La depresión será más común que el cáncer o los infartos dentro de 20 años

Se sienten tristes o vacíos, pierden el interés por las actividades cotidianas, lloran, no se centran, pierden el sueño y el apetito, les falta energía y

Se sienten tristes o vacíos, pierden el interés por las actividades cotidianas, lloran, no se centran, pierden el sueño y el apetito, les falta energía y se sienten cansados. La llaman la epidemia silenciosa porque a menudo pasa y cuesta reconocerla. No distingue entre sectores sociales, géneros, edad ni ocupación. Puede aparecer por miles de causas y los expertos señalan este siglo como su época dorada. La depresión se convertirá en la enfermedad más padecida por los seres humanos en veinte años, superando incluso las temidas cifras del cáncer y de las enfermedades cardiovasculares. Lejos de afrontar la advertencia que ha lanzado la OMS, casi ningún país en vías de desarrollo invierte más del 2% de sus presupuestos nacionales en servicios de salud mental. Ya son 450 millones de personas afectadas de forma directa por algún trastorno o discapacidad mental. Y se prevé que se unirán muchos más.

 

Los últimos 30 años han servido para considerar a los trastornos depresivos como una enfermedad epidémica, “cuando antes era un diagnóstico raro”, recuerda José Antonio Tamayo, psicólogo de Activa Psicología. Quizá la explicación se encuentre en la “sensibilización e intolerancia” que caracteriza a la sociedad actual hacia todo lo que suponga tristeza y bajo humor, “que ha llevado a patologizar estas experiencias y a considerarlas automáticamente como el inicio de la enfermedad”. 

 

¿Qué ha pasado en el mundo para que lo que más le duela ahora no sea el corazón, sino la mente? La depresión acecha cuando los cimientos personales se tambalean. Aunque resulte paradójico, es precisamente en el mundo desarrollado donde las personas dedican más tiempo y esfuerzo en la búsqueda de estados emocionales positivos y en evitar y rechazar los negativos. “Es el estilo de funcionamiento hedonista, caracterizado por asumir la lógica del tener que sentirse bien para poder vivir bien como guía genérica de vida, lo que ha declarado la guerra a cualquier estado que resulte incómodo o molesto”, declara Tamayo. Este aumento de prevalencia coincide con la aparición de los fármacos antidepresivos “de segunda generación (como el Prozac) que, al parecer, no son más eficaces que los anteriores y presentan muchos más efectos secundarios (y con el declive del uso de los ansiolíticos al conocerse el potencial adictivo de éstas”).

 

Los pobres también lloran

 

Expertos de la OMS dicen tener cifras que muestran que los países más pobres en realidad tienen más depresión comparados con los ricos. Cuanto más pobre, más deprimido. Y como cerca de la mitad de los trastornos mentales se pronuncian antes de los 14 años, los expertos alertan de la importancia de disponer servicios de salud durante la infancia.

 

Esta creciente carga de salud será un problema particularmente grave para los países en desarrollo, ya que cuentan con menos recursos para servicios de salud mental. Según datos epidemiológicos, la prevalencia vital oscila entre el 10 y el 25% en el caso de las mujeres y entre el 5 y el 12% si hablamos de hombres.

 

Las pérdidas no sólo son importantes en términos sociales, porque las enfermedades mentales tienen un gran impacto en la productividad de un país. Parte de esta carga es por la pérdida de productividad, ya que una persona con depresión grave tiene pocas posibilidades de estar empleada o mantenerse empleada. A ello hay que sumar el coste de los beneficios de incapacidad o desempleo. Según los cálculos de la OMS, un agujero en el bolsillo de 19.000 millones de dólares al año. En otras palabras: cerca del 1% del PIB.

 

Si las previsiones se cumplen y la enfermedad confirma su oro en el podium de enfermedades globales, urge un cambio de actitud global para no dejar de lado a las enfermedades mentales. “En la actualidad ya se cuenta con recursos eficaces y efectivos para tratar con éxito un trastorno depresivo”, alivia el doctor Tamayo. Porque la depresión es una enfermedad tanto o más real que cualquier otro trastorno físico. Y la persona afectada tiene el derecho de obtener asesoría y tratamientos correctos en el mismo entorno de salud que se ofrece a los que padecen otras enfermedades. “Pero sin abusar de la prescripción de los psicofármacos”, concluye.
Alma, Corazón, Vida
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