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TRIBUNA

Revisitemos el Asteroide B 612

Portocarrero Antoine de Saint-Exupéry.

@Felipe Portocarrero* - 06/08/2009

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Cuando se cumplen 65 años de la desaparición de Antoine de Saint-Exupéry, genial autor de 'El Principito' y Francia se prepara para una serie de homenajes para rendir culto al autor del libro más difundido del mundo después de la Biblia y el Corán, creo que es un buen momento para revisitar uno de los lugares más famosos que nunca han existido; el Asteroide B 612, pequeño planeta en donde el autor francés ubicó a su principito encantador, y para recordar sus maravillosas enseñanzas.

 

En el Asteroide B 612 aprendimos algo tan importante como que lo esencial no suele ser visible a los ojos, porque no se ve bien sino con el corazón. El Principito es mucho más que un cuento para niños, es un profundo e inspirador libro lleno de sana filosofía y poéticas y bellas metáforas. De su visita al planeta del Rey, el Principito extrae tres valiosas enseñanzas. La primera es que para los reyes, el mundo es muy simple; se divide entre ellos y los demás, y éstos sólo están para ser súbditos suyos. ¿Cuántas personas nos encontramos, tanto en la vida personal como en la profesional, que piensan que los demás sólo estamos para atenderles?

 

La segunda es que sólo hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer y que la autoridad reposa, fundamentalmente, en la razón y el sentido común. La tercera, finalmente, sucede cuando el Rey nombra Ministro de Justicia al Principito. ¿Pero si no hay súbditos a quién juzgar?- le dice el Principito-. Entonces, júzgate a ti mismo, es lo más difícil -le responde el Rey-. Casi siempre es más difícil juzgarnos a nosotros mismos que a los demás. En el planeta del Vanidoso, el Principito aprende que para las personas muy vanidosas los demás no somos sino admiradores y que cada vez que hablan necesitan ser “aclamados”. Para tratarlas hay que asumir que estas personas rara vez quieren oir otras cosas que no sean alabanzas.

 

El Hombre de Negocios que se encuentra el Principito es un ser fascinante. Es una persona “muy seria” que “tiene mucho trabajo”, que no sabe bien lo que hace, pero que no para de contar. Ante la insistencia del Principito confiesa que cuenta las estrellas que posee. ¿Y para qué? –le pregunta el Principito-. Pues para ser rico y comprar más estrellas, -le responde el Hombre de Negocios-. ¿Y para qué te sirve ser rico? Pues para comprar más y más estrellas, contarlas y recontarlas. Hay muchos hombres “serios y trabajadores” que consideran que tanto ellos como sus colaboradores no deben tener otro objetivo más que acumular y contar estrellas sin más. No por ello hay que dejar de comprenderles y respetarles en su afán, aún cuando creamos que no tenga demasiado sentido.

 

El Farolero le enseña la Principito la importancia de las órdenes. Cuando este le pregunta el porqué de encender y apagar el farol sin descanso, el primero le dice que no hay por qué ni nada que comprender; “las órdenes son las órdenes”. A pesar de que muchas veces nos cueste comprender a las personas rígidas e intransigentes, la inteligencia emocional y la empatía debe hacer que aguantemos, e incluso que respetemos sus limitaciones. La paciencia, la tolerancia y el respeto deben ayudarnos a ser compresivos e indulgentes con los demás, como el Principito, desde su Asteroide, lo era con todos. Otra preciosa enseñanza, recordando siempre que lo esencial no suele ser visible a los ojos, es que hay que tener tiempo para sosegarse y relajarse, disfrutando del momento o de cada situación.

 

Como las flores para el Principito, muchas personas se sienten duras y fuertes por las espinas que las rodean. Si somos un poco habilidosos y pacientes las eludiremos y disfrutaremos de la flor que está dentro de ellas. Si queremos conocer a las mariposas debemos aprender a soportar antes a las orugas. Que la intolerancia no nos permita aspirar el perfume de una flor. Ojo, porque también nos enseña que no es necesario “escuchar a las flores”, basta con mirarlas y aspirar su aroma.

 

Todo, hasta las situaciones más incómodas tienen su parte buena, su lado positivo. Lo inteligente es no tanto descubrirlo sino saber que está ahí, latente, esperando ser descubierto en cualquier momento. ¿No es lo más bello del desierto el hecho de que esconda un oasis en cualquier parte? Para finalizar, vuelvo al principio y a su esencia, los ojos sólo pueden ver la corteza; lo esencial es invisible y sólo se ve con el corazón. Utilicemos nuestra intuición, hagámonos niños para comprender mejor a los demás y las diversas situaciones de la vida.

 

*Felipe Portocarrero es Director de Portocarrero & Asociados

 

 

 

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Opiniones de los lectores (1)

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1. usuario registrado almutamida»06/08/2009, 18:08 h.

Debería de leerse en los colegios, y no las horteradas y mamarrachadas que les dan a leer a los jóvenes.

Si alguno no lo ha leido, que lo haga, si es una persona de buen gusto, los "progretas" abtenerse.

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