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OPINIÓN
TRIBUNA ,  

La revuelta popular siria y la imposibilidad del cambio

Ignacio Gutiérrez de Terán*.-  17/04/2011

La chispa de las revueltas árabes ha prendido en Siria antes de lo que muchos preveían, incluidos determinados sectores de la oposición en el exterior, decepcionados por el escaso eco que los movimientos populares en Túnez y Egipto primero y Yemen, Bahréin y Libia después habían tenido en territorio sirio… hasta mediados de marzo. A partir de entonces, una serie de manifestaciones y marchas de protesta, minoritarias y esporádicas en un primer momento, surgieron en determinadas ciudades y pueblos del país reclamando, en esencia, libertad y derechos civiles.

La reacción brutal de los servicios de seguridad del régimen de Damasco y los burdos intentos de manipulación y apagón informativos -sigue estando prohibida la entrada a las zonas calientes de los medios de comunicación extranjeros- hicieron el resto, principalmente en ciudades como Deraa, en el sur, y Baniás, en la costa mediterránea. En esta última, las movilizaciones terminaron deviniendo en movimientos de rebeldía popular cercados por el Ejército. Sin llegar a estos extremos, hemos asistido a manifestaciones en el Kurdistán, Homs, Lataquia, Damasco y Alepo.

Resulta complicado seguir y entender los razonamientos del régimen de la familia Asad para, primero, explicar el porqué de la convulsión política y social siria y, segundo, justificar su plan de choque. El presidente del país, Bashar al-Asad, tardó días en comparecer ante la opinión pública una vez prendida la mecha en Deraa y otros lugares, sumido el país en un silencio oficial desconcertante. Incluso hoy, cuando ya todo el mundo habla de la "mayor crisis interna en treinta años" y "el desafío más relevante" al que debe hacer frente el hijo de Hafez al-Asad, seguimos sin ver a los miembros del nuevo gobierno nombrado por aquél o a los responsables de los servicios de seguridad emitir declaraciones sobre lo que "está pasando". Tan sólo referencias a pasadas o futuras intervenciones del presidente o referencias inconcretas sobre la conspiración externa y el proyecto reformista.

Durante las primeras semanas, podía verse al menos a la consejera del presidente, Buzaina Shu´bán, cuyas declaraciones vacilantes y deslices flagrantes, como decir que no sabía si hay presos políticos en Siria o que elementos "palestinos" habían provocado los "incidentes" en Sataqui, han debido de forzar su salida de escena.

Resulta complicado, pues, aventurar qué piensa de verdad la cúpula de los cuerpos de seguridad, que son quienes gobiernan en realidad el país, y la presidencia sobre la situación actual, puesto que únicamente el presidente es quien hace valoraciones oficiales y, cuando las hace, como en su comparecencia el 30 de marzo ante un parlamento que no representa a nadie, es para recalcar la fortaleza del sistema y llamar la atención sobre las tramas conspiratorias.

El silencio oficial sirio, estruendoso por lo que hace a los ministros y responsables políticos, de escasa o nula trascendencia, confirma una vez más que el control de la situación continúa en manos de un selecto grupo de miembros de la familia Asad y allegados, desplegados por los cuerpos de seguridad y los sectores empresariales más relevantes, recluidos por lo general en un segundo plano. Y que el resto de estamentos del régimen, desde el partido Baaz hasta el ejército, no dispone de ninguna capacidad real de decisión ni intervención, ni siquiera para salir a la palestra. Y cuando lo hacen, como la directora del periódico Tishrin, portavoz incondicional del régimen, reciben el cese fulminante, de boca de un alto mando de los cuerpos de seguridad, por hacer consideraciones extrañas en al-Jazeera sobre irregularidades en la ejecución de las órdenes presidenciales en torno a respetar la integridad de los manifestantes (es decir, reconoció explícitamente que habían sido los cuerpos de seguridad quienes dispararon contra aquéllos.

El silencio oficial sirio, estruendoso por lo que hace a los ministros y responsables políticos, de escasa o nula trascendencia, confirma una vez más que el control de la situación continúa en manos de un selecto grupo de miembros de la familia Asad y allegados

Por ello, la lectura del régimen de cuanto está pasando, reflejada en los discursos del presidente y los informativos de los medios de comunicación locales, totalmente cooptados por el régimen, encierra numerosas contradicciones y muestra, al mismo tiempo, el desconcierto y el pavor de la intelligentsia oficial. No se puede afirmar que los "disturbios y desmanes" en Deraa son fruto de bandas armadas y agitadores "extranjeros", justificando así la intervención desmedida de las fuerzas de seguridad, y destituir al mismo tiempo al gobernador y responsables militares de la ciudad. Si buena parte de los muertos allí son miembros de las fuerzas de seguridad, como afirma Damasco, y había sediciosos "venidos de fuera" disparando contra la población, ¿por qué razón se destituye a un responsable no militar? Del mismo modo, no se puede afirmar que la gente tiene derecho a manifestarse de forma pacífica y "civilizada" -término recurrente estos días en la propaganda siria- y mandar al mismo tiempo a shabbiha, el equivalente a nuestros matones, a reventar las marchas pacíficas y disparar, o moler a palos, a los ciudadanos.

Tampoco resulta de recibo que se pueda sustentar el cierre de toda una urbe como Baniás con el pretexto de combatir a células armadas que nadie sabe dónde están mientras se detiene a centenares de individuos acusados de participar en las marchas. Pero lo peor es que la burda maquinaria informativa del clan de los Asad no ha sido capaz de responder a la gran pregunta: si, como sostienen, la mayor parte de la población apoya al presidente y no desea un cambio radical, ¿por qué se anuncian medidas reformistas que afectan a los pilares del propio régimen, como el levantamiento del estado de sitio o la introducción del multipartidismo? Si hay alborotadores e incluso redes bien organizadas, financiados por políticos y quién sabe si estados vecinos, con el único objetivo de desestabilizar al estado, ¿por qué las recetas expuestas para solucionar el "problema" son ante todo políticas y no de seguridad? ¿Qué sentido tiene acabar con las leyes de emergencia cuando Siria afronta un intento de desestabilización en toda regla?

La lectura sesgada del régimen

Por desgracia, el régimen de los Asad permanece anclado en una visión simplista y absurda de la realidad siria. Cree, en plena época de las redes sociales y el transvase fluido de la información maguer censuras y cortapisas, que basta con prohibir los periódicos y televisiones hostiles y sellar Internet para, junto con una propaganda machacona y perenne, mantener a millones de ciudadanos en la inopia. Lo que valió a principios de los ochenta para silenciar el asesinato de miles de personas en plena revuelta islamista, sobre todo en la ciudad de Hama, y disculpar la feroz represión de décadas, no sirve hoy. El gran temor de la dictadura asadiana era la posibilidad de que, por fin, buena parte de la sociedad rompiera el cerco del miedo y se atreviera a poner en duda la legitimidad de un sistema basado en la tortura, el crimen, la corrupción y la mentira programática. Para su sorpresa, decenas de miles de personas lo han hecho, aun a riesgo de pagar un precio por todos conocido; y la única respuesta, prevista, por supuesto, ha consistido en disparar, detener y difamar. Pero los viejos remedios se están mostrando ineficaces, sobre todo la manipulación informativa, porque la gente conoce ya los resortes del discurso y, lo que es peor, cree al régimen capaz de cometer las mayores fechorías.

Por ejemplo, en buena medida los sucesos de Deraa, inicio de las revueltas en todo el país, se debieron a la detención y apaleamiento de un puñado de niños que estaban haciendo pintadas contra el régimen. Fue conocerse la noticia, y verse las imágenes de los cuerpos ensangrentados de los chavales en Internet, y la cólera estalló en Deraa y los pueblos de alrededor. O que corriera el rumor de que el Ejército no dejaba pasar a las ambulancias en Baniás a recoger a los heridos para desencadenar una cadena de desmentidos oficiales.

Al no haber otras vías para contrastar las noticias, ni medios de comunicación extranjeros ni asociaciones ni organizaciones sociales independientes, al no existir posibilidad de debatir nada sin miedo a las repercusiones, la única manera de contar las cosas es el boca a boca y el rumor. Y ahí el régimen está perdiendo la batalla: cada vez que un ciudadano cae herido o asesinado se extiende la llama de la insurrección por las localidades adyacentes, por mucho que la televisión, radios y periódicos públicos lo atribuyan a disparos efectuados por mundassin (infiltrados), excusa que, además de encrespar más los ánimos, perjudica la imagen de control férreo que ha venido ejerciendo el régimen desde hace décadas. Siria, una finca privada donde no se movía una mosca sin conocimiento de los servicios de inteligencia ha pasado a ser, de repente, campo abonado para milicias hostiles que tienden emboscadas a los soldados, atacan a los civiles y se hacen fuertes en las ciudades. "¿Cómo es posible?", se pregunta el sirio de a pie. Y la respuesta, conociendo como conocen la naturaleza del férreo sistema represivo que los asola, es la duda y el escepticismo.

Incluso, la única fuente de legitimidad del régimen, utilizada por el propio Bachar al-Asad hace meses para descartar una posible revuelta popular en su país, está siendo cuestionada por un número creciente de sectores sociales. Para al-Asad, en Siria no hay democracia, cierto, pero al menos la gente se identifica con la política exterior "resistente" y la lucha contra el sionismo y los planes del imperialismo occidental en Oriente Medio. Al contrario que los regímenes despóticos de Túnez, Egipto y demás aliados de Washington, carentes de ninguna legitimidad, la política exterior de Siria, independiente de Estados Unidos, Europa y el régimen de Tel Aviv, confiere al régimen una baza de popularidad. Pero ya hemos oído en alguna manifestación que la gente pide al "cobarde" Maher al-Asad, hermano de Bashar y dirigente de la poderosa Guardia Nacional, que dirija sus cañones contra la ocupación israelí de los Altos del Golán y "no contra nosotros".

Del mismo modo, en los foros y debates que escapan a la censura se habla sin tapujos de la "extraña pasividad" de Damasco a la hora de contrarrestar la decisión de Israel de anexionarse el Golán en 1981 o de la ausencia de intifadas o alzamientos sociales masivos allí contra la ocupación israelí; o del hecho de que los propios generales israelíes confirmen que el frente sirio ha sido el más tranquilo o estable desde 1973, hecho curioso si tomamos en consideración el discurso antisionista de Damasco. Asimismo, cada vez son más los que se preguntan qué ha hecho el régimen para evitar y castigar el asesinato de representantes de la resistencia libanesa en suelo sirio, como el de Imad Magniyye, de Hezbolá, o el ataque aéreo israelí al supuesto reactor nuclear en Deir el Zor, -o qué hizo para atenuar los desmanes israelíes en Líbano durante su presencia allí (1976-2005)-, acciones, junto con otras menos conocidas, que reflejan la capacidad militar israelí para atacar objetivos en Siria sin mayores complicaciones. Ahí radica una de las principales amenazas para Damasco: que termine siendo rehén de su propia retórica

La obsesión del control total

Está por ver que las agitaciones civiles terminen derivando en un verdadero cambio político o, al menos, en reformas sustanciales. Eso sí, el régimen parece obsesionado en contener la marea tratando de evitar que se reproduzcan los factores que terminaron destronando a Ben Ali y Hosni Mubarak en Túnez y Egipto. Por ello, su estrategia se basa en tres ejes y una añagaza. El primero, evitar la aparición de una nueva Plaza de la Liberación, como la que sirvió de epicentro para las manifestaciones en El Cairo. De ahí que los efectivos militares y paramilitares intervengan con contundencia para disolver cualquier concentración o sentada en espacios públicos; o para aislar los pueblos o ciudades que está dominadas por los manifestantes, como en los ejemplos referidos de Deraa, Baniás y aldeas cercanas. El segundo, atajar de raíz el fenómeno de reproducción mediática árabe que podríamos llamar "efecto Jazeera". Esto se ha hecho prohibiendo la entrada de corresponsales extranjeros, recibiendo el apoyo de los media aliados -los iraníes y la televisión al-Manar de Hezbolá, que propagan el punto de vista del régimen- y tratando de aplacar a cadenas potencialmente hostiles.  Esto último se ha traducido en un acercamiento de la diplomacia siria a la dictadura saudí y un alineamiento con las tesis de ésta en torno a las turbulencias políticas árabes. En un gesto que revela, una vez más, que los sistemas represivos árabes tienen muchas cosas en común a pesar de sus supuestas rivalidades ideológicas, Damasco declaró públicamente su apoyo a la decisión de Arabia Saudí y otros estados del Golfo de desplegar tropas en Bahréin "para reestablecer el orden" y terminar con las protestas populares. Poco después, Riad confirmó su apoyo al régimen de Damasco y previno de los planes de injerencia externa en Siria, sin hacer mayor mención a las movilizaciones populares y las reclamaciones de reforma. Como consecuencia, también, los medios de comunicación saudíes, predominantes en el mundo árabe, han mantenido un perfil muy bajo con respecto al expediente sirio. La propia al-Jazeera, propiedad del Estado de Qatar, el cual también ha manifestado su apoyo al régimen sirio, ha lidiado durante semanas con el alzamiento sirio de un modo desconcertante si se compara con el entusiasmo y nivel de implicación expuestos en Túnez, Egipto y Libia. Rara vez se veía a representantes de la oposición y las acusaciones de ésta contra los desmanes policiales solían ponerse entre signos de interrogación.

Si buena parte de los muertos allí son miembros de las fuerzas de seguridad, como afirma Damasco, y había sediciosos "venidos de fuera" disparando contra la población, ¿por qué razón se destituye a un responsable no militar?

El tercer eje de esta estrategia de choque es, sin duda, el más peligroso y consiste en eliminar el riesgo de que el Ejército sufra un acceso de pacifismo y populismo místico similar al que experimentó el tunecino y el egipcio y permitió, a la postre, el colapso de sus presidentes. Para ello es necesario incidir en la amenaza de la conspiración exterior y la prioridad de la seguridad nacional al tiempo que se trata de obligar a los mandos militares a participar en las labores de represión de las manifestaciones.

Fuentes de la oposición hablan incluso de que paramilitares afines a los Asad han tendido emboscadas a los destacamentos militares para achacarlas después a supuestas células terroristas y fomentar la escisión entre el ejército y los grupos opositores. Se trata de una acusación que entra dentro de la lógica de la conspiración tan familiar en Siria y muy difícil de confirmar en el momento actual pero, una vez más, con visos de credibilidad para una porción de la sociedad siria, sobre todo quienes han vivido las manifestaciones y afirman sin matices que los que disparaban contra ellos eran policías y miembros de las milicias dominadas por los Asad y aliados. La prensa europea, el The Guardian, hablaba ya el 11 de abril, basándose en testigos, de soldados abatidos por desobedecer las órdenes de atacar a los manifestantes.

La gran añagaza es la de las reformas políticas y económicas: concesión de nacionalidad a cientos de miles de kurdos en el norte, ley sobre partidos políticos, supresión del estado de emergencia vigente desde 1963, apertura de la censura informativa, formación de organizaciones no gubernamentales, liberación de miles de prisioneros políticos, aumentos salariales, etc. De ellas se ha hablado mucho, en boca de Bashar al-Asad y sus voceros, pero, hasta el momento, ninguna se ha hecho efectiva. Esto demuestra que el discurso reformista, que el propio Bashar traicionó poco después de heredar la presidencia de su padre en 2000, no tiene otro objetivo que asegurar la pervivencia del régimen. Éste, podrido y viciado, sometido a los deseos del clan de los Asad y sus familiares, los Majluf, los Shawka y los Shalish, amparado por una elite empresarial y económica instalada en Damasco, y protegido por unos servicios de seguridad omniscientes, regentados por allegados y miembros de tribus y familias emparentadas con aquéllos, ha perdido cualquier capacidad de reformarse sin provocar una lucha de poder interna. Por esta razón, el precio de la libertad en Siria ha de ser altísimo.

*Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita es Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid

 

OPINIONES DE LOS LECTORES, 1 COMENTARIOS

1 .- Buen artículo, lleno de valiosa información y con un tratamiento objetivo de los hechos.

oveco

19/04/2011, 13:50 h.

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