'Slowdown', tomarse la vida con calma
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'Slowdown', tomarse la vida con calma

Pedro es economista. Hace más de dos horas que llegó a la oficina y todavía no ha dejado de teclear el ordenador. En la esquina inferior

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'Slowdown', tomarse la vida con calma

Pedro es economista. Hace más de dos horas que llegó a la oficina y todavía no ha dejado de teclear el ordenador. En la esquina inferior de la pantalla ve la pequeña ventana que le indica que ha recibido un nuevo e-mail, es un power point y todo apunta a que sea el último chiste del ciberespacio que a él nunca suelen hacerle gracia.

Así que tiene 50 segundos para decidir qué hacer: o lo borra y aprovecha para limpiar su bandeja de entrada (esto le llevaría unos dos minutos) o bien se arriesga y lo lee, pero sabe que perderá cinco minutos de su valioso tiempo. Mientras se decide, piensa en cosas que le faltan por hacer: revisar los informes de ayer (calcula que los tendra listo en hora y media) y luego ir a almorzar. Ayer comió pizza así que hoy irá al fast food de la esquina, algo rapidito para no perder mucho tiempo, volver rápido a la ofi y seguir con el último encargo que le ha pedido su jefe.

Se decide. Lee el mail porque, a fin de cuentas se lo ha enviado Marga y, aunque sabe que no ha sido una atención especial hacia él -ha incluido a todos sus compañer@s-, así tendrá una excusa para hablar con ella cuando se crucen por el pasillo. Sólo espera que el dichoso power point sea ligero, sin mucha letra y con mucha foto, para no tener que dedicarle más de los minutos que había previsto.

La presentación tiene una sola la imagen: una casa al borde del mar. Habla de la sede de Volvo en Estocolmo, especializada en fabricar piezas para las naves espaciales en la NASA. Y explica cómo se lleva a cabo el trabajo. No hay estrés, ni presión, todo se desarrolla con calma y los empleados tienen el tiempo necesario para desarrollar los proyectos: se reúnen, debaten, todo sin plazos urgentes ni agobios. Aparece por fin la palabra clave, slowdown, una nueva filosofía que busca recuperar la cultura colectiva, el tiempo libre, la calidad de vida y huir de lo mundial indefinido y anónimo.

El Confidencial se ha puesto en contacto con Volvo Estocolmo y desconocen quién ha podido escribir esta presentación. Pero lo que sí es cierto es que el Movimiento Slow empieza a tener fuerza, sobre todo en Europa, con un objetivo: ser consciente de cada minuto del día y aprovecharlo. En España empieza a oírse hablar del slowdown, existe una empresa sueca de camisetas, Log Cabin, que promueve esta nueva forma de vivir buscando “una conexión con la naturaleza para lograr un equilibrio y un sentido al día a día”. Y es precisamente el día a día en el trabajo lo que más se valora en la empresa: “En Log Cabin hay libertad de horarios, cada cual trabaja cuando le va mejor, respetando al máximo la vida personal de cada uno, lo que tiene como contrapartida una dedicación muy motivada a la marca cuando se está en el trabajo.”

El principio de todo, el slowfood

El origen de todo esto es el slow food. Se trata de un movimiento que nació en Italia y que busca revalorizar los alimentos tradicionales y defender la biodiversidad agroalimentaria. Es decir, lucha contra la comida rápida y defiende los alimentos naturales y además apoya las pequeñas empresas frente a las multinacionales.

Slow food no es una ONG, pero sí una organización sin ánimo de lucro que se financia con las aportaciones personas individuales, nada de empresas. Después de dos años, comienza a oírse hablar algo en España, aunque poco, pero ya cuenta con unos mil socios.

Según Germán Arrien, su portavoz en España, “nuestro objetivo proteger y defender la manera de comer de cada lugar, disfrutar de la gastronomía y evitar la uniformidad del alimento”. “Lo que reivindicamos es un espíritu de convivencia, necesidades básicas del ser humano como que no se coma en un cuarto de hora sino más tranquilamente”.

“Nosotros nos basamos en tres puntos: educación del gusto, propiciamos el encuentro entre productores y consumidores y además ofrecemos ayudas económicas para la protección de los productos que están en riesgo de desaparición”. Aunque parezca increíble, en España hay casi 30 categorías de alimentos que podrían desaparecer, entre ellos, la alubia de Tolosa, los embutidos del cerdo euskaltxerría, el azafrán de jiloca o el vino de Malvasía de Sitges, que la organización ayuda para impulsar nuevamente su uso.

Ciudades lentas

Otro de los proyectos que tiene son las Slow City en todo el mundo. Son localidades, de todo el mundo, que se adaptan a lo que proponen como ejemplos de la cultura slow. En España hay cuatro: Mungía (Vizcaya), Begur, Pals y Palafrugell (las tres últimas en Gerona).

“Normalmente son pequeños pueblos –dice Arrien- que deben tener un estricto respecto al medio ambiente, una buena canalización de las aguas, un uso considerado del tráfico y, sobre todo, el apoyo a las tradiciones locales (tiendas, ferias, mercados, etc)”.

De momento, slow food España no reciben ningún tipo de subvención. En Italia, sí obtiene dinero institucional a través del Gobierno y además tiene patrocinadores privados, como la pasta industrial De Cecco, una de las más importantes en este país, pero aquí todavía queda camino por recorrer, y mucho tiempo por delante…