Por Víctor Iturregui

Bilbao, 21 mar (EFE).- El de Alice y Andoni es un viaje de cifras y letras. Los números: 75.000 kilómetros, siete años, cinco continentes, dos hijos y dos bicicletas. Las letras: Andoni Rodelgo relata en su libro, del que habla con EFE, una aventura de sensaciones y descubrimientos donde el viajero es el rey. El viajero y su mundo en bicicleta.

El viaje comenzó en 1997, cuando un joven de Ermua, estudiante de ingeniería, se marchó a Escocia y conoció a la que sería su mujer, Alice, una antropóloga belga. Apasionados por recorrer el mundo como mochileros, su siguiente meta sería romper la frustración de tener que volver a casa y decidieron salir sin fecha de vuelta.

"En un principio pensamos en viajar en transporte público o en coche, pero son una burbuja mecánica que presenta muchos impedimentos, no tienes libertad, no conoces bien los lugares que visitas y es muy caro" comenta Andoni sobre la primera etapa del periplo; una vez terminados los estudios y haber ahorrado, partieron en bicicleta en 2004.

Encontrar una nueva forma de vida y a uno mismo, un estilo en el que "el tiempo es más importante que lo material". Alice y Andoni se encontraron con un nuevo camino en el que podían ser felices sin tener tantos lujos, en el que no era necesario trabajar tanto, perder momentos con sus hijos, por satisfacer lo más superficial con dinero.

"Al volver a casa en 2007 no era el mismo, el viaje me cambió mucho; ese mismo año nació nuestra primera hija y el contraste que vimos aquí con lo que habíamos vivido durante tres años fue muy fuerte". Andoni y Alice no se lo pensaron dos veces y regresaron a la carretera para enseñar a su hija Maia "el mundo tan maravilloso" que habían encontrado.

Atravesar el Tíbet, días con clima infernal, lluvia y temperaturas de -20 grados, nunca les frenó ni les planteó tirar la toalla. "Han sido momentos puntuales que los veíamos como una recompensa al final del camino. Después de una subida siempre había bajada y en ningún momento pensamos en retirarnos", explica Andoni.

En este sentido, tampoco tuvieron la tentación de quedarse definitivamente en un lugar concreto. "Hay sitios en los que sería increíble vivir allí, pero a nosotros lo que nos llamaba era la ruta, conocer rincones y estar siempre en movimiento". Además, el hogar y la familia siempre se echan en falta. Después de dos vueltas a casa, Andoni no descarta una tercera.

Contra viento y marea, en ningún momento el manillar de la bicicleta tocó el suelo. Estuvieron un mes descansando en Katmandú, sin dar pedales, y pronto despertaron las ganas de subirse a las dos ruedas y seguir adelante.

Cuando escuchamos que Alice y Andoni han empleado siete años de su vida en recorrer el mundo pensamos en la dificultad de planificar una aventura de tal calibre. Sin embargo, tal y como cuenta Andoni, es muy difícil seguir a rajatabla un itinerario. El hecho de ponerse metas y fechas que no se alcanzan, puede convertir el viaje en una frustración.

Maia y Unai. 2007 y 2011. Bélgica y Bolivia. Dos nombres, dos fechas y dos lugares con un peso importantísimo en esta singladura a dos ruedas. Sus dos hijos se han adaptado perfectamente a la vida de los padres, desde pequeños han estado en muchas de las experiencias en la carretera.

"Te cambian un poco el ritmo y ya no te metes en sitios a los que irías en pareja pero los niños, mientras estén con sus padres, acaban por querer ir a cualquier lado", afirma Andoni. Dos pequeños que no conocen otro mundo fuera de la bicicleta, que ya forma parte de su vida de libertad descubrir todo lo que les rodea.

La región del Turquestán, la antigua ruta de la seda, un pedazo de mundo en el que el viajero es el rey, donde existe una espiritualidad solidaria y un respeto que en otros países no tienen hacia los aventureros en bicicleta, es el lugar que más tocó a Andoni, al contrario que países como Noruega o la India, "muy decepcionantes".

"Al viajar en bicicleta te ven con otros ojos. Es un pasaporte para entrar en las casas de la gente". Más allá del paisaje, el contacto con la gente es primordial, el entendimiento que hay en muchos países hacia el viajero.

Sería una tarea hercúlea condensar en un libro toda esta amalgama de sensaciones y experiencias en los 75.000 kilómetros recorridos, pero Andoni ha logrado crear un trabajo que resume a la perfección en más de 400 páginas ilustradas una aventura única.

"El libro no existiría ahora mismo si no fuese por toda la gente que me ha animado a hacerlo y los seguidores que me han motivado con sus historias", palabras de Andoni, que espera y desea que su testimonio anime a muchos cicloviajeros a emprender sus propias andanzas, tal y como le impulsaron a él en su día.

En el 97 dijo que volvería a casa y ya han pasado casi veinte años desde entonces. "Cada vez que veo un mapa me vuelvo loco, es algo hechicero. Las ganas de marcharnos todos juntos de nuevo no se agotan nunca". Andoni y Alice llevan un año sin viajar a lo grande. Quién sabe si mañana cogen la bicicleta y corren hasta una meta infinita. EFE

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