De tal padre, tal marido
  1. Alma, Corazón, Vida
¿BUSCAMOS PAREJAS QUE NOS RECUERDEN A NUESTROS PROGENITORES?

De tal padre, tal marido

“Mi padre era de lo más cariñoso, y un hombre muy generoso. He tenido la suerte de encontrar una pareja igual”, cuenta Natalia, feliz, poco después

Foto: De tal padre, tal marido
De tal padre, tal marido

“Mi padre era de lo más cariñoso, y un hombre muy generoso. He tenido la suerte de encontrar una pareja igual”, cuenta Natalia, feliz, poco después de su boda. Pero lo que ella considera ‘suerte’ es seguramente el producto de una búsqueda inconsciente: la de un hombre que se parezca a su progenitor, a su primer modelo amoroso, a su referente masculino primigenio.

Los padres y las madres son las primeras figuras amorosas y de ellos aprendemos en la infancia lo que después de una reelaboración en la adolescencia será nuestro patrón de comportamiento”, explica la psicoanalista Carmen Atance.

Por eso, continúa, hombres y mujeres en la misma medida, buscan que sus parejas “reproduzcan los rasgos de esos personajes primarios”, es decir, evoquen a su madre, en el caso de ellos, y a su padre, en el caso de ellas.

Lo cual significa que, aunque uno se considere completamente libre a la hora de elegir pareja y se fije sobre todo en características manifiestas (carácter, personalidad, aspecto físico, etc.), en realidad está sumamente condicionado por un “trasfondo incontrolable”, un subconsciente que le exige una condición: que sea como papá o como mamá.

Sin embargo, el psicólogo y terapeuta familiar Miguel Hierro considera que más que ese poderoso inconsciente, lo que dirige los deseos y pasiones de las personas hacia parejas que proyecten el comportamiento de sus padres es la herencia social y la estructura cultural.

Buscar de mayores lo que aprendimos de niños

“Cuando somos niños la relación afectiva nos influye mucho, y aprendemos a querer, demostrar amor y dejar que nos quieran de modo que, cuando somos jóvenes/adultos y establecemos relaciones amorosas, buscamos patrones de relación compatibles con nuestros aprendizajes”, asegura.

Esos comportamientos que hemos visto e interiorizado en casa serán los que “van a marcar las expectativas” en el futuro. Por eso, si una niña ve a diario cómo su padre se desvive por hacer feliz a su madre, ella buscará en un futuro un hombre que le dedique toda su atención. O si un niño crece en un ambiente violento, considerará normal un comportamiento agresivo con su pareja.

Aunque ésa sea la regla general, como recuerda el psicólogo, “el propio proceso de aprendizaje personal puede modificar dichas expectativas. Por ejemplo, un hombre puede esperar que su mujer tenga lista la cena cuando llega a casa por la tarde porque es lo que ‘aprendió’ en su casa; pero ese mismo hombre puede aprender a no esperar la cena, incluso a prepararla él, como resultado de su crecimiento personal”.

Pero si uno no alcanza ese grado de consciencia a la hora de identificar las señales de su inconsciente lo más normal es que tienda a repetir aquello que ha vivido, aquello que conoce, porque lo lógico es que una persona se sienta cómoda en ambientes y situaciones que controla. “Buscamos lo que conocemos y si nos encontramos con algo muy diferente, por lo general, nos bloqueamos”, explica Hierro.

Por eso, el modelo de relación de pareja que hemos visto en casa es el que más confianza nos da, aquel en el que sabemos manejarnos. “Podríamos decir que ‘si mi pareja actúa como mi madre, sólo tengo que imitar a mi padre’, lo cual facilita mucho las cosas”, añade Hierro.

Y pone otro ejemplo: “si en mi casa siempre hemos sido de gritar poco y hablar mucho, cuando me encuentre con una mujer que grite con frecuencia, seguramente, no estaré a gusto”.

Aunque hay que tomarlas con cautela, por lo general las estadísticas apoyan estas teorías y demuestran que los hijos de padres maltratadores suelen ser violentos con sus familias, que los niños de parejas divorciadas se separan más que los de matrimonios longevos, y que los pequeños cuyos padres les abandonaron tienden a prestar poca o ninguna atención a sus descendientes.