IMPOTENCIA Y SÍNDROME METABÓLICO

Previniendo la disfunción erectil

Entre las causas no sexológicas de impotencia es bien conocido que la hipertensión arterial, los altos niveles de colesterol, la diabetes mellitus y la obesidad constituyen

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    Entre las causas no sexológicas de impotencia es bien conocido que la hipertensión arterial, los altos niveles de colesterol, la diabetes mellitus y la obesidad constituyen los enemigos más frecuentes de la erección en el varón. Estos cuatro jinetes del Apocalipsis sexual se han dado en considerar agrupados en el llamado “síndrome metabólico o síndrome X” y constituyen la principal causa de muerte en los países occidentales, a través de sus complicaciones.

    La disfunción eréctil afecta a entre el 12,1 y el 18,9% de los varones adultos entre 25 y 70 años y genera, junto a marcado sufrimiento, volúmenes de negocio ingentes gracias a la utilización de fármacos como el sildenafilo (la pastillita azul) o sus derivados más modernos (vardenafilo y taladafilo). Todos estos medicamentos actúan mejorando la llegada de sangre a los cuerpos cavernosos del pene. Dicho efecto se consigue impidiendo la acción de una enzima (la fosfodiesterasa 5), lo que permite que aumente la concentración de óxido nítrico, sustancia que a su vez dilata los vasos sanguíneos genitales y del resto del cuerpo. De este efecto vasodilatador se derivan sus riesgos más importantes, que tienen lugar en personas que utilizan otros fármacos como los nitratos, por ejemplo por patología cardiaca coronaria (angina de pecho o infarto de miocardio).

    El misterio de la falta de deseo

    A pesar de que todo lo anterior constituye uno de los hallazgos de investigación más relevantes de la década de 1990, junto a la dificultad en obtener o mantener la erección para obtener unas sensaciones suficientemente placenteras en el encuentro amatorio o durante la masturbación, sigue siendo una incógnita por qué la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia o la obesidad podían producir lo que muchos sujetos aquejaban además de la disfunción eréctil propiamente dicha, esto es, su falta de deseo.

    La psicosexología ha venido hipotetizando y basando gran parte del abordaje terapéutico de la impotencia en que los miedos o reacciones traumáticas a las experiencias de fracaso originaba una forma de “complejo” en el varón interesado que le conducía a anular “cerebralmente” el deseo sexual, en un intento de evitar nuevas frustraciones. Proponía, por tanto, a través de técnicas conductuales, disminuir la ansiedad ante la realización de la actividad amatoria y facilitar una espontaneidad imprescindible para una buena respuesta sexual. No obstante, su postura maximalista de cambiar el foco de atención de la pareja o del individuo que consultaban, muchas veces acababa por desdeñar –voluntaria o involuntariamente- el motivo de consulta del interesado, más que resolviendo el problema, intentando disimularlo en una mejoría global de otros muchos terrenos de bienestar, actividad convivencial y percepción amplia de la idea de placer.

    Nuevas investigaciones

    Un estudio reciente realizado a partir del análisis de 384 varones en el Hospital Clínic de Barcelona por García-Cruz y otros especialistas del Departamento de Urología de este centro y publicado en Enero del 2012 en el Internacional Journal of Impotente Research encuentra una disminución persistente y significativa de los niveles de testosterona en varones con factores de riesgo cardiovascular como la hipertensión, la hipercolesterolemia y la obesidad. De igual modo, los datos obtenidos muestran que esta disminución de los niveles de esta hormona –la sustancia química más consistentemente relacionada con el deseo erótico– es tanto más profunda cuantos más factores de riesgo de los mencionados coinciden en la persona.

    Las implicaciones preventivas de este estudio y de otros internacionales que han constatado resultados similares son de gran relevancia, porque demuestra que la influencia de factores dietéticos y de estilo de vida (sedentarismo y tabaquismo, entre ellos) son de gran influencia en la prevención de la disfunción eréctil. Una mejor actuación sobre los mismos evitarían sufrimientos y gastos innecesarios.

    Así, es práctica común que cuando los factores de riesgo ya se han instituido y cronificado, el objetivo global de normalizar los parámetros de tensión arterial, colesterol en sangre y de peso, va a ser evitar las complicaciones cardiacas coronarias o sobre la vascularización cerebral de unas arterias rígidas, obstruidas o con tendencia a soltar coágulos. Si bien estas estrategias se han constituido en habituales entre los médicos de atención primaria, la evaluación y actuación sobre la función eréctil no sólo no es contemplada como una prioridad, sino que se suele subestimar.

    Esta actitud no puede ser más peligrosa, ya que los antihipertensivos son causa de impotencia: disminuir la presión arterial complica aún más la llegada de sangre a unos vasos sanguíneos estrechados que requieren el aflujo y la adecuada salida de la misma. Se complican así situaciones en las que concurre un síndrome metabólico con factores de riesgo cardiovascular, la utilización de los antihipertensivos que inducen disfunción eréctil y la automedicación mediante Viagra, Levitra o Cialis, fármacos que, sin control especializado, pueden producir angina de pecho e incluso infarto agudo de miocardio en quienes ya toman otros tratamientos vasodilatadores por patología coronaria. Y es entonces, cuando la pescadilla se muerde la cola, valga la expresión.

    Javier Sánchez García*. Médico psiquiatra y sexólogo. Salud y Bienestar Sangrial.

    Alma, Corazón, Vida
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