NACE EN ESPAÑA 'EL CLUB DEL ARISTÓCRATA'

"Tenemos que recuperar una idea integral de la elegancia"

¿Pueden el traje, el esmoquin, el chaqué o el frac usarse indistintamente? La respuesta es no. Los dos primeros están reservados para situaciones festivas y los

Foto: Tenemos que recuperar una idea integral de la elegancia
"Tenemos que recuperar una idea integral de la elegancia"

¿Pueden el traje, el esmoquin, el chaqué o el frac usarse indistintamente? La respuesta es no. Los dos primeros están reservados para situaciones festivas y los dos últimos, para ocasiones solemnes. Y a su vez, depende de la hora del día: el traje y el chaqué son conjuntos diurnos mientras que el esmoquin y el frac son para la noche. Si es hombre y desconocía este detalle, desconocía también una de las convenciones más básicas en materia de moda clásica masculina.

El Club del Aristócrata, que se constituye esta noche en un acto inaugural en el Hotel Intercontinental de Madrid, nace precisamente para recuperar pañuelos, gemelos, tweed y conjuntos tres piezas y divulgar algunos de los aspectos normativos de la moda clásica masculina. Un canon estético desconocido por muchos y rehuido desde hace tiempo por las firmas más comerciales que hoy, a principios del siglo XXI –y al calor de la moda de lo retro, aunque cada vez como valor en sí mismo– vuelve tímidamente a nuestros armarios.   

Según explica su vicepresidente, Lucio Rivas, la creación de este colectivo busca “agrupar a un núcleo reducido de personas en torno a la elegancia y determinados valores un poco olvidados”, al modo de los tradicionales clubes de caballeros ingleses. Para Rivas, “la elegancia es un concepto global con muchas manifestaciones. La primera y la más vistosa es el vestir, pero ésa es solo una. También hablamos de un estilo de vida, de una forma de comportarse”. Por esa razón, explica, el Club del Aristócrata pretende programar en la capital una serie de eventos divulgativos más allá de lo puramente textil –incluyendo relojería, enología o zapatería, entre otras– e introducir a España en unos circuitos especializados de los que, de momento, está excluida.

La democratización de la elegancia

En el siglo XIX el estilo dejó de ser cuestión de cuna y se convirtió en una materia carismática

Los clubes de dandis son una asignatura pendiente que nuestro país tiene con la moda del hombre desde su mismo origen, hace más de dos siglos. El pionero del bien vestir masculino –y para muchos, el primer dandi de la historia– fue el londinense George Bryan Brummell, más conocido como Beau Brummell, al que sus coetáneos de principios del XIX llegarían a considerar el ministro de la moda gracias a su amistad personal con el príncipe regente –y después rey– Jorge IV.

El monarca inglés, un hombre de gustos estéticos extraviados, se dejó vestir por Brummell cuando accedió a la Regencia. Poco después, los aristócratas del país empezaron a imitar el estilo brummelliano, caracterizado por la renuncia a la suntuosidad y la abundancia textil, la implantación de un lazo al cuello para acompañar los trajes –que hoy llamamos corbata– y sobre todo, la innovadora idea de que lejos de ser una simple apariencia, la elegancia es un estilo de vida que implica necesariamente higiene, conocimientos y una perfecta desenvoltura social. Brummell, que desproveyó al estilo masculino de su dimensión de cuna para convertirlo en algo más relacionado con el carisma, también sería uno de los primeros presidentes de Watier’s, el famoso club de caballeros que Lord Byron apodaría para la historia como The Dandies Club.

Trabajar y tener 'glamour' se hizo compatible a lo largo del siglo XX

Si algo ha caracterizado la evolución del canon del estilo desde entonces es la progresiva democratización de la elegancia. Con frecuencia se comenta que uno de los puntos de inflexión en esta revolución lenta que empezaría Brummel lo marcaría la modista francesa Coco Chanel al sacar en 1957 su primer par de zapatos –en este caso, para mujer–: los exitosos dos tonos eran de color blanco pero tenían una innovadora puntera en negro que evitaba que la punta se manchase, como suele ocurrir si, por ejemplo, caminamos sobre suelo mojado. Este detalle, en apariencia insignificante, vino a consolidar la idea de que en el siglo XX, el estilo y el glamour ya no eran sólo exclusivos de aquellos que podían permitirse no trabajar y por lo tanto, no mancharse.

Vuelve el estilo

Lo cierto es que la del dandismo es la historia de un éxito. Oscar Wilde, Charles Baudelaire o Prosper Mérimeée, entre otros, reivindicarían su condición gallant, mientras algunos de los personajes más emblemáticos de la literatura de los últimos siglos –como Jay Gatsby, James Bond, Sherlock Holmes o el conde Dracula– bien podrían tenerse por dandis de manual. En nuestra era, a principios del siglo XXI, asistimos a una revitalización de la figura del dandi, que celebramos en personajes como el carismático Bartney Stinson –un obseso de los trajes, protagonista de la serie de CBS Cómo conocí a vuestra madre– o la celebrada Mad Men, una ficción de AMC indisolublemente unida –en su realización y en su estrategia de promoción– a la reivindicación del estiloso canon estético de finales de los años 50.  

Muchos de los grandes personajes masculinos de la literatura son dandis

En materia de estilo, “estamos dejando de valorar los excesos propios del auge económico”, explica para El Confidencial el Aristócrata, gurú de la moda masculina clásica y autor del célebre blog del mismo nombre. “Es una vuelta a los orígenes” que tiende a corregir la que es, según el experto, la gran desviación que la estética de nuestro tiempo practica respecto al canon clásico: la dejadez. “Ahora vestimos con excesiva relajación. La comodidad se ha convertido en el valor supremo”.

El especialista, cofundador también del club que se constituye en Madrid, opina que vestirse “es un signo de respeto hacia los demás”. No se trata, explica, de “ir a la piscina en traje, del mismo modo que no vamos al teatro en bermudas”. A la hora de elegir qué aspecto dar, el experto aconseja atender a dos variables básicas: el lugar al que vas y las personas con las que vas a compartir tu tiempo. Vestirte “de cualquier manera”, comenta, no es la mejor manera de notar tu respeto por los que te rodean, aunque advierte que tampoco lo es “pretender vestirse mejor que los demás”. Se trata, apunta, de una cuestión de buen gusto y acomodo a la situación.

Alma, Corazón, Vida
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