¿Qué piensa el Ejército?

Sabemos muy poco de lo que piensan las Fuerzas Armadas. En gran medida, porque su papel institucional obliga a un perfil bajo en lo que se

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¿Qué piensa el Ejército?
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    Sabemos muy poco de lo que piensan las Fuerzas Armadas. En gran medida, porque su papel institucional obliga a un perfil bajo en lo que se refiere a presencia pública. Pero también porque apenas existen estudios que investiguen cuáles son las ideas que se manejan entre los militares, cómo observan los asuntos colectivos y cuáles son las formas de pensar predominantes. Rafael Martínez, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona y experto en seguridad, es parte del equipo que inició en 1997 el estudio El ejército español ante el siglo XXI. Una de sus líneas de investigación, la referida a los perfiles de los alumnos de los centros de formación, ha dado lugar a Los mandos de las Fuerzas Armadas españolas del siglo XXI (Ed. Centro de Investigaciones Sociológicas), un texto en el que recoge quiénes son, qué les motiva y de dónde vienen los jóvenes españoles que están formándose como militares. En definitiva, en él se contiene un retrato de cómo serán los ejércitos del futuro inmediato.

    Y según la investigación referida, no podemos hablar de que las Fuerzas Armadas sean muy diferentes de las de otros países de nuestro entorno. “Los militares – asegura Martínez - suelen ser conservadores (salvo los polacos, que son de izquierdas), nacionalistas y altamente corporativos. Difícilmente aceptan especialistas de fuera, por eso tienen dificultades para colaborar con las ONGs. Y a esas características responde también el ejército español”.

    Aunque también deben establecerse diferencias, ya que las Fuerzas Armadas no son un todo uniforme. Así, “el ejército del Aire es casi progresista. Es más moderno e individualista, quizá porque algunos de sus miembros piensan en un futuro pilotando para empresas privadas. La Armada es más tradicional, en el sentido de que tiene relaciones más jerárquicas, preserva las tradiciones, las tiene a gala y las respeta con buen criterio. En el de Tierra hay de todo, es menos dinámico. Allí es donde aparece un grupúsculo con todas las cualidades peyorativas que podemos atribuir a la extrema derecha. Pero, eso sí, son un grupo minoritario”. Quizá la mayor divergencia que pueda anotarse respecto de las tendencias sociales se refiere a la pena de muerte, más aceptada entre los militares. Pero Rafael Martínez insiste en que tampoco se trata de una separación radical. “Si se pregunta a la sociedad si quiere la pena de muerte, contestará que no. Pero si la pena capital es para delitos de terrorismo, la respuesta no sería tan distinta. Y hay que tener en cuenta que los militares son un grupo de los más castigados por los terroristas”.

    También hay diferencias si nos fijamos en el escalafón, según Martínez. “Los suboficiales tienen las mismas características que el resto de la sociedad española. Pero los oficiales sí tienen una forma de pensar particular, en la misma medida en que un abogado, un médico o un deportista tienen maneras diferentes de ver la vida”. Y en las edades más jóvenes, las encuestas subrayan que apenas hay separación entre sociedad y ejército: ambos comparten visión del mundo. Donde difieren es en los valores que pretenden. La solidaridad, el compañerismo y la lealtad apenas son apreciados en mundo donde prima el individualismo y, sin embargo, son valores esenciales en el ejército. Además, “mientras en la sociedad se busca sobre todo el aprecio de los jefes, en las Fuerzas Armadas lo primero es la valoración de los subordinados y de los compañeros y en último lugar la de los mandos. Lo que más le interesa al teniente es que sus brigadas y sus sargentos le respeten”.

    Profesionalismo y despolitización

    Hay muchos elementos que separan al ejército actual de la imagen que exhibió en otras décadas. En primer lugar, porque el profesionalismo ha traído novedades. Y en segundo, porque la tarea de despolitización, evitando intervencionismos de otras épocas, ha sido bien aceptada: el control gubernamental sobre el estamento militar es un hecho. “La aceptación de la supremacía del poder civil no supone hoy problemas. En ese sentido, la diferencia respecto del pasado es enorme. Ellos asumen que ya no son un poder político sino parte de la Administración y, como tal, han actuado de la misma manera con independencia de quien gobierne: con populares y socialistas han aceptado la política de seguridad y defensa que dictó el presidente de turno. Estarán más de acuerdo en unas ocasiones o en otras, pero nunca la discuten”.

    En esa relación con la sociedad civil continúa existiendo un problema, que el catedrático de la Universidad de Barcelona llama “de disonancia cognitiva”. Y es que “los militares tienden a creer que la sociedad piensa de ellos mucho peor de lo que lo hace en realidad. El conocimiento que tienen de la opinión pública es tergiversado en sentido negativo. Porque su imagen ha cambiado: están en operaciones de paz, no hacen ruido, cumplen sus funciones. Y todo eso revierte positivamente”.

    Y es que los españoles no piensan mal de los militares: otra cosa es su opinión acerca del ejército; no ven mal a los miembros de las Fuerzas Armadas, pero la institución no es tan respetada. “Quizá porque todavía hay mucha gente que ha vivido la posguerra y el franquismo y que ha sufrido los humores del sargento chusquero en la instrucción, España es antimilitarista, una actitud que en Europa sólo comparten dos países, Eslovenia y Suiza. La primera a causa de la reciente guerra y la segunda porque sus ciudadanos están obligados a pasar incluso en edades madura dos semanas haciendo instrucción y práctica de tiro”.

    Y esa posición de los ciudadanos españoles lleva a mantener, según Rafael Martínez, posturas contradictorias. “Cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas pregunta en qué casos es ilegítima la actuación de las Fuerzas Armadas, hay un 30% de españoles que afirman que lo sería incluso cuando tropas extranjeras atacasen nuestros territorios (en Europa, el porcentaje es del 2%). Todavía hace falta conciencia, lo que sólo se conseguirá con el paso del tiempo, de que una política de defensa es imprescindible. Recuerdo que hace años, en una manifestación, se exhibía una pancarta que decía “No al exterminio kosovar, No a la OTAN”. Y las dos cosas no podían ser. En fin, es la clase de malentendidos que todavía persisten”.

    En todo caso, la visión que nuestra sociedad tiene de los militares ya no es la de décadas pasadas. Y uno de los factores que han contribuido notablemente a ese cambio ha sido su participación en misiones de paz. “Al principio, ponían muchas pegas a esas operaciones. Hay que tener en cuenta que no las veían como una función propia (no se trataba de defender el territorio o los símbolos de identidad que definen a una nación) y que se trataba de acciones poco guerreras. De hecho, los mandos estadounidenses sometían a quienes participaban en operaciones de paz a una “cuarentena” para que no perdiesen el ardor combativo”.

    Pero esa actitud parece haber cambiado. Normativamente, porque la nueva ley de defensa establece las operaciones de paz como funciones propias de las Fuerzas Armadas. Y, en segundo lugar, “porque muchos han descubierto su verdadera vocación después de participar en ellas. Y es positivo que sea así, porque era algo que debía cambiarse. No parece lógico que la formación de los militares siga consistiendo en instruirles acerca de cómo combatir a la brigada de montaña francesa. Nuestra única zona de riesgo actual es el sur, Ceuta y Melilla. Asegurando eso, nuestros militares tienen que acostumbrarse a intervenir para auxiliar en catástrofes y calamidades y a participar en operaciones de paz. Y me consta que están contentos con esa dinámica: colaboran con la OTAN, conocen otros ejércitos, modernizan equipos y, además, ganan más dinero”. Y aumenta también su valoración profesional. “En la OTAN, el militar español está muy bien considerado, a la misma altura que alemanes y franceses. El único problema surgió cuando la retirada de Iraq, porque los estadounidenses se enfadaron mucho y lograron retirar durante meses todos los permisos a los españoles destinados en Afganistán bajo mando de la Alianza Atlántica”.

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