LOS DIRIGENTES, SU HIPOCRESÍA Y SU REPRESENTACIÓN EN EL CINE

"No seas ingenuo, los políticos no son más que unos cínicos arribistas"

“La dignidad importa, la integridad importa…” Son ecos de un discurso electoral, vibrantemente pronunciado por el senador Howard Dean (George Clooney), aspirante a la presidencia de

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"No seas ingenuo, los políticos no son más que unos cínicos arribistas"
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    “La dignidad importa, la integridad importa…” Son ecos de un discurso electoral, vibrantemente pronunciado por el senador Howard Dean (George Clooney), aspirante a la presidencia de EE.UU. (en la nueva película dirigida por George Clooney, Los idus de Marzo) cuya verdad entrevemos a través del rostro impávido de su asesor electoral (Ryan Gosling), un tipo frío al que han borrado toda ilusión. Su recorrido por los desolados paisajes de la política profesional será también el nuestro, hasta acabar encontrándonos con un mundo sin alma construido desde el puro interés y las acciones calculadas. Bien podría decirse que la película no habla de otra cosa que del precio que se debe abonar para formar parte de la política, y su mensaje es explícito: si quieres jugar el juego, debes pagar con tu alma.

    De la justicia a la paranoia

    Pero esa no ha sido la visión tradicional que el cine americano nos ha traído de su gobierno y de quienes lo integran. En la producción cinematográfica del Hollywood clásico, las visiones sobre el mundo de la política distaban mucho de ser tan apocalípticas. Incluso cuando reconocían las distorsiones que aparecían en los asuntos públicos, no dejaban de abrir puertas por las que entraban las soluciones. El ejemplo más evidente fue el Caballero sin espada de Frank Capra, donde la creencia en los fundamentos del sistema que sostenía un individuo justo y tenaz acababa con el juego sucio de fondo que imperaba en Washington.Y esa era también la perspectiva habitual. Los personajes típicos del cine estadounidensede los años 40 y 50, las familias del periodo acumulativo del fordismo que componían el sueño americano, requerían de dirigentes centrados, racionales y honestos. Y el cine solía dárselos.

    Para esta visión, quienes dirigen el juego político son una panda de hipócritas que venderían a cualquiera

    Los 70 fueron tiempos de cambio, y esa relación dialéctica entre el hombre común y la alta política cobró nuevas expresiones, encarnadas en distintas versiones de la paranoia social que había arraigado tras los asesinatos de los Kennedy y de Martin Luther King. Oscuros complots, tramas secretas e intereses ocultos se esconderían tras las decisiones de quienes dirigen el mundo, que raramente coinciden con quienes están al frente de los gobiernos, y que son implacables, no dudando en eliminar a cualquiera que se cruce en sus planes. El mejor resumen aparecía en el largometraje europeo I como Ícaro (Henri Verneuil, 1979): quien que se acercaba mucho a la verdad del poder, acababa abrasado. La tendencia, que había dado títulos europeos notables como Z (Costa-Gavras, 1969), tuvo su máxima expresión en EEUU, donde brotaron obras como El último testigo (Alan J. Pakula, 1974) o Los tres días del Cóndor (Sidney Pollack, 1975), que encontraron su prolongación en títulos como Network, un mundo implacable (Sidney Lumet, 1976) que nos hablaban de la relación directa entre estos poderes ocultos y los medios de comunicación.

    Los malos siguen al frente

    Nuestra época dista mucho de conservar en sus narraciones esa perspectiva, aún cuando no la haya borrado del todo. Hoy impera la mezcla, lo que supone que podemos encontrar casi de todo.Tenemos las visiones hagiográficas propias de las viejas producciones, que reaparecen hoy en glosas de dirigentes homosexuales (Harvey Milk), o del tercer mundo (Invictus); lecturas en clave de complot de la actualidad más reciente, pero trasladada al documental (desde las populares Fahrenheit 9/11 y Bowling for Columbine, de Michael Moore hasta Loose Change, de Dylan Avery, pasando por obras cercanas al ensayo, como El poder de las pesadillas, de Adam Curtis); y narraciones estándar enfocadas a asuntos políticos del pasado, caso del Maccarthysmo (Buenas noches y buena suerte).

    Resulta imposible que una película tenga un protagonista honesto y que acabe bien

    Sin embargo, la tendencia dominante en las creaciones culturales de nuestro tiempo no es ninguna de las habituales. Para esta versión, como bien nos muestra Los idus de marzo, la política es un mundo lleno de podredumbre, donde las creencias deben dejarse totalmente de lado y en el que se ha de ser por completo pragmático. Quienes dirigen el juego político son hipócritas que venderían a cualquiera, madres incluidas, por lograr sus objetivos. La realidad última que encontraríamos tras las bambalinas no abandonaría la paranoia, ahora dibujada de un nuevo modo. Los malos siguen al frente, pero ya no se trata de seres avariciosos que trazan planes ocultos para conquistar el mundo, sino de hombres comunes que obtienen poder y dinero mediante el engaño, cínicos arribistas que pervierten las creencias bienintencionadas de la gente normal y que saben que la única ley que funciona es la del más fuerte.

    La visión ideológica

    Lo malo de esta perspectiva no es hasta qué punto se repite en la mayor parte de las creaciones culturales contemporáneas, sino el grado enque ha penetrado en la mente del ciudadano común. Todo el mundo está convencido de que la única verdad de la política la constituyen el cinismo y el arribismo, y que negar esa visión es caer en un mundo de pura fantasía. En esa tesitura, resulta imposible que el protagonista de una narración cultural sea alguien equilibrado, honesto y que la historia acabe bien. Si nos encontrásemos algo así, pensaríamos que estamos ante un simple cuento de hadas.

    Hoy es ‘cool’ tratar instrumentalmente a los demás

    Lo peculiar de esta desconfianza contemporánea es su peculiar soberbia. Pensar que la vida estaba llena de finales felices, como nos mostraba el Hollywood clásico,  era demasiado ingenuo, pero caer en la posición contraria no es una opción mucho mejor. En la vida cotidiana se cruzan buenas y malas personas, gestos nobles y viles, empatía y crueldad, por lo que negar uno de los dos extremos no hace nuestras historias más reales. Podemos poner un aspecto por delante del otro, pero será fruto de una visión ideológica, y no de una mayor cercanía con la realidad.

    “Todo el mundo lo hace”

    En segundo lugar, esta visión descreída del mundo ignora conscientemente la potencialidad de la creación, que pone en pie artefactos culturales que mueven nuestros sentimientos y que generan potentes identificaciones que acaban por transformar el suelo al que se dirigían. Hablar de lo que debería ser nos ayuda a ponernos en marcha hacia ese objetivo, por más que la realidad sea muy distinta (o precisamente por ello).

    Sn embargo, el problema a que nos conduce tanto cinismo es todavía más grave. Pensar que los demás son una panda de hipócritas interesados es una construcción ideológica que acaba autorizándonos a tratarles como tales. Excusas como “Se lo han merecido” “Son ellos o yo”, “Todo el mundo lo hace”  son las habituales que utilizan los más corruptos para justificar sus acciones. Generalizar este tipo de pensamientos nos lleva hacia una sociedad en la que es cool tratar instrumentalmente a los demás. Te dirán, así son las cosas, pero no es cierto: es la justificación de quien tiene la conciencia sucia.

    Alma, Corazón, Vida
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