Hijos violentos: lo han tenido todo y ahora no saben tolerar la frustración
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LA AGRESIVIDAD DE LOS JÓVENES CONTRA SUS PADRES HA AUMENTADO EN LOS ÚLTIMOS AÑOS

Hijos violentos: lo han tenido todo y ahora no saben tolerar la frustración

¿Qué pueden hacer unos padres amedrentados por unos hijos agresivos para romper el círculo de violencia en casa? La denuncia es en muchas ocasiones un paso

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Hijos violentos: lo han tenido todo y ahora no saben tolerar la frustración

¿Qué pueden hacer unos padres amedrentados por unos hijos agresivos para romper el círculo de violencia en casa? La denuncia es en muchas ocasiones un paso difícil o ‘exagerado’, pero la inacción tampoco es una opción. Por eso un equipo de psicólogos, psiquiatras, educadores y trabajadores sociales ha decidido montar un centro donde las familias conflictivas puedan encontrar un refugio, solucionar sus problemas y aprender a convivir.

El Programa Recurra-Ginso tiene como objetivo dar respuesta a una demanda social que cada año es mayor. “Si en 2006 hubo unas 2.000 denuncias de padres contra sus hijos, en 2010 fueron ya 8.000, y eso que se estima que sólo denuncia el 8% de los padres maltratados”, explica a El Confidencial Eduardo Atarés, director técnico del programa.

La violencia paterno-filial es un grave problema muy difícil de resolver en el seno de la familia, pues nace precisamente en él. Atarés asegura que, en general, los adolescentes que se vuelven agresivos contra sus padres son incapaces de tolerar la frustración. “Son chavales que lo han tenido todo de pequeños, se les han concedido todos los caprichos, y cuando los padres intentan establecer un límite por primera vez, no saben asumirlo”, explica.

Los adolescentes reaccionan entonces canalizando su frustración ante el ‘no’ a través de la agresividad psíquica o física. Algunos se ‘limitan’ a insultar a sus padres o amenazarles, pero otros van más allá y llegan a encerrarles en alguna habitación, fugarse de casa si no se les consiente todo o incluso robar a sus familiares. Y eso por no hablar de los casos más graves, los que recurren a los golpes contra sus progenitores.

Pero no son los adolescentes los únicos culpables de pretender imponer su voluntad a golpes. Los padres tienen su parte de culpa, ya que la mayoría de ellos no ha sabido enseñar a sus hijos que no todo está a su disposición. Unos padres ausentes o excesivamente permisivos suelen criar a niños ‘mimados’ y muy vulnerables que, en cuanto se enfrentan a la novedad del ‘no’, se rebelan tal y como la sociedad les ha enseñado: por la fuerza.

Frente a la violencia, disciplina y cariño

Para mitigar el efecto de una educación laxa, explica Atarés, lo más efectivo es una delicada (y complicada) combinación de disciplina y cariño. “A los adolescentes hay que establecerles unos límites claros, coherentes y consecuentes. Los necesitan para desarrollarse de manera adecuada y, aunque a veces nos parezca todo lo contrario, ellos mismos los piden”, asegura Atarés. Además, recuerda, es muy importante mantener sanos los cauces de comunicación familiar, que suelen estar muy dañados en este tipo de situaciones (lo cual complica, a su vez, la solución del conflicto).

Para conseguir reconducir a esos adolescentes que, incapaces de aceptar los límites tardíos, se revuelven contra ellos con violencia, se ha creado el Programa Recurra.

La idea es atender en el espacio Campus Unidos a jóvenes de 12 a 17 años que, voluntariamente, decidan acogerse al programa. “Al principio es difícil que cedan pero conseguimos hacerles ver que esto también es bueno para ellos, aunque lo soliciten sus padres”, explica el director técnico. Efectivamente suelen ser los padres los que recurren a este tipo de iniciativas (escasas en España) cuando se resisten a poner una demanda judicial contra los hijos. “Pero al final ellos mismos se dan cuenta de que no quieren vivir en una casa donde sólo hay gritos y golpes continuamente”, asevera.

Así, quienes quieran obtener orientación pueden llamar a un teléfono gratuito, donde les atenderá un psicólogo que puede ofrecer las pautas educativas necesarias para solventar una situación leve. En caso de que la situación sea más grave, el psicólogo citará a la familia para un encuentro con los especialistas, que tendrán que evaluar el conflicto y decidir si el joven puede entrar en el programa.

Si entra, podrá alojarse en uno de los cuatro chalets de 10 plazas que se han preparado y participará en las actividades dirigidas que el equipo, liderado por el psicólogo Javier Urra (el primer defensor del menor en la Comunidad de Madrid) ha diseñado. Sin descuidar su formación académica (a distancia, mediante clases impartidas en el mismo centro o bien acudiendo a los institutos de la zona) los adolescentes harán distintos tipos de terapias (individuales, familiares o de grupo) y tomarán parte en excursiones, deportes y otros tipos de ocio, siempre tutelados y con especialistas.

Aunque Atarés recalca la flexibilidad del programa, la estancia mínima en Campus Unidos es en principio de dos meses, y la máxima de nueve. De momento el coste puede resultar alto para muchas familias (3.500 euros al mes) pero la asociación está buscando métodos de financiación para poder ayudar a quienes no puedan costearse el programa. “No es nada elitista, queremos que todo el mundo pueda entrar porque la violencia filio-parental se da en todos los estratos sociales”, asegura.

La implicación de la familia es un factor clave para el éxito del programa, porque la convivencia no es cosa de una sola persona. “Necesitamos que los padres vengan y participen de las terapias y las actividades”, recalca el director.