Raquel Godos

Cali (Colombia), 16 abr (EFE).- La hermana Alba Stella Barreto lleva treinta años tratando de mitigar los efectos del conflicto colombiano en Aguablanca, uno de los barrios más peligrosos y deprimidos de Cali, donde miles de desplazados por la violencia armada conviven entre el hambre y la falta de oportunidades.

Cuando esta monja franciscana llegó al distrito, allá por 1987, la zona era apenas un humedal en el que "algunos políticos estaban entregando a los más desfavorecidos pequeñas lotes para viviendas a cambio de votos", convirtiéndose en un reducto para la miseria, las bandas criminales y la segregación, tanto social como racial.

"Especialmente eran mujeres, quienes empezaron a hacer sus pequeños 'cambuches' (casuchas) de cartón, plástico y chatarra. Yo llegué cuando esto ya estaba casi lleno, se les armó una ciudad dentro de la ciudad, y nadie se dio cuenta", relata la hermana Stella en conversación con Efe facilitada por International Women's Media Foundation (IWMF).

Barreto pidió un permiso especial en Bogotá, donde estaba destinada, para dedicarse a los más pobres, influenciada por la Teología de la Liberación y las enseñanzas franciscanas, "una opción radical", en la que ella asumió vivir en las mismas condiciones en las que habitaban los vecinos del distrito.

"Empezamos con un trabajo pastoral desde la base. Tomamos la metodología de la Teoría de la Liberación, que son comunidades eclesiales de base, convocando a la comunidad como laicos comprometidos, y empezando a construir la 'iglesia pueblo', antes que la 'iglesia edificio'", explica.

"Veníamos de las altas esferas, y tuvimos que despojarnos de prácticas y de estilos de vida para aprender a vivir en las condiciones marginales acompañando a la gente -agrega-. Algo que apreciaron profundamente".

Su labor se centró en la ayuda a la mujer empobrecida, en dotarles de independencia y capacitación, "rescatando y respetando su identidad, siempre a través de la equidad de género".

"Eran las mujeres quienes especialmente tenían la necesidad de crear un hogar, pero los maridos las obligaban a volver a casa a las cinco de la tarde para atenderlos. Empezamos a desarrollar dinámicas para que ellas no consintieran eso, y se trataran de igual a igual", asegura.

Así, en 1992, nació la Fundación Paz y Bien, que ahora trabaja con mujeres, desplazados, jóvenes en riesgo de reclutamiento por las bandas criminales y víctimas de abuso sexual.

"La fundación nació entre víctimas. Porque la gente que se vino a vivir al distrito de Aguablanca eran víctimas. (...) Hace más de diez años trabajamos con desplazados, les apoyamos, porque cada uno tiene su propia historia y su propio dolor", insiste la hermana, y recuerda que se congregan víctimas de todo el Pacífico colombiano, desde afrodescendientes a indígenas, y otras zonas del país.

Con financiación internacional, la Fundación Paz y Bien ha logrado avanzar en proyectos como la dotación de microcréditos para el desarrollo familiar, además del proyecto Francisco Esperanza, por el que han pasado más de 1.400 jóvenes en riesgo de acabar en bandas criminales.

"El narcotráfico ha usado a los jóvenes de aquí, sumidos en la pobreza y en la falta de educación, induciendo a niños y adolescentes al consumo, para después hacerlos aliados o vendedores de droga. Y la respuesta del Estado es represión, en vez de crear oportunidades", explica.

Además, desde hace 15 años, la fundación promueve la "justicia restaurativa" para delitos menores, trabajando con víctimas y victimarios, "desde la verdad", reconociendo los delitos cometidos y recomponiendo la relación entre ambos "para también construir el tejido social".

Según explica, "los culpables reparan su falta con trabajo social. Son situaciones de robo, agresiones personales, no asuntos de violaciones o secuestros, que son delitos mayores, y esos sí pasan por la justicia ordinaria".

Ahora, con el proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), está desarrollando coloquios entre las víctimas para educarlas en los contenidos de los acuerdos y "que estén preparadas para la paz".

Tras décadas de trabajo incansable en una de las zonas más complicadas de Cali, Barreto no tiene ninguna intención de abandonar su labor, nunca ha recibido amenazas y dice no tener miedo, al contrario, el gran reconocimiento de la comunidad parecen darle todas las fuerzas para continuar. EFE