Sin premios ni castigos: educando para el tercer milenio

Otro modelo educativo es posible. Una educación donde los adultos implicados (padres, profesores y responsables políticos) reconocemos que este proceso no consiste en darle al alumno

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Otro modelo educativo es posible. Una educación donde los adultos implicados (padres, profesores y responsables políticos) reconocemos que este proceso no consiste en darle al alumno un paquete de conocimientos bajo una disciplina casi policial. Se trata de acompañar al menor en el descubrimiento de sus capacidades, en el desarrollo y potenciación de su creatividad, en la expresión de sus emociones y en su encaje en el grupo como ser único capaz de aportar su individualidad para construir una sociedad más humana, más armónica y mejor. Y hacerlo con el mayor respeto posible a cada niño, a cada joven, con una mirada más amplia, reflejo del amor que proclamamos profesar hacia nuestros hijos. El resultado vendrá en forma de adultos maduros con la fuerza necesaria para construir un mundo mejor.

 

Esta es la conclusión principal de lo que he vivido durante este fin de semana en la reunión que bajo el nombre de “Congreso Niños del Tercer Milenio” se ha celebrado en Barcelona. Ante unas 800 personas, cincuenta ponentes han expuesto de manera breve puntos de vista y propuestas sobre el desarrollo de nuevas formas de educar. El video inaugural de Claudio Naranjo, insigne representante de la tradición de médicos humanistas comprometidos con la educación (su libro ‘Cambiar la educación para cambiar el mundo’ es de lectura obligada para cualquier persona sensible al tema), resumía el espíritu del congreso y las principales ideas que luego se expusieron y que les traslado.

 

El sistema educativo actual es reflejo de la creencia que tenemos sobre nuestros hijos. Los consideramos como una posesión, lo cual hace que tratemos de manejarlos a nuestro antojo y no atendamos a su individualidad. Les trasladamos todos nuestros miedos, y muy especialmente el que se refiere a la necesidad de hacer las cosas de una determinada manera para tener un futuro, una seguridad, una ‘buena vida’. Nuestro pensamiento lineal nos lleva a querer que nuestros hijos consigan un pase para el mercado de trabajo. El tique adopta la forma de un brillante expediente académico. Una personalidad anulada en el transcurso del camino para obtenerlo, debería conseguir (esto cada día es mas ficticio en nuestro país) un trabajo poco o nada deseado pero que supuestamente garantiza una posición social, abundancia y felicidad.

 

Escudados en la responsabilidad que tenemos de hacer de nuestros hijos ‘hombres y mujeres de provecho’, y amparados en la excusa de que ‘les estamos labrando un futuro’, tratamos de encajonar a los niños y jóvenes de hoy en las mismas normas bajo las que nosotros hemos vivido. Reglas obsoletas para un modelo que hace aguas en un mundo que cambia aceleradamente. Así hipotecamos su presente y sembramos la semilla de sus futuras neurosis y depresiones. Sólo el dato de los siete millones de españoles diagnosticados con depresión y el gasto anual de 600 millones de euros en antidepresivos debería movernos a la reflexión sobre el modelo de sociedad que queremos y cuya raíz es la educación que damos a las generaciones más jóvenes.

 

Unos individuos saludables emocionalmente necesitan ser educados en un sistema que atienda y comprenda la emocionalidad y que forme personas virtuosas que, como suma, darán lugar a una sociedad virtuosa. No hablo de virtud como algo relacionado con normas éticas o morales, sino fundamentalmente como armonía. Esto no es posible en un sistema como el actual que se asemeja en gran medida al carcelario. Un centro escolar típico parece una cárcel donde se somete a los alumnos a siete u ocho horas de inmovilización para asimilar (a corto plazo) unos conocimientos. Si triunfan en ello permanecen en el centro y si no, son expulsados.

 

El modelo actual da lugar a una personalidad demasiado voraz (yo, mí, me, conmigo) y esto no es sostenible en un mundo que sufre por nuestra arrogancia, ambición y adicción al placer. Todavía hoy, el sistema sostiene como valor fundamental el acceso al conocimiento científico y excluye el desarrollo de nuestra dimensión emocional y espiritual, la una porque no era valiosa, y la otra por confundirla con superstición o religión. Nos hemos perdido la posibilidad de aprender sobre nosotros mismos y contemplarnos como seres integrales que somos. Salimos del sistema educativo disminuidos. Ahora tenemos la responsabilidad de revisar esos valores que vienen de generaciones anteriores y preguntarnos: ¿Cuáles son los valores sobre los que damos sentido a la educación de nuestros hijos?

 

Atender a la peculiaridad de cada alumno

 

Educar para el tercer milenio significa centrar la formación en la totalidad del ser humano. Educar en este siglo que abre el milenio debe incluir la atención a la peculiaridad, a la particularidad de cada educando, dotándole de las herramientas para que se pueda desarrollar cuidando de su mente, de su cuerpo y de su espíritu. Estos individuos encontrarán de manera natural su sitio en la sociedad que les toque vivir. La colectividad se beneficiará así de individuos más plenos y capaces y el resultado será una sociedad más rica, más múltiple, más viva.

 

Debemos ir más allá del imperio de la razón, sin olvidar a ésta y hacer de la educación algo más vivencial y una formación más orientada a la vida. El modelo actual, basado en el milenario paradigma patriarcal aplasta al niño sometiendo su espontaneidad. El modelo nuevo debe adoptar un triple foco y atender así a lo normativo, lo emocional y lo espontáneo. Admitir el derecho del niño a la felicidad (algo que todos queremos para nuestros hijos),  pasa por el reconocimiento de su individualidad y por el descubrimiento que el individuo va haciendo sobre su lugar en la sociedad y en el mundo.

 

Son muchos años con una educación basada en el premio y castigo, apelando más a nuestro lado animal que al humano. El resultado está a la vista. Cambiarlo depende de todos, de las pequeñas aportaciones de cada uno, como madre o padre, como educador o como responsable educativo. Si reconocemos a nuestros hijos como seres multidimensionales, podremos contribuir a su formación como seres integrales, con posibilidad de mantenerse felices. Si reconocemos sus emociones podemos abrazarlos, si reconocemos sus mentes podemos dialogar y si reconocemos sus dones podemos guiarlos.

 

Ellos saben a dónde van, no los equivoquemos con nuestras creencias y obsesiones. Esperan de nosotros que les acompañemos, escuchemos y amemos incondicionalmente. Los niños sólo nos piden que preservemos su identidad natural, su ser más esencial, que les demos las herramientas para que esa individualidad pueda contribuir al bien social y que caminemos junto a ellos mirándoles con amor.

Alma, Corazón, Vida
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