"Un mundo sin políticos que mientan es imposible"
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POR QUÉ NO NOS DICEN LA VERDAD

"Un mundo sin políticos que mientan es imposible"

“El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen como verdades, que el crimen parezca respetable y para darle consistencia a lo que es puro

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"Un mundo sin políticos que mientan es imposible"

“El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen como verdades, que el crimen parezca respetable y para darle consistencia a lo que es puro viento”. Son palabras del escritor y periodista George Orwell, que en su ensayo La política y la lengua inglesa (1946) las hacía extensivas “a todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas”. Nacido en 1903 y testigo generacional privilegiado de los argumentos con que los políticos justificaron las Guerras Mundiales, el Holocausto, las purgas estalinistas o las bombas atómicas, entre otras atrocidades, Orwell juzgó el embuste del gobernante algo “propio de nuestro tiempo”. Lo cierto es que en política, la mentira es tan vieja como el caballo de Troya o tan moderna como el Watergate, el caso Lewinsky y las aún cuestionadas armas de destrucción masiva.

Los políticos necesitan mentir

Existen ocasiones estratégicas donde la mentira es mejor herramienta política que la verdad

“No creo que sea posible un mundo sin mentiras”, explica a El Confidencial John Mearsheimer, autor de la recientemente publicada Por qué mienten los políticos (Why leaders lie, ed. Duckworth). Para este profesor de ciencia política en la Chicago University, si la mentira es consustancial a la política no es pese a, sino gracias a que la democracia es nuestro sistema de gobierno, y no cree que haya mucho que pueda hacerse al respecto: “Los líderes mienten a veces por razones egoístas, pero también porque en ocasiones hay buenas razones estratégicas para faltar a la verdad, bien sea ante otros líderes, bien ante el pueblo”.

La mayoría de la gente, según Mearsheimer, “se siente muy incómoda en el terreno de la mentira porque tienden a pensar que está moralmente mal. Pero los resultados de mi investigación sugieren que cuando la mentira es por razones estratégicas para el país, el individuo deja la dimensión moral en un segundo plano”.

La entidad ideológica de la mentira

La mentira pervive en política gracias al 'perdón ideológico'

Y es que la mentira, de ordinario un concepto ético, se convierte en política en una cuestión ideológica. Con frecuencia, los ciudadanos nos sentimos inclinados a justificar e incluso participar en las mentiras del político con quien sentimos afinidad ideológica, a quien perdonamos su embuste porque lo aducimos a esa actitud un tanto abstracta que denominamos sentido de Estado. “No hay ninguna duda de que mentir puede servir a los intereses nacionales de un país”, sentencia Mearsheimer. “El problema potencial viene cuando los líderes dicen mentiras que ellos creen que sirven a los intereses de un país”.

Según el experto, el perdón ideológico es el balón de oxígeno de las mentiras políticas. Gracias a él, la realidad se convierte en un punto de vista y faltar a la verdad a conciencia –que es lo que diferencia un error de una mentira– deja de ser una práctica injustificable para convertirse en algo que está bien o mal dependiendo de su contribución a nuestra causa ideológica.

Esto explica en parte la convivencia en el discurso político de certezas que son excluyentes entre sí. En agosto de 2010, por ejemplo, una encuesta realizada por la cadena CBS arrojó el dato de que un 59% de estadounidenses opina que su país “no hizo lo correcto” al acudir a la guerra de Iraq. Una semana más tarde, la cadena Fox publicaba otra encuesta de elaboración propia donde la conclusión era exactamente la contraria: que un 58% de los americanos pensaba que la nación “hizo lo correcto” cuando se embarcó en la empresa iraquí. Los datos de participación en protestas que publican las instituciones o el relevo entre Gobiernos de diferente partido político son otros escenarios políticos donde, con frecuencia, se emiten dos versiones de una misma verdad.

La mentira es una parte fundamental de la mitología nacionalista

Y es que en política, la mentira es mucho más que una simple práctica: "El error histórico" –como lo llamó sutilmente el intelectual francés Ernest Renan– "es un factor crucial en la creación de cualquier nación". En su libro, Mearsheimer explica que en los dos últimos siglos, "numerosos grupos étnicos y nacionalistas han establecido o intentado establecer su propio estado, comúnmente llamado estado nación. Durante el proceso, estos grupos han construido mitos sagrados acerca de su pasado que les presentan de modo favorable mientras hacen un retrato poco amable de otros grupos nacionales [...]. Inventar estos mitos y abastecerse de ellos requiere invariablemente mentir acerca del registro histórico y sobre los propios eventos políticos contemporáneos". Para Mearsheimer, en suma, no se escapa nadie: las propias naciones llevan la mentira escrita en su ADN.

La importancia del destinatario

La cuestión, según el experto, es no dramatizar. No vivimos en el infierno relativista que muchos pintan ni tampoco en una distopía orwelliana. Mearsheimer, por el contrario, habla de una “cultura de la deshonestidad”, fomentada por un tipo concreto de mentira: la que un político cuenta a su propio pueblo. “Es un peligro muy serio, porque la confianza es algo esencial para que un país funcione eficientemente, especialmente si se trata de una democracia”.

Mentir es más frecuente en política exterior

Por el contrario, la mentira entre diplomáticos o entre líderes a nivel internacional es más recurrente y menos sancionada. “No hago ningún juicio moral acerca de si la mentira es aceptable en política internacional”, advierte  Mearsheimer. “Como punto de partida asumo que mucha gente cree que sus líderes mienten constantemente y que las mentiras son malas para el país. Lo que quería es que la gente entendiera que los políticos no mienten con tanta frecuencia y que cuando lo hacen, normalmente es porque creen que beneficia a la nación”.

Algo, según el experto, que abunda en los propios intereses de la casta política, a la que sí reprocha su escaso esfuerzo pedagógico y su mensaje –quizás, una mentira más– de que la pulsión del sentido de Estado es “patrimonio exclusivo del político”, que cree que no tiene más remedio que mentir al ciudadano. Las mayorías votantes, explica Mearsheimer, “entenderían perfectamente y estarían de acuerdo con muchas políticas sólo con que se les explicasen debidamente: en la mayoría de los casos, no hay necesidad de que les mientan acerca de ellas”.