha decisión parece contraria a la política de la empresa”. Así que el miércoles Twitter se vio obligado a reabrir la cuenta y a publicar un comunicado en el que aclaraba lo que le había llevado a suspender temporalmente la cuenta.

“Nos vemos en la obligación de pedir perdón en lo que nos concierne. Nuestro equipo, que se encuentra colaborando estrechamente con la NBC, identificó un tweet que violaba nuestra reglamentación y animó a la cadena a rellenar una queja contra el mismo, tal y como se ha publicado”, señalaba el abogado general de la compañía, Alex Macgillivray en una nota publicada en el blog de Twitter. La NBC también ha manifestado que la suspensión de la cuenta del usuario no se encontraba entre sus intenciones, y han retirado la denuncia. La cuenta de Guy Adams vuelve a estar en funcionamiento, pero la polémica ha vuelto a abrir una vez más el debate sobre los límites de Twitter, la libertad de expresión en las redes sociales y cuáles deben ser las estrategias de actuación de las empresas en un contexto relativamente nuevo. Al fin y al cabo, tal como recuerda Alex Macgillivray, la pregunta que deberían hacerse es “si deberíamos haber considerado un email corporativo como información privada”, ya que dicha dirección no era la personal del ejecutivo de la NBC.

Stephen Fry manifestó que le preocupaba que la justicia no distinguiese entre una broma y una amenaza realEsta polémica coincide con que diferentes deportistas olímpicos hayan sido expulsados durante los últimos días por sus publicaciones en la red social. Uno de los últimos ha sido el futbolista suizo Michel Morganella, que tras vencer a Corea del Sur, escribió “al infierno con esos subnormales”. Unos días antes, la atleta griega Voula Papachristou fue enviada de vuelta a casa después de escribir que “con tantos africanos en Grecia, los mosquitos del Nilo al menos podrán comer comida casera”. Ambos deportistas han sido expulsados por las federaciones de sus propios países, que han considerado inadmisibles los comentarios “racistas” de sus representantes. La controversia ha sido mucho menor en estos casos, ya que pocos han puesto en duda lo ofensivo de dichas manifestaciones públicas.

¿Humor o terrorismo?

La semana pasada, Paul Chambers era absuelto por unanimidad en lo que ha sido considerado como un importante paso adelante en la legislación británica sobre las redes sociales. Todo empezó el mes de enero de 2010, cuando el joven escribió en Twitter: “¡Maldita sea! El aeropuerto Robin Hood está cerrado. ¡Tenéis una semana para arreglarlo o prometo que haré volar pos las nubes al aeropuerto!” Un feroz, aunque irónico comentario, sobre la frustración que sentía el joven al verse incapaz de tomar un avión desde la ciudad de Doncaster, cuyo aeropuerto se encontraba cerrado. Poco después, el usuario fue arrestado por la policía de South Yorkshire y se le impuso una multa de mil libras, basándose en la Communications Act de 2003, que prohíbe explícitamente el envío de “mensajes ofensivos, indecentes, obscenos o amenazantes”. Un par de años después, el caso ha llegado al Tribunal Superior, donde la sentencia ha sido muy diferente. En ella, el juez Lord Igor Judge ha manifestado que “hemos concluido que, de manera objetiva, no se podía interpretar que este mensaje expresase claramente una amenaza”, por lo que Chambers ha sido puesto en libertad, una decisión recibida por gran parte de la sociedad británica como “un triunfo de la libertad de expresión”.

Existen diez millones de usuarios de Twitter en Inglaterra, por lo que no se trata tan sólo de la libertad de Paul“Los comentarios maleducados, satíricos o iconoclastas, ya se refieran a temas triviales o serios, y por mucho que nos puedan parecer desafortunados o hirientes, seguirán siendo permitidos y no deberían ser afectados por la legislación”, señaló el tribunal, que añadía que dicha ley de 2003 “no crea ningún tipo de incompatibilidad de nuevo cuño con el principio esencial del presidente Roosevelt, la libertad de expresión”. La sentencia manifestó que el polémico tweet no era más que “parte de una conversación” entre el acusado y sus seguidores en la red social. Chambers se encontraba preso en la cárcel de Doncaster, y había recibido multitud de apoyos por parte de sus compatriotas –el polémico tweet fue reenviado unas 4.000 veces–, entre los que figuraban un gran número de humoristas, que consideraron que el caso podría sentar las bases para una persecución indiscriminada del humor cibernético.

¿Una legislación obsoleta?

Entre dichos actores se encontraba el célebre humorista Stephen Fry (Los amigos de Peter, V de Vendetta), que apareció en el tribunal junto a Chambers y manifestó su preocupación por “que la justicia no sea capaz de distinguir entre una broma y una amenaza real”, y se mostró feliz por la decisión tomada por el tribunal. Fry participó en un concierto que tuvo lugar en el Teatro de Bloomsbury londinense para recaudar fondos para la defensa de Chambers. También Al Murray, uno de los monologuistas británicos más célebres, escribió en la red social tras conocerse el resultado: “Alivio colosal en el juicio. En diez años alguien escribirá una opereta sobre lo ridículos que éramos a principios del siglo XXI. Soy un gran admirador del absurdo y este caso lo tiene todo. Existen diez millones de usuarios de Twitter en Inglaterra, por lo que no se trata tan sólo de la libertad de Paul, sino de la libertad de diez millones de ingleses”. Precisamente el abogado de Chambers apeló al arte y la literatura para defender la inocencia de su acusado, cuando se preguntó si habría que prohibir las obras de William Shakespeare al haber escrito “matemos a todos los abogados” en su drama histórico Enrique VI.

Lo que esta sentencia pone de manifiesto es que las categorías establecidas para cierto tipo de contextos no deberían aplicarse de la misma manera en los nuevos contextos sociales que la tecnología ha hecho aparecer. En el año 1996, el juez estadounidense Frank H. Easterbrook manifestó su rechazo a la necesidad de crear una nueva legislación sobre la red, algo que consideró absurdo, ya que la ley habría de poder aplicarse igual en todos los ámbitos de la sociedad. En su ponencia realizada en la Universidad de Chicago Ciberespacio y la ley del caballo, el magistrado sugirió que era tan absurdo legislar para la red como hacerlo “para los caballos”, ya que de esa forma se arriesgaba a caer en “una multidisciplinariedad diletante”, y que “la mejor forma de aplicar la ley a un entorno concreto es estudiar las reglas generales”. Esta parece haber sido la tendencia generalizada durante los últimos años, pero sentencias como la de Chambers parecen estar cambiando las cosas. Sin embargo, la sentencia de Lord Judge no desmiente a Easterbrook: el caso del desafortunado tweet no exige una nueva legislación, sino una aplicación diferente de la existente.