El lenguaje de cada cuerpo

El diccionario de gestos y posturas que emplea el cuerpo humano para comunicarse es objeto de estudio y debate en los negocios y en el amor.

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El lenguaje de cada cuerpo
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    El diccionario de gestos y posturas que emplea el cuerpo humano para comunicarse es objeto de estudio y debate en los negocios y en el amor. Desde estudios científicos rigurosos hasta libros de dudosa veracidad, son muchos los que prometen que pueden saber lo que una persona piensa o siente simplemente por observar sus gestos. Así nos venden libros sobre cómo vender más o ligar mejor.

    Pero eso de que si uno da la mano en tal postura significa una cosa, y si cruza las piernas de tal manera resulta otra distinta no deja de ser una simplificación digna de ignorantes o vende-motos. Otro ejemplo de nuestra estúpida manía de reducir millones de años de evolución a un manual ‘para tontos’ a memorizar en un par de horitas. Otro enorme misterio de la vida sepultado bajo las cegueras del arrogante raciocinio intelectual.

    Para empezar no hay dos cuerpos iguales, y aunque existan reacciones físicas universales a ciertas emociones, cada persona interpreta la misma situación de modos completamente diferentes. Cada cuerpo superpone y combina dichos gestos y posturas básicos según un ritmo y cadencia que varían completamente de una persona a otra. Son los mismos colores, pero cada uno pintamos un cuadro completamente diferente. 

    Para seguir ni siquiera entendemos bien lo que nuestro cuerpo intenta decir porque su lenguaje no es racional, sino simbólico, caótico y tan incomprensible como lo son nuestros sueños. Pensar que un guiño significa siempre complicidad es tan simplista como creer que en los sueños la luna siempre simboliza a una bruja, por ejemplo.

    Nuestro cuerpo habla a través de sensaciones físicas constantemente, desde una tensión sutil y difusa en el pecho hasta un dolor punzante en la mano que aparece durante semanas y luego desaparece sin más. Hoy la medicina admite que muchas enfermedades tienen un componente somático importante, pero nos empeñamos tanto en mitigar los síntomas de la enfermedad que no hacemos caso alguno a lo que intenta comunicarnos nuestro cuerpo. La aspirina silencia el dolor de la mano y perdemos la oportunidad de entender lo que nuestro cuerpo intentaba decir.

    Bettina, una consultora inteligente de treinta años con buena presencia y especializada en el sector energético, me contactó para mejorar sus habilidades comerciales hace unos meses. Al hablar apartaba la vista constantemente, lo que quitaba fuerza a su discurso y dejaba a sus interlocutores perplejos y poco implicados con la conversación. ¿Qué importaba lo que dijeran los dichosos manuales de interpretación del cuerpo? Bettina no podía mantener la vista en su interlocutor, y no era por desprecio, ni defensa, ni nada parecido. El problema era precisamente que Bettina no sabía por qué lo hacía ni cómo dejar de hacerlo.

    El cuerpo de Bettina le estaba diciendo con mucha claridad que el contacto visual directo era demasiado intenso, incluso insoportable. En lugar de ignorar este mensaje como había hecho siempre, Bettina empezó a escuchar y poner atención a todas las sensaciones que surgían en su cuerpo cada vez que intentaba mantener la vista fija en otra persona. Trabajamos durante varios meses en las técnicas de escucha de sus percepciones corporales que permitieron a Bettina comprender el por qué de ese reflejo tan fuerte.

    Mirarse a los ojos no era común en la familia original de Bettina, y según siguió explorando le vinieron recuerdos infantiles en los que miraba a los ojos a su madre y sentía emociones muy intensas y difíciles. Bettina comprendió que su cuerpo apartaba la vista de los clientes porque había aprendido que mirar a los ojos producía un dolor emocional desbordante. Precisamente así es como empezó a liberar esas emociones pasadas que habían quedado atrapadas en un reflejo inconsciente. Ahora mantiene la mirada de sus interlocutores a ratos cada vez más largos sin sentir incomodidad y ha mejorado considerablemente su destreza comercial.

    Hay muchas historias como esta que empiezan con un reflejo o un síntoma inconveniente del cuerpo. Mucha gente opta por silenciarlo con medicinas o corregirlo a la fuerza. Unos pocos han aprendido que este es el único lenguaje que su cuerpo sabe manejar, y escuchando con paciencia acaban resolviendo entuertos que creían cerrados y olvidados.

    Los secretos almacenados por cada cuerpo son únicos y particulares a las experiencias vividas por cada persona. Por eso no hay dos cuerpos que se expresen del mismo modo, ni fórmulas mágicas para clasificar los gestos y posturas de la gente. El cuerpo habla alto y claro… para el que quiere escuchar.

    *Pino Bethencourt es asesora de alta dirección y profesora del IE Business School. Socia de IWF.

    Alma, Corazón, Vida
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