El Estado, la zorra que cuida del gallinero

Salgo de un parking del centro de la ciudad y me veo rodeado de edificios que no hace mucho eran ocupados por sedes y oficinas de

Salgo de un parking del centro de la ciudad y me veo rodeado de edificios que no hace mucho eran ocupados por sedes y oficinas de grandes bancos. Hace ya unos años que, aprovechando la situación del mercado, sus gestores vendieron estos inmuebles consiguiendo sustanciosas plusvalías. Gran sentido de la oportunidad y fino olfato para los negocios el suyo. Siguiendo la vieja máxima que aconseja que el último euro lo gane otro, presentaron sus ofertas de un modo atractivo. Mientras los financieros se preparaban para ajustar sus costes y engordar sus cuentas de resultados, un interesado tocaba a su puerta.

 

Casualmente se trataba del comprador perfecto, con grandes bolsillos, sin demasiados miramientos cuando se trata de fincas de primera, que aprecia las buenas ocasiones y que siempre paga. Seguramente ya habrán adivinado de quién se trata. ¡Bingo! De ustedes, de ellos y de mí, organizados y representados por el Estado. Somos los orgullosos poseedores de los edificios más emblemáticos de todas las ciudades de nuestro país.

 

Hasta aquí todo bien (¿o no?). En principio, no veo ningún mal en que el Estado (tratándose de un país del ‘primer mundo’) ocupe estos lugares y se haga cargo de su mantenimiento, si ello redunda en beneficio de los ciudadanos y siempre que otras inversiones (en educación, sanidad, otros gastos sociales e infraestructuras) estén cubiertas. Pero en mi opinión, el problema es, cuando menos, triple: la ciudadanía disfruta poco de esos bienes adquiridos recientemente, su aprovechamiento es dudoso, y no se tenía el dinero para pagarlos.

 

Son pocos los sitios que se han dedicado a actividades culturales al alcance de todos. Muchos se emplean para trámites burocráticos que podrían solucionarse ‘virtualmente’ (¿qué fue de aquellos planes de adaptar la administración pública a las nuevas tecnologías?) y en algunos es bien visible la escasa actividad que se desarrolla allí. La falta de previsión que se ha tenido, cuando no derroche, salta a la vista cuando se examina la situación de las arcas del Estado.

 

No, no teníamos ni tenemos los recursos necesarios para esa inversión inmobiliaria. Somos uno de los países más endeudados del mundo tanto externa como internamente. La situación es similar a la de aquel que se está ahogando (nuestro país) y al tocar fondo (nos dicen que ya ha ocurrido) puede tomar impulso para salir a flote. Ve la luz, la posibilidad de respirar (los ‘brotes verdes’), su esperanza. Ahora bien, ¿dispone de la suficiente cantidad de aire para llegar a la superficie?

 

Creemos que los Estados siempre disponen de los recursos suficientes para evitar la bancarrota (“los países no quiebran”, que diría el banquero), que no se ahogan. Pero la falta de aire puede provocar lesiones permanentes en los que sufren asfixias severas. Esos traumas requieren de graves cuidados y muchas veces resultan en retrasos permanentes respecto a un normal desarrollo.

 

El mal se agrava cuando uno observa y sufre la actitud y la aptitud de los encargados de ‘la cosa pública’. Los políticos que gestionan nuestro Estado, sean del color que sean y en cualquiera de las administraciones, nos ofrecen un espectáculo lamentable y su ineficacia alcanza cada día cotas más altas. Los escándalos de corrupción (muchas veces relacionados con el sector del ladrillo y los inmuebles) invitan a pensar que tenemos a la zorra cuidando el gallinero. Se nos quiere consolar como a niños, diciéndonos que no todos son iguales, que los corruptos son una minoría. Pero dan la impresión de que solo vemos la punta del iceberg. Además, los que son detenidos e inculpados enseguida salen en libertad, sin devolvernos un euro de lo robado e incluso rehabilitados en sus partidos.

 

Sociedad civil y educación

 

El espectáculo alcanza el carácter de drama a la vista de los resultados de tan negligente actuación para un gran y creciente número de familias españolas. El descontento se expande entre todos nosotros como se refleja en todos los medios. De ello dan fe los foreros de ‘El Confidencial’. Sus palabras me recuerdan a aquellas del tribuno Marco Livio Druso: “¿Pero es que ha habido algún gobierno que no sea embustero y esclavizador, asesino, ladrón y opresor, enemigo de todos los hombres en su ambición de poder?”. La respuesta de nuestro sistema político no parece que satisfaga a nadie y aparece el fantasma de lo que dijo Aristóteles: “Las repúblicas declinan en democracias y las democracias degeneran en despotismos”. No soy pesimista pero creo que para regenerar nuestro sistema político se requiere la implicación de todos o, por lo menos, de muchos.

 

Una democracia real no consiste en otorgar el derecho a voto a quienes conviven bajo ese régimen. La democracia no se materializa solamente en el acto de votar cada cuatro años y dejar que los políticos elegidos campen a sus anchas en el intermedio. La verdadera y efectiva democracia se fundamenta en dos elementos esenciales, vitales para su existencia: la sociedad civil y la educación. Ya he escrito en este blog sobre la necesidad de reconstruir nuestro sistema educativo sobre las bases de descubrir y desarrollar las capacidades de cada individuo, el respeto a la pluralidad y la enseñanza de los valores indispensables para vivir en democracia. Depende de nosotros el organizarnos como sociedad civil y asegurar la existencia de canales efectivos de comunicación entre los ciudadanos, los expertos y los políticos, responsables últimos, cuando gobiernan, de la gestión del Estado.

 

Estamos a tiempo. Druso, escribe Taylor Caldwell en ‘La columna de hierro’, no se dio cuenta hasta el momento de su asesinato de que la corrupción es irreversible cuando ha llegado a pudrir el alma de una nación. Creía que una nación corrompida podía volver a ser pía y virtuosa ‘sólo con que el pueblo lo quisiera’. Yo también creo en el poder de una sociedad civil bien organizada y liderada por personas con un reconocido prestigio y guiadas por el interés común. Y para reducir las tentaciones que el ejercicio del poder conlleva, que ponga límites a la actividad del Estado y sus numerosas administraciones y que impulse la racionalización de su aparato.

Alma, Corazón, Vida
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