Se acabó la crisis, pero ¿para quién?

“Aparecen brotes verdes en la economía española”. “La bolsa sube un 40% en dos meses”. “La crisis financiera ya ha pasado”. “El Banco Central Europeo nos

“Aparecen brotes verdes en la economía española”. “La bolsa sube un 40% en dos meses”. “La crisis financiera ya ha pasado”. “El Banco Central Europeo nos inunda con dinero barato para acabar con la crisis”. Estas son frases que he leído durante la pasada semana y que provocan en mí la sensación de vivir en dos mundos paralelos. No seré yo quien deje de alabar e incluso de alentar la expansión de cualquier noticia positiva que contribuya a aligerar el pesimismo generalizado. Ni tampoco el que se calle ante ciertos acontecimientos que, cuando menos, me parecen ‘chocantes’.

 

Voy a lanzar una pregunta por si alguno de ustedes puede ayudarme a despejar el sentimiento de irrealidad sobre esta ola de euforia: ¿Conocen a alguien que se haya beneficiado de este nuevo maná en forma de ‘crédito para todos a tipos históricamente bajos’? Lo siento, no me valen como respuesta accionistas o directivos bancarios. En mi entorno, y no sólo en el más cercano, lo único que sigo observando es a pequeños empresarios (y a algunos medianos) cerrando sus empresas y cargando con las responsabilidades derivadas, personas perdiendo sus empleos o no encontrando dónde trabajar y gente que no puede hacer frente a su hipoteca y se queda sin el piso que había comprado.

 

Me han enseñado que la bolsa es un buen indicador para anticipar el devenir de la economía. Según esta máxima, el futuro se presenta de color rosa, especialmente para los grandes bancos cotizados, que han subido desde un 60% hasta más de un 100% desde los mínimos de marzo. Claro que para no seguir cayendo cuentan con el apoyo y el seguro del Estado (es decir, de todos los ciudadanos).

 

Sin embargo, el ánimo de los verdaderamente afectados por la crisis lo pintaría de un color muy diferente. No voy a entrar aquí en los vericuetos de la política monetaria (muy resumidamente, la que usa la cantidad de dinero y los tipos de interés para intervenir en la economía) y en sus ilusorios efectos. Si quieren una excelente explicación les recomiendo ‘La sociedad opulenta’ de John Kenneth Galbraith (¿cómo es posible que no le dieran el Nobel?). Sólo diré que los beneficiados por esta política son los mismos de siempre (“...Sus autores llegaron a intervenir en la política que interpretaban. Pertenecían a una selecta minoría que la podía comprender… Su eficacia entraba en el mundo de lo sobrenatural… con efectos que no sólo eran misteriosos, sino mágicos”. Extractos de la obra citada).

 

Decía el presidente del gobierno de la nación este fin de semana que no olvidemos que quienes menos tienen son quienes más dan. A mí lo que me parece claro una vez más es que a quienes menos poder tienen más se les esquilma. Entendiendo poder en el sentido más amplio de la palabra y no sólo en el económico. La semana pasada trataba de consolar a dos pequeños empresarios que han cerrado sus negocios y perdido sus ahorros. Setenta personas en la calle. En ambos casos, la quiebra ha sido la consecuencia de un deterioro muy rápido que comenzó con el retraso de pagos por parte de sus clientes (en su mayoría grandes firmas que abusan de su poder de contratación y mejoran sus cuentas con un negocio espurio para ellas como es el financiero) y la cancelación de sendas líneas de crédito ya comprometidas por un gran banco y una caja de ahorros. Estos créditos se habían concedido ¡al 9% en un caso y al 12% en otro! (¿usura?).  ¡Viva el crédito barato! No es ficción.

 

Siendo el caso que la banca no está cumpliendo con una función esencial para la economía como es la de canalizar los recursos financieros disponibles, ¿por qué el Estado debe seguir apoyándola sin intervenir directamente? Se puede alegar que el Estado no ha demostrado mayor eficacia a la hora de asignar esos recursos. Pero ¿para quién esta generando eficiencias la banca en estos críticos momentos? Les pido disculpas por estar tan preguntón. Trato de aportar algo de luz en un debate  tan importante para la mayoría de los ciudadanos. Son ya varios amigos (es cierto que ninguno de ellos economista o experto en mercados financieros) los que me comentan que tienen una extraña sensación ante este ‘milagroso atisbo’ de recuperación. Alguno incluso se atreve a formular teorías sobre la posibilidad de que de nuevo sean unos pocos los que se hayan hecho con innumerables activos a precios muy atractivos.

 

Hipotecas caras, comisiones abusivas

 

Otro caso sangrante que he atendido es el siguiente: hace dos años, un matrimonio compra una vivienda a través de una agencia inmobiliaria por 140.000 euros. Dicha agencia les ofrece distintos servicios financieros para gestionarles la adquisición. Sumando los gastos de registro, notaria y gestoría, la cantidad a invertir asciende a 150.000 euros. Una gran cantidad financiera les concede un préstamo hipotecario por 260.000 euros. Se preguntarán, ¿y la diferencia? Pues se utilizó nada más y nada menos que para pagar otras comisiones del préstamo y distintos estudios que apoyarán su concesión, así como las comisiones de la agencia y ‘agentes privados financieros’. Y yo me pregunto ¿en qué tasación se apoyó el banco? La historia concluye hace un mes, cuando esta pareja no pudo hacer frente a la abultada hipoteca y tras dos años de pagar sus cuotas el banco se ha quedado con el piso y con la pérdida correspondiente. Los compradores pueden haber pecado de gran ignorancia financiera (no está fuera de lo común) y de excesivo optimismo, pero ¿y el banco?

 

Los excesos del pasado reciente (no sólo en los EEUU, aquí los hemos tenido igualmente) se originan en políticas que han primado el crecimiento (ser grande otorga poder) por encima de todo. Para ello y en primer lugar, ha habido que relajar los criterios de riesgo. Y en segundo lugar, se han fijado retribuciones extraordinarias referenciadas a ese crecimiento.  Pero el aumento de tamaño se ha realizado con ayuda de un trampolín único: el aval del Estado. En el caso de las Cajas de Ahorro (una institución antes “seria y familiar” como dice Paul Krugman) es bien claro. También lo es en el caso de la banca al garantizarse sus depósitos, la materia prima de su negocio. En cierto sentido, la banca se establece sobre una concesión, al igual que las eléctricas, operadores de telecomunicaciones, petroleras y otras. En sus comités de dirección es donde se deciden las políticas de crecimiento, de riesgo y las retribuciones. Sí, ese es el órgano de decisión y no el consejo de administración (órgano que tiene la máxima responsabilidad de la gestión).

 

Discrepo aquí parcialmente del artículo del fin de semana de mi colega y amigo S. McCoy. Desde hace tiempo está aceptado por economistas de todas las tendencias que la llamada tecnoestructura o alta dirección de la gran empresa es la que detenta el poder efectivo en esas instituciones. El accionista que no puede influir en la gestión (en la gran banca y en la gran empresa la totalidad) permanece anestesiado ante la actuación de la dirección que, a través de su presidente, nombra consejos de administración acordes a sus intereses, que no siempre coinciden con los de la empresa.

 

Parafraseando a McCoy, yo tampoco he visto a ningún alto directivo que no haya velado, primera y principalmente, por aquello que no fuera lo mejor para sus propios intereses. Este interés debería estar en teoría supeditado al de los accionistas que, al estar dispersos, tienen un poder mínimo, y que desean ver remunerada su inversión por la vía de dividendos y plusvalías. Pero lo que la gerencia ha hecho con la complicidad de los consejos de administración es maximizar los propios beneficios a través de salarios estratosféricos, fusiones y adquisiciones (la mayoría de las veces de dudosa rentabilidad a largo plazo, e incluso a corto, para el accionista), entrega de acciones y de opciones sobre acciones, planes de pensiones, cuentas de gastos, indemnizaciones por despido, retribuciones en paraísos fiscales, utilización de activos de la empresa y otras prebendas.

 

Y todo ello ligándolo al crecimiento, no siempre rentable, que a su vez garantiza mayor protección del Estado (la sociedad y el gobierno que la dirige prefieren el cierre de muchas pequeñas empresas a la caída de una gran o ‘emblemática’ corporación). Ya que no es previsible que la gran empresa (su dirección) se autolimite, creo que el Estado tiene más de un argumento para intervenir en cuanto a algunas retribuciones escandalosas (¿dónde queda la ‘alarma social’?). No sólo en las empresas que funcionan en entornos muy regulados (el caso las eléctricas es obvio) sino también en otros sectores a los que ampara. Hay mucho en juego, particularmente el bien social.

 

El problema del poder

Acabaré citando a Galbraith: “El carácter más nocivo de la economía neoclásica y neokeynesiana se refleja en no considerar el factor y el problema del poder. El poder es decisivo en todo lo que acontece. El sistema de mercado queda sustituido por el del poder de la gran corporación moderna… con gran influencia sobre sus precios y sus costos... Sobre el ejercicio del poder se cierne la densa aura de respetabilidad. Las personas que guían la gran corporación y sus asesores (financieros, legales, consultores, etc.) son los miembros más pudientes y prestigiosos de la comunidad. Constituyen el ‘establishment’. Sus intereses tienden a convertirse en interés público, que numerosos economistas encuentran cómodo y rentable refrendar. Negar el carácter político de la gran empresa es más que evadirse de la realidad. Es disfrazarla. Los beneficiarios son las instituciones cuyo poder disimulamos de esta manera. No puede haber duda: La economía, tal como se enseña, se convierte, por más inconscientemente que sea, en una parte de la maquinaria mediante la cual se impide al ciudadano o al estudiante ver de que manera está siendo gobernado o habrá de estarlo” (de ‘Anales de un liberal impenitente’).

En definitiva, el libre mercado hace tiempo que pasó a la historia, ¡viva la gran corporación! Y, ¡cómo no!, una última pregunta: ¿Cuál es el papel de los grandes grupos mediáticos en la confección del disfraz?

Alma, Corazón, Vida
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