publicidad

  

OPINIÓN
TRIBUNA ,  

Tauromaquia, esencia y tortilla. Una crónica parlamentaria

Álvaro Robles Cartes .-  20/03/2010

A pesar del título, la siguiente reflexión no alude al revuelto de argumentos, entre los que por cierto no abunda el seso, recalentado estos días en la sede depositaria de la soberanía popular: el parlament de tots y totas.

 

Que hay razones que pueden asistir a defensores del tradicionalismo y abolicionismo es algo que conviene conceder a las partes, siquiera sea para regodearse en sus contradicciones. La tradición por la tradición, en efecto,  no puede convencer a quien se declara progresista, aunque pudiera concederse que se trata de un argumento expresado sin dobleces.

 

Más innobles me temo, resultan algunas alegaciones prohibicionistas, pues no parecen orientadas a limitar el sufrimiento de los animales ni a eliminar los atavismos en forma de encierros o toros embolados del folclore nacional. Estamos en Catalunya.  En nuestra sociedad  no se puede acceder a la ciudad a más de 40 por hora o pernoctar en un piso de menos de 30 metros cuadrados (siempre me he preguntado si me detendrán por vivir en un hotel o si el alcance de la  dignidad mínima vital que concede tal superficie incluye a barcos y cruceros de lujo).

 

No sólo se trata de intervencionismo socialmente improductivo y más o menos casposo. Vivimos también en la nación donde, como es sabido, no se puede recibir educación en la lengua del Estado, en la que siempre se repudiaron banderas y matrículas españolas y ahora  dominios. es, y en cuyos ayuntamientos es imposible encontrar impresos en castellano. Vivimos en un país en cuya capital, la cosmopolita Barcelona, se consideró más patriótico eliminar antes de su histórica Rambla los vestigios de colonización cultural (en forma de vendedores de gitanillas, abanicos y castañuelas) que a sus putas, rateros y proxenetas. Lo primero, en eso estamos de acuerdo,  es dar buena imagen ante el turista extranjero.

 

En mi opinión, lo peor de la Catalunya de hoy, está sin duda más presente en la política que en la sociedad,  y es ése no tan leve tufo que se produce al mezclar  el intervencionismo soez con el nacionalismo más primario. Esa Catalunya nacional y socialista que obliga a rotular  en vernáculo y multa, tras preceptiva aceptación de denuncia anónima, al comerciante disidente o simplemente pasota. Un país donde la máxima contribución a la convivencia que hizo su vicepresidente consistió en gastar el pasado año ( perdón, invertir ) dinero público para elevar la tasa de catalanes maleducados, sordos o monolingües, en aquel momento el 16%, que respondían en catalán cuando alguien se dirigía a ellos, presuntamente por desconocer otra, en lengua castellana.

 

En ese contexto, la bienvenida tronante de la diputada econacionalistasocialista al azorado diestro invitado a defender sus opiniones: “benvolgut al meu país”, quería decir aproximadamente lo contrario de lo que se le alcanzaría a un particular. Algo así como una patada en la rodilla al delantero español en el minuto uno de juego en un derby, por qué no,  entre selecciones nacionales (que no se me olvide votar que es preciso invertir más impuestos en ellas).  El posterior uso de las lenguas- ese instrumento de encuentro cuyo conocimiento  enriquece nuestro patrimonio cultural y nos hace mejores personas- fue hilarante y paleto, pero luminoso. Los partidarios ibéricos de la Fiesta eran interpelados en la vernácula de los inquisidores, mientras los defensores de las bestias (de los toros, no de los diputados ) eran objeto de galanterías parlamentarias, aprestándose sus señorías a prodigarles caricias en los oídos en la lengua de su infancia. En la de ambos, claro.

 

Señorías: Los sacrificados parados y otras víctimas de su incompetencia queremos más. Exigimos que nos rediman de la pobreza y mediocridad en la que nos han sumido con más orgullo identitario. Justifiquen sus sueldos y dietas. Cuestionar la fiesta nacional con argumentos como el sufrimiento, la barbarie o los derechos animales es demasiado sencillo. Esperamos de su patriotismo, audacia  y desparpajo cimas más altas de heroísmo. ¿Por qué no prohibir la tortilla de patata, o tortilla española? Atorníllense la barretina y  aprovechen arteramente algún artículo del vigente estatut. Destierren de la nación catalana la elaboración y el consumo de la tortilla estatal. Su servicio al país les situará con justicia junto a Wilfred el pilós en los libros de texto. Con cebolla o sin cebolla, pandilla de botarates, prohíban la tortilla. ¿Hay huevos?

 

OPINIONES DE LOS LECTORES, 1 COMENTARIOS

1 .-
Muy de acuerdo. Es una pena que la sociedad catalana tenga que soportar a numerosos políticos catalanes [y lo digo como catalana de muchas generaciones] a costa de no poco sonrojo, haciendo exhibición contínua de derroche de esfuerzos, mucho dinero de todos -que no abunda- que solo muestra una recalcitrante paletería en asuntos que, desde luego, no preocupan al catalán para nada.

Lo de los toros es un granito más en una gran playa de insensateces.... Por que vamos a ver, en este asunto de la tauromaquia el parlament viene a decir que su leiv motiv es puramente su preocupación por el animal [ no el hecho de ser un posible aspecto identitario de lo español...no...para nada..ya...seguro....] Entonces que sean coherentes y :

a] prohiban la caza, no me dirán que el guarrete,etc...no sufre cuando le pegan un tiro, o cuando se falla ...
b] O mejor aún.... que prohiban la matanza del cerdo [Lérida tiene la mayor cabaña de cerdos de Europa] porque como todo el mundo sabe, al cerdo se desangra poco a poco para recoger su sangre y elaborar los embutidos]. No creo que sea agradable para el animal porque anda que no chilla ni ná

En fin..


ankesenaton

20/03/2010, 14:57 h.

 Responder

|

 Marcar como ofensivo

|

 Me gusta (0)

|

#

los más leidos los más leidos los más comentados los más enviados
Ediciones anteriores      Suscripción al boletín                                              Anúnciate
Auditado por Ojd