Para qué sirve la extrema derecha

La restitución de un mundo ordenado y natural en el que se pueda vivir conforme a los viejos valores, junto con la crítica al hipermaterialismo, al

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    La restitución de un mundo ordenado y natural en el que se pueda vivir conforme a los viejos valores, junto con la crítica al hipermaterialismo, al individualismo y al cinismo pragmatista, son los principales elementos que atraviesan, según Joan Antón, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona, los discursos empleados por la derecha radical contemporánea. Antón, autor del volumen colectivo La extrema derecha en Europa desde 1945 hasta nuestros días (Ed. Tecnos), cuyo editor es Miguel Ángel Simón, sostiene la hipótesis de que los partidos neopopulistas son la respuesta de los radicales de derecha a las miserias de la sociedad posmoderna. “Al igual que en el primer tercio del siglo XX la extrema derecha fue la réplica a los problemas creados por la sociedad industrial, ahora lo es a las miserias de la postindustrial. Y, en ambos momentos, bajo un común denominador. “La derecha radical tiene diferentes formas de manifestarse (dictadura civil, dictadura militar, fascismo, nazismo) pero en todas ellas late la misma cultura política: la antiilustraición, la contrarrevolución puesta al día en el siglo XX. El ideario de los neopopulistas que provienen de la cultura fascista es una metabolización inteligente de ese conjunto de valores”.

    Según Antón, estamos viviendo un momento de resurrección de tales ideas tras una época, iniciada en la segunda posguerra mundial, en la que desaparecieron casi por completo del suelo público. “La cultura fascista, que es una radicalización del planteamiento de la derecha según el cual los hombres son desiguales y esa desigualdad es socialmente útil, quedó completamente deslegitimada tras su derrota militar”. Por eso, su regreso actual viene ligado a planteamientos que tratan de borrar esos tiempos: “Es lo que hace que Berlusconi diga que el fascismo y el antifascismo han muerto, algo muy peligroso, en la medida en que el antifascismo, radicalmente democrático, conformó la cultura europea del siglo XX”.

    Pero la influencia de la derecha radical no se detiene en la formación de grupos populistas que ocuparían los márgenes del campo político. Para Antón, estamos ante movimientos peligrosos porque producen fracturas sociales, y más aún en la medida en que condicionan a los partidos conservadores. “El ejemplo más claro es el de Sarkozy, que ha llegado a ser presidente de Francia porque ha recogido buena parte del discurso y del electorado de Le Pen. Y es el caso también del PP. El vídeo que sacaron en Badalona es clara muestra”.

    Pero la nueva derecha trae más novedades. Entre ellas estaría la de haberse posicionado en sectores que tradicionalmente pertenecían a la izquierda, como los barrios obreros. Y ese sería el caso francés, con Le Pen obteniendo muchos votos en lugares que antes eran fieles al Partido Comunista. Joan Antón, sin embargo, piensa que ese trasvase no se ha dado en realidad. “Hay un voto obrero que siempre ha ido a la derecha y que es del que se nutre Le Pen, mucho más que del proveniente del PCF. Le Pen es como el flautista de Hamelín: detecta angustias y les da una salida. En una época en que sectores de población lo están pasando mal como consecuencia de una crisis estructural, proveniente del paso de la sociedad industrial a la postindustrial (lo que tiene como consecuencia paro, inmigración, etc...), Le Pen toma esos miedos y les da una alternativa política”. Además, el líder francés ha sido capaz de activar los referentes ideológicos en una época de profunda despolitización. Cuando todas las creencias han perdido peso, lo que afecta tanto a la iglesia como a los comunistas, Le Pen llega para cubrir ese vacío”.

    Un Estado de Binestar débil

    Un posicionamiento que permite que esos discursos calen en sectores de población que se identifican fácilmente con las soluciones que promueven. Sin embargo, el problema estaría más allá “de esa pura demagogia que ofrece respuestas simplistas a temas complejos”. Según el catedrático de Ciencia Política, la cuestión principal es que “tenemos un Estado de Bienestar muy débil. Y lo poco que hay se lo llevan los más desfavorecidos, que suelen ser los inmigrantes. Como hay pocas becas de comedor, por ejemplo, los beneficiarios suelen ser los que menos tienen, y los antiguos destinatarios se quejan, porque ya no pueden acceder a ellas. Pero el problema de fondo es que hay pocas ayudas, causado principalmente porque en este país sólo pagan impuestos las clases medias con nómina”.

    En ese contexto, es fácil que crezca el populismo de exclusión. Para Joan Antón, “la nueva derecha levanta la bandera de la preferencia nacional, del comunitarismo democrático. Ellos aceptan los beneficios de este sistema pero sólo para que sean repartidos entre los nacionales”. Lo que tendría traducción también en el campo económico, ya que “para ellos hay un capitalismo bueno, el nacional, y uno malo, el mundialista. Por eso plantean un proteccionismo extremo en el propio Estado y un neoliberalismo extremo fuera de sus fronteras”.

    En esa resurrección de las ideas de la derecha radical, Joan Antón señala una responsabilidad especial de los integrismos religiosos. Algo a lo que no sería ajena la Iglesia nacional: “En España claramente proporciona una base social. La Iglesia juega a fondo la baza del franquismo y las organizaciones de base católicas están todas decantadas hacia una estructura conservadora”. Para Antón, nos hallamos ante una Iglesia Católica contemporánea muy militante “en gran parte para intentar recuperar la influencia social perdida. La agresividad les viene por ahí. Y creo que en esto el gobierno socialista se ha equivocado al contemporizar con la Iglesia”.

    Pero la pregunta central ante esta nueva derecha es si sus discursos lograrán arraigar, si está aquí para quedarse. Antón no lo cree: “la desafección de la política no es una desafección respecto de los valores democráticos. Seguimos pensando que, como decía Churchill, la democracia es un sistema muy malo pero los demás son peores. Mientras el sistema logre controlar las crisis, no hay posibilidad de que esos discursos se consoliden socialmente. Otra cosa es si las crisis llegan, porque en épocas de desesperación la demagogia genera ilusión, lo que en política es importantísimo”.

    Y respecto de la validez electoral de esos discursos, y ante una posible repetición de los métodos de Sarkozy en nuestro país, Antón cree que se trata de bazas sólidas “sólo en sectores muy tradicionales o en ciudades de provincias, pero no en los grandes núcleos urbanos. Lo que sí ha conseguido la derecha con estos argumentos es movilizar a su electorado, lo que resulta muy útil, porque en estas elecciones ganará quien logre mover a los suyos”.

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